Opinión

Concepciones diversas acerca del vocablo ‘tango’

El Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua –en su edición de 1899– nos presenta la palabra “tango” con dos entradas: la primera remite a “tángano”, y la segunda la define como “Fiesta y baile de negros” o de “gente del pueblo en América”, además de una segunda acepción: “Música para este baile”. También agrega una más que débil etimología: de “tanguir”, “tocar instrumentos”. “Evidentemente, el problema de la etimología resulta más complicado de lo que la Academia Española pensó en un primer momento: en la edición de 1914, sin modificar la definición, da como origen “tanguir”, “tocar o palpar”, y de ahí en más las sucesivas ediciones eliminan prudentemente toda referencia etimológica”, señala el insigne poeta y tangófilo Horacio Salas en su magna obra El tango (ensayo preliminar de Ernesto Sábato), Editorial Planeta, Buenos Aires, 1ª edición, agosto de 1986.

No es extraño, desde luego, que se haya intentado encontrar un origen latino a este vocablo. La línea etimológica así definida, empero, no parece tener relación directa con el empleo rioplatense de esta voz, como designación del “tango-danza”. El hecho de hacerla derivar de “tango, is, ere, tetigi, tactum” no deja de ser seductora. Porque este verbo, entre otras cosas, significa: “tocar, palpar/ manejar, manosear/ Estar contiguo, inmediato/ Corromper (a una mujer)/ Tocar de paso, breve, ligeramente”, según Valbuena, en su Diccionario Latino-Español.

La homofonía ligada a ciertas aproximaciones semánticas quizá haya beneficiado el juicio de Miguel Devoto, quien, en su recopilación La flor de la rosa, recoge un antiguo verso español. “Tango vos, el mi pandero”. Ahora bien, si aceptamos las investigaciones llevadas a cabo por Corominas en el sentido de que la voz “tañer”, derivada de “tanguere”, aparece sólo en 1140, y “tocar”, con idéntico origen, cien años más tarde, parece claro que el verso anónimo se refiere a “tañer el pandero”, pero en absoluto a la “danza”. Asimismo en la misma dirección el ensayista uruguayo Daniel Vidart estima que “tango” derivaría de “tanguir, tañer o tocar un instrumento”. ¿Quién dudaría de que tal hipótesis es atractiva? Pero es harto difícil explicar por qué y cómo este vocablo llegase después de tantos siglos, durante los cuales su única acepción fue la de “tángano”, para reaparecer en el Río de la Plata en las postrimerías del siglo XIX con su viejo significado.

El ensayista Horacio Salas en su obra El tango nos recuerda las palabras del musicólogo Carlos Vega: “Ya en México en el siglo XVIII existía una danza de pareja suelta o individual denominada ‘tango”. Sobre ello, una denuncia de la Inquisición de 1803 habla de un “son” mexicano “nombrado El Torito”, agregando “deducido del antiquísimo tango”.

La Real Academia Española de la Lengua –en su edición de 1925– nos ofrece la existencia de la danza: la primera acepción es la de “chito” (una variedad del juego de la taba); la segunda continúa siendo la de “Fiesta y baile de negros” o “de gente del pueblo en América”, y la tercera define: “Baile de sociedad importado de América en los primeros años de este siglo”. Todavía leemos dos acepciones más. La cuarta, “música para este baile”. Y la postrera: “un instrumento hondureño de percusión”.

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