Opinión

La figura del ‘cafishio’, según Tallón y Casadevall

¿Quién podría pasarlo por alto? José Sebastián Tallón en aquel brevísimo libro titulado El tango en su etapa de música prohibida supo evocar a la pareja formada por “El Cívico” y “La Moreira”, quienes vivían en el “conventillo” llamado “Sarandí”. Acerca de “El Cívico” escribió Tallón: “Su profesión consistía en la explotación de su mujer, “La Moreira”, y en la pesca y tráfico comercial, al contado, de pupilas nuevas”. En verdad que no era extraño que –por exhibición de machismo y a fin de mantenerse sin “laburar”, pues el esfuerzo no se adaptaba a su estilo de vida– el “compadrito” se transformase en “rufián”. Ahora bien, sus actividades no superaban el poder de una, dos o, en el mejor de los casos, tres pupilas. Su trabajo, por así decirlo, era artesanal, construido por seducción y “pinta”. Era completamente ajeno a la disciplina y organización precisa para la “trata de blancas” empresarial: muy distante de aquella que luego habría de conquistar el “mercado” hacia los días del “Centenario” en 1892. Constante realidad que habría de dilatarse hasta la promulgación de “profilaxis social” que prohibió los prostíbulos, cuando mediaba la década de 1930.

“La prostitución nativa, que se había incrementado en las postreras décadas del siglo XIX a causa de la enorme cantidad de hombres solos traídos por las oleadas inmigratorias, perdió por completo su aire doméstico para convertirse en gran negocio entre 1900 y 1910”, puntualiza el poeta y musicólogo porteño Horacio Salas en su imprescindible obra El tango, ‘Editorial Planeta Argentina’, Buenos Aires, agosto de 1986, 1ª edición.

El hecho es que organizaciones –caso de la ‘Zwi Migdal’, fundada en 1906– dibujaron una auténtica planificación de crecimiento, ya que financiaron viajes a Europa, sobre todo a Francia y a Polonia, con la finalidad de “captar candidatas”, a quienes engañaban con casamientos “amañados” para poder trasladarlas a la Argentina, donde eran “subastadas” entre los dueños de los burdeles. Señalemos que aquellas lúgubres y económicamente sustanciosas “sociedades” realizaban potentes inversiones en inmuebles, mantenimiento, “coimas” a funcionarios corruptos. Asimismo a mujeres, puesto que debían cambiarlas con asiduidad a causa del natural “desgaste” que desarrolla el “oficio” y a las necesidades de “variedad” de la “clientela”.

Por descontado que el “rol” de la mujer era absolutamente “secundario”: tan sólo un objeto, una simple “mercancía”. Hasta la llegada de las “empresas”, no obstante, eran los “cafishios” nativos quienes proveían de mujeres a los burdeles de la ciudad. Estaban persuadidos de que no eran capaces de “amasar” enormes fortunas; pero, en el caso de “engarchar” a una excelente “candidata” para el “laburo”, conquistaban una segura comodidad siquiera por algún tiempo.

En su libro El tema de mala vida en el teatro nacional el ensayista Domingo Casadevall se aproxima a una tentativa de explicación del comportamiento de estos característicos “rufianes”: “El ‘cafishio’ nativo no suele vender a su querida, ni es apto para organizar ‘el negocio’ en gran escala. Se satisface con una ganancia que le permite vestir y comer en buena forma, concurrir diariamente a la peluquería, divertirse en la barra del café y disponer de unos ‘pesos’ para el hipódromo o la timba”.

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