Opinión

Declive y esplendor barroco de Santa María a Real de Sar

Isaac Otero | 23 de diciembre de 2019

La donación llevada a término por Fernando II de León en 1167 significó el inicio de un conjunto de ayudas, de modo sucesivo, destinadas a Santa María a Real en Santiago de Compostela. Como uno de los privilegios más destacados fue el que concedió Enrique II en 1378, el cual eximía a la comunidad de Sar de pagar el impuesto regio: el denominado “yantar del rey”. Exención que fue confirmada sucesivamente por Enrique III, Juan II y Enrique IV.

Asimismo otras de las contribuciones al engrandecimiento de Sar fueron las incorporaciones de diversos cenobios rurales que, desde fines del siglo XIV, promovieron algunos arzobispos de Santiago. De esta manera, en 1390, tiene lugar la anexión de San Esteban de Anós –en Cabana, A Coruña– por orden del arzobispo Juan García Manrique. Ya en 1405 se le van a unir a la comunidad de Sar los “canónigos regulares” de Santo Tomé de Nemeño –en Bergantiños, A Coruña–, por decisión del arzobispo Lope de Mendoza y, además, los de San Juan de Coba, en el Pico Sacro, Santiago de Compostela.

El paulatino declive de Sar, no obstante, comienza en el siglo XV, coincidiendo con el mandato de Jácome Álvarez (1505-1536), el prior comendatario y arzobispo de Tarso que fue sepultado en la propia iglesia de Santa María de Sar. Precisamente durante este período fue cuando el “priorato” se convirtió en “colegiata”.

Acompañada de este debilitamiento de la institución, se le va a sumar en 1548 la sustitución de los canónigos de San Agustín por clero secular, circunstancia que mengua la influyente posición que alcanzaba aquella comunidad de la Orden Agustina. Hechos que se agravarán con el comienzo del deterioro de la iglesia del monasterio durante el segundo tercio del siglo XVII, que se propagará, de modo severo y muy rápidamente, al claustro, al igual que a las dependencias monásticas.

Durante las postrimerías del siglo XVII y el primer tercio del siglo XVIII la visita a Sar de los arquitectos compostelanos de mayor prestigio de la época no deja de ser una constante. Así, sus continuos informes acerca de la perentoria necesidad de una intervención –sobre todo, en la iglesia– son insistentes, si bien la precariedad económica de la comunidad impide asumir medidas idóneas. He ahí cómo las ayudas de algunas instituciones –caso del monasterio de San Martiño Pinario, entre otras– serán fundamentales para la “recuperación” definitiva –en 1732– de esta admirable joya del estilo Románico de Galicia.

Ahora bien, a lo largo del siglo XVIII la colegiata de Santa María a Real de Sar vive un estado económico más saneado, de tal modo que recupera una importante vitalidad artística y cultural. Al calor de la liturgia católica de la cultura barroca, llega el esplendor del ceremonial sacro: la obra de los mejores orfebres compostelanos de la época. Los vasos sagrados del templo y la cruz parroquial, los relicarios o incensarios, así como otros elementos distintivos del ritual religioso, de primorosa factura y de altísima calidad artística.

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