Opinión

Los ‘encajes’: orígenes y expansión por Europa

“O home usou das mallas e redes para acada-la carne e o peixe precisos para manterse el mesmo, a súa familia e o seu clan ou tribu. Xa Estrabón no século I a.C. fala da utilización destes aparellos e en moitos habitáculos hispanos –entre eles os galegos– atopáronse restos óseos de peixes de altura, o que fundamenta a suposición de que os nosos devanceiros fixeron uso deles. Tamén fai referencia Estrabón ó feito de que moitos guerreiros levaban túnicas de fío e liño e cotas do mesmo material, aínda que máis groso, con fin de defendérense nas loitas que arreo sostiñan con outras tribus veciñas ou das invasións alleas”, escribe el etnógrafo Mario Gallego Rei en su insoslayable volumen titulado Os Encaixes, ‘Ir Indo Edicións’, Vigo, 1989.

Porque, ciertamente, en el Antiguo Testamento hallamos la primera mención en el profeta Isaías y en el Libro de los Reyes se describe cómo entretejían filamentos que decoraban el templo de Salomón. Los hebreos nos “pintan” a sus hermosas mujeres tejiendo “encajes de bolillos”: a la hija del rey se la presenta ante su padre con recamado vestido de “bordados” y “franjas”, similar al “encaje”. Los egipcios –correspondientes a las postreras dinastías– empleaban instrumentos que demuestran el uso de hilos entrecruzados para formar decoraciones con “bobinas, carretes, huesos o piezas de plomo”, con hilos envueltos, tal vez precursores de los modernos “bolillos”. Testimonios de esta tarea las conservamos entre los habitantes del Imperio Romano, sin olvidar, por supuesto, el antiguo Imperio Asirio.

Bizancio se convirtió, sin duda, en el fecundo “transmisor” que impulsó –de Oriente a Occidente– toda esta bellísima artesanía del “tejido” y del “bordado”. A partir del siglo VII –durante la época de la invasión musulmana– se acrecentó esta “pompa bizantina” hasta llegar a nuestras manos. Los italianos la perfeccionaron, junto con los sarracenos, de idéntico modo que los españoles con los moros de Córdoba y Granada. En los Países Bajos se reconocen los trabajos de origen oriental, traídos por los “cruzados” de Tierra Santa, partiendo del Concilio de Clemont en 1095. ¿Quién no recuerda los “encajes” venecianos del Renacimiento y del siglo XVI?

Asimismo, tales labores se confeccionaban en Gran Bretaña, Flandes e Italia. Proverbiales fueron los “encajes” en los tiempos de Luis XIII y Luis XIV entre los Borbones de Francia. Bellísima artesanía extendida por Alemania y Suecia, Rusia y España. También en Malta. ¿Y qué decir de India, Ceilán y Japón, cuyos pueblos elaboraron sus industrias, luego difundidas a través de los centros británicos del siglo XVIII? En nuestros días los centros fundamentales de producción se sitúan en Francia, Bélgica, Inglaterra e Irlanda, además de España. En Portugal tuvo predicamento el “encaixe con palillos sobre almofada”, al igual que el trabajo sobre tela, tal como se realiza en la isla de Madeira.

Si nos situamos en España, son múltiples los caminos: Albuñol, en Granada, del periodo Neolítico; y “Cerro de los Santos”, en Albacete, perteneciente a la “cultura ibera”. Igualmente, en Jábea, Alicante. Y, ¿cómo no?, las borlas, cordones trenzados y filigranas que nos brinda la afamada “Dama de Elche”.

 

 

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