Opinión

El continente australiano, la antigua ‘Nueva Holanda’

Isaac Otero | 19 de abril de 2021

“Mientras tanto, el abandono de la comunidad de Swan River era total, hasta que en 1841 un católico de la colonia escribió al obispo de Sydney pidiéndole el envío de un sacerdote. El Ilmo. Polding, de regreso de Europa, envió a Sawn River tres sacerdotes, uno de ellos el reverendo Juan Brady, al que nombró como vicario general el 1º de septiembre de 1843”, escribe Santiago Rodríguez R. –maestro de Malvas-Tui– en su libro El Padre Salvado. Un gallego civilizador de Australia, Consejo Superior de Misiones, Madrid, 1944, Gráficas Afrodisio Aguado, calle Bravo Murillo, 31.

En algunos lugares se intentó atraer a los aborígenes a la vida civilizada, dedicándolos al servicio doméstico o a trabajos mecánicos no muy difíciles. Los ingleses, empero, no podían concebir que un salvaje que rendía lo mismo que un europeo tuviera que ser pagado –esto es, en “monney”– con idéntico salario; todo lo que fuese pasar de la comida y algún taparrabos le parecía al colono británico, naturalmente, absurdo y “shoking”. El indígena australiano, con un sentido de la justicia manifiesto, abandonaba la casa de su amo y huía a la selva, donde podía solucionar mejor sus necesidades.

“¿Qué sistema de civilización han adoptado todos los misioneros protestantes?”, se interroga el biógrafo Padre Rosendo Salvado. “Los australianos –prosigue el Padre Salvado– han sido tratados, al menos en las colonias de Nueva Gales del Sur y de la Australia Feliz –regiones de Sydney y Melbourne, las más ‘civilizadas’ entonces y ahora– de la manera más vituperable y vergonzosa. Las enfermedades que se les han pegado, el ‘arsénico’ y ‘las armas de fuego’ han sido otras tantas causas primordiales del decrecimiento de la población indígena”. Ahora bien, existe un ejemplo de cómo era el concepto en que tenían muchos colonos británicos para con el australiano: las palabras que expresó el abogado Wardel en defensa de un colono acusado ante el Tribunal de Sydney y convicto del delito de homicidio voluntario, cometido en la persona de un indígena. “Osó defender –continúa el Padre Salvado– que un salvaje está proscrito de la ley natural y que, por consiguiente, el matarlo no puede considerarse como delito”.

Es preciso recordar que el continente austral, que durante muchos años fue conocido como ‘Nueva Holanda’, figuraba en los “derroteros” de nuestros marinos, probablemente, a finales del siglo XVI y, desde luego, en los primeros años del XVII. En 1525 habían zarpado de A Coruña García Jofre Loaisa y Elcano para una nefasta expedición que sucumbió a mediados de 1526. Partió en su búsqueda en ese mismo año Álvaro de Saavedra; al regresar de Tidor a México, descubrió la Nueva Guinea. Asimismo, Mendaña exploró tiempo después las islas Salomón y Marquesas.

¿Y por qué no evocar aquel 21 de diciembre de 1605 en que salió del puerto de El Callao la expedición de Pedro Fernández de Quirós, quien fondeó en una honda bahía del grupo de las Nuevas Hébridas? Pensó que allí comenzaba la extensa isla que los navegantes situaban imaginariamente en sus mapas. La bautizó –en memoria de la casa de Austria, reinante en España– con el nombre de “Austrialia del Espíritu Santo”. Fue Luis Váez de Torres, no obstante, quien exploró Guinea por el Sur y navegando costeó la verdadera Australia durante más de 900 millas.

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