Opinión

Del faro de punta Cabalo a la capilla de ‘Nosa Señora da Lanzada’

Isaac Otero | 25 de julio de 2016

Mientras caminamos, vamos cantando: “Ai, Sálvora, ai, San Vicente!/ ¡Ai, Sálvora, adiós Mourente!/ ¡Ai, Sálvora, ollos da ría!/ para boas mozas, ¡en Vilagarcía!”. Cantares populares de Galicia que nos elevan el himno de la belleza de la Isla de Arosa, que, desde la segunda mitad del siglo XIX, fue un pujante centro de la industria conservera. He aquí donde se instaló una de las primerísimas fábricas modernas. Visitamos el faro de punta Cabalo, construido en 1852. Inicialmente era atendido por dos torreros y, tras sucesivas reformas, fue transformado en restorán. Este faro surge entre las rocas, siendo un enclave ideal para gozar del atardecer después de una intensa jornada de actividad en plena naturaleza. Nos sentamos en una de las enormes rocas que hay precisamente delante de la torre. Acariciados por la suave brisa marina, nos extasiamos al atisbar la exultante grandiosidad de la ría de Arousa: desde las islas de Areoso y Rúa hasta la desembocadura del río Ulla.

¡Un sinnúmero de “bateas” mecidas por el mar nos abrazan, concediéndonos una de las mayores producciones de mejillón –ese molusco bivalvo– del mundo! Si la isla entera es un pacífico remanso, incluso es más ‘Area da Secada’: una playa de blanquísima arena que se rodea de un contorno forestal virgen. A ella accedemos cruzando un frondoso pinar por una pasarela de madera. ¿El sonido? Tan sólo escuchamos el rítmico batir de las olas así como el trinar de algún que otro pájaro en pos de su alimento. Nos aguarda ahora un buen plato de pulpo –“o polbo galego”– al estilo insular. Regresamos al “continente”. Estamos ya en O Grove, en la entrada de la ría de Arousa que, de no ser por el arenoso túmulo de A Lanzada, aún sería una hermosa isla gallega. “Capital mundial” de la gastronomía, la villa de O Grove homenajea a principios del mes de octubre la exquisita “Festa de Exaltación do Marisco”.

Si deseamos una espléndida panorámica de la ría, ascenderemos hasta la cumbre del monte Siradella. A 167 metros sobre el nivel del mar oteamos las asombrosas vistas del “istmo” –geográficamente hablando– de A Lanzada al igual que todo el conjunto “Ons-O Grove”, con el océano Atlántico como incomparable fondo del marco. He ahí el “Aula de Interpretación de la Naturaleza”, donde, merced al material didáctico, abarcaremos la significación de cuidar y proteger el sutilísimo “ecosistema” de toda la comarca.

¡Playa de A Lanzada! Recorriendo la costa virginal, ante nuestros ojos uno de los arenales más afamados y visitados de las denominadas “Rías Baixas”. Abiertas sus puertas a las “ondas” atlánticas, observamos cuánto se practican los deportes como el “surf” o el “windsurf”. Más de 2 quilómetros de arena finísima color níveo y de impoluto tacto, es realzada por la transparencia de sus aguas. ¿Trascendencia de su fama? Las leyendas que atribuyen poderes “mágicos” a su sagrado santuario. La tradición relata cómo, para remediar la infertilidad, es preciso tomar un baño de “nueve olas” durante la medianoche del postrer domingo del mes de agosto –día de su fiesta y romería– o bien durante la noche del 24 de junio, festividad de San Xoán Bautista.

Una versión diferente de esta “noite milagreira” sostiene que las mujeres que anhelen completar el ritual de la fecundidad, deberán acostarse sobre la cuna de la Virgen, que se halla en la capilla de “Nosa Señora da Lanzada”, iglesia románica del siglo XII, desde donde contemplamos el arenal.

 

 

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