Opinión

Demografía y sociedad del siglo XIX en la Argentina

Isaac Otero | 03 de septiembre de 2018

“Desde los orígenes hasta alrededores de 1860 no se produjeron grandes transformaciones demográficas en la sociedad argentina. Ni las guerras de la Independencia, ni las contiendas civiles, ni las enfermedades propias de la época (aunque no se hayan registrado epidemias graves hasta la fiebre amarilla de 1871), conmovieron demasiado la tranquila pirámide de crecimiento poblacional, exenta de grandes sacudones. La sociedad permaneció relativamente estática desde los supuestos 405.000 habitantes de 1810 hasta el 1.300.000 estimado para los días finales del gobierno de Juan Manuel de Rosas”, escribe el reconocido poeta y ensayista Horacio Salas en su magna obra ‘El tango’ (ensayo preliminar de Ernesto Sábato), Editorial Planeta, Buenos Aires, agosto de 1986, 1ª edición, acompañada del diseño de tapa a cargo de Mario Blanco sobre un cuadro de Sigfredo Pastor.

La sociedad argentina no era muy favorable a mutaciones y transformaciones, pues mostraba el espíritu conservador, heredado de España. Todo ello, pese a que fueron escasos los nobles que arribaron a estas costas del hemisferio sur, con la tradición de que los hidalgos no estaban hechos para el trabajo con las manos: tan sólo podían, aparte de ejercer el ocio, aplicarse a actividades religiosas o castrense. Nada contribuyó, en efecto, a estimular las labores comerciales y fabriles que el nuevo país precisaba. Aquel desplazamiento de españoles nativos por criollos en los cargos del Gobierno –debido a la quiebra con la metrópoli peninsular en 1810– fue suficiente para mudar desde el poder la enraizada ideología de la clase dominante.

La excepción tal vez podría encontrarse en aquellos hijos que proporcionaron a la estructura social de abogados, algunos médicos, clérigos o rentistas. “Incluso las actividades saladeriles inauguradas por Rosas en sus propios campos de la provincia de Buenos Aires habían sido consideradas más como prueba de su desmedida ambición personal que como aporte genuino al desarrollo de la comunidad”, señala el escritor Horacio Salas. Contemplando tal situación, caía de maduro que la solución podría pasar por la llegada de contingentes humanos de Europa, que se apropincuasen para arrimar el hombro en pro del desarrollo de la Argentina.

Desde los tempraneros días de la Independencia los extranjeros conformaron, eso sí, una parte significativa de aquella población. Conviene recordar que –a comienzos del gobierno de Juan Manuel de Rosas– se consideraba que, sobre una población bonaerense de unos 90.000 habitantes, una tercera parte no había nacido en territorio de la Confederación. Por enumerar algunas cifras, digamos que había 8.000 ingleses, 5.000 franceses, 6.000 italianos, y 4.000 españoles y portugueses. Ahora bien, estos datos numéricos resultaban magros para la ideología liberal: “Gobernar es poblar” decía Juan Bautista Alberdi como síntesis definitoria.

Ese apotegma –a la caída de Rosas– alcanzaría plena vigencia en el propio texto constitucional de 1853, cuyo artículo 25 expresa: “El Gobierno Federal fomentará la inmigración europea y no podrá restringir, limitar, ni gravar con impuesto alguno la entrada en el territorio argentino de los extranjeros que traigan por objeto labrar la tierra, mejorar las industrias e introducir las ciencias y las artes”.

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