Opinión

‘Discepolín’ y Azucena Maizani: “Esta noche me emborracho”

Isaac Otero | 09 de enero de 2017

“A fines de la primera guerra la farándula porteña vivía su época de oro. Enrique Santos Discépolo (1901-1951), adolescente hermano de Armando –autor teatral de renombre– llegó de la mano de éste a la calle Corrientes, la ‘sin sueño’. Lo diferenciaron con un cariñoso ‘Discepolín’. Quería ser actor. Flaco de toda flacura, mediano, narigón, con luminosos ojos. Tenía de movediza chispa todo lo que le faltaba de glóbulos rojos”, afirma el enorme compositor tanguero Francisco García Jiménez en su esencialísimo libro Así nacieron los tangos, Ediciones Corregidor, Buenos Aires, 1980.

Enrique Santos Discépolo –según le contó a García Jiménez– ‘debutó’ en el teatro ‘Apolo’ con Casaux. La obra resultó larga. “Hubo que cortar”, le explicó ‘Discepolín’. “Me cortaron a mí enterito y me quedé en la calle”. Él conoció, siguiendo el ‘argot’ histriónico, las “rascadas por el bosque”. Hijo de músico, con la música en el alma, “mató hambres arrancándole melodías a una ‘guzla’ fabricada por él con una lata de aceite vacía”, al decir de García Jiménez. “Una vez en plena ejecución, noté un bulto a mi lado”. Luego agregaba: “Me di la vuelta para hablarle, creyendo que era el empresario… y era una pulga”. El gran ‘Discepolín’, pleno vividor de la bohemia de una irrepetible Buenos Aires, colaboró en algunos libretos teatrales de su hermano, además de otros. Ávido de síntesis, ansiaba aquel misterioso relámpago. Y lo halló para la eternidad: “El tango es un pensamiento triste … que hasta se puede bailar”.

Estamos en 1972. El ‘proemio’ del definitivo ensanche de la calle Corrientes y de la apertura de la avenida ‘más ancha del mundo’, la denominada ‘9 de Julio’, día de la Independencia argentina. Muy cerquita, el viejo teatro del sainete, con el gran Vaccarezza en el cartel. En la otra ‘cuadra’, el ‘cabaret’ porteño de antes, con su típica tocando ‘a la parrilla’, sin vanguardismo. Y ahí mismo, al filo de un amanecer, el inefable ‘Discepolín’, noctívago y noctámbulo, se encuentra con un amigo en derrota. ¡Gran abrazo! Y por sobre el abrazo … ven salir del ‘cabaret’ ya oscurecido a una mujer desgarbada, ‘cocotte’ en caricatura. “¿Es Laura?”, susurra, asombrado, ‘Discepolín’. “Sí, Enrique. La que lo fue todo para mí … Hoy somos dos extraños”. Entonces, en un cafetín, escucha Enrique la tristísima historia de su amigo. Cuando se va, en su cabeza queda aquel porfiado ‘ritornello’: “Sola, fané, descangayada, / la vi esta madrugada / salir de un cabaret…”.

“Amor y dolor de creación”, lo califica Francisco García Jiménez. Primero, el musical ‘sketch’, todo grotesco, va tomando forma. He acá los compases. Y sobre ellos, las palabras. Y la sintética pincelada: “la increíble evocación del perfume de la rosa que hoy arrastra la escoba, marchita y pisoteada”. “¡Y pensar que hace diez años/ fue mi locura!/ ¡ Que llegué hasta la traición/ por su hermosura!”. Ya no era aquél, su propio amigo, apostrofando. Era él mismo, su corazón. “Pirandello del tango”, lo define García Jiménez. “Discépolo no inventaba personajes. Venían en carne y hueso, a buscarlo. Y él tarareaba …”. Y así: “¡Esta noche me emborracho bien,/ me mamo bien mamao/ pa’ no pensar!”

En el teatro ‘Maipo’ de la calle Esmeralda, el nombre de Azucena Maizani, la ‘ñata gaucha’. Y en 1928, con su clásica vestimenta masculina de los tango dramáticos, estrenó Esta noche me emborracho.

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