Opinión

Las donaciones de las reinas a Santiago Apóstol

Isaac Otero | 31 de mayo de 2021

“La peregrinación de reinas o de mujeres nobles que, como ya hemos citado, podríamos enmarcar dentro de las peregrinaciones políticas o nacionales, no se diferencia en principio de aquélla masculina: en la mayor parte de los casos ya hemos visto cómo las reinas astur-leonesas peregrinan acompañando a sus maridos. En muchas ocasiones, la visita a Santiago se debe, lógicamente, a las vicisitudes políticas del reino y no a razones propiamente religiosas. Los cronistas y los propios clérigos de Santiago solían distinguir con la expresión causa orationis la visita, con fin devocional”, señala la historiadora gallega Marta González Vázquez en su libro Las mujeres de la Edad Media y el Camino de Santiago, Xunta de Galicia, Santiago de Compostela, 2000. Reedición ‘Camino do Xacobeo’, Santiago, 2004.

Ahora bien, esta peregrinación acostumbraba a venir acompañada, después del feliz viaje, de una donación a la Iglesia de Santiago, muy descollante en el caso de los reyes. Asimismo las reinas realizaban sus propias ofrendas, normalmente con vinculación a objetivos de culto, telas y vestimentas sacerdotales. Caso de las donaciones de Urraca, esposa de Ramiro I, según nos relata la ‘Crónica’ de Lucas de Tui. En 911 peregrinan Ordoño II y su esposa Elvira, que ofrecen dos cajas de oro, varios cálices de oro y de vidrio; una cruz, también de oro, así como ricas vestimentas y una cátedra de madera y hueso. La ofrenda, empero, más preciada fue la reliquia de la cabeza del apóstol Santiago Alfeo, traída de Jerusalén por el arzobispo de Braga Mauricio y depositada en la iglesia de San Isidoro de León: donación llevada a término en 1117. “La ‘Historia Compostelana’ –nos recuerda la historiadora Marta González Vázquez– se refiere muy detenidamente a la llegada de la curiosa reliquia a la Península Ibérica, adquirida por el arzobispo Mauricio como la cabeza de Santiago el Mayor, con la intención de demostrar que la pretensión compostelana de poseer el cuerpo del Apóstol, era una historia sin fundamento alguno”.

La infanta Teresa, hija de Bermudo II, recibió una rica cortina que había sido donada por su madre, la reina Elvira, si atendemos a los “dones ofrecidos” a los peregrinos jacobeos, los cuales no solían ser religiosos. El arzobispo don Berenguel entregó a la reina Isabel de Portugal un bordón cubierto de “vieiras” jacobeas. Con tal bordón –semejante al que el Apóstol Santiago porta en su mano en el parteluz del Pórtico de la Gloria– la reina realizó numerosos prodigios. Con él fue enterrada en Santa Clara de Coimbra. Durante el proceso de canonización, al abrirse el sepulcro en 1612, allí apareció.

En cuanto a las peregrinaciones y sus “modos”, se sitúan las “peregrinas solas”, que son muy escasas. La ‘Crónica de Pelayo de Oviedo’ nos presenta las mejoras que Alfonso VI realizó a fin de conceder mayor seguridad a través de los caminos del reino. Merced a la literatura, sabemos –por el ‘Códex Calixtinus’– cómo San Anselmo de Canterbury nos cuenta las vicisitudes acontecidas a tres caballeros de la diócesis de Lyon que partieron hacia Santiago. Tiene lugar el milagro de ayuda a una mujer, cuya intención es realizar las “buenas obras” durante el trayecto de la “peregrinatio” hacia la tumba del Apóstol Santiago.

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