Opinión

El “compadrito” porteño: Lugones, Guibert, Sarmiento y Gutiérrez

Isaac Otero | 15 de julio de 2019

“Ser ‘chambón’ en el ‘visteo’ era también un ‘alerta’ en una actividad donde el primer descuido significaba para el ‘orillero’ el viaje al hospital o al cementerio”, escribe el poeta y ensayista porteño Horacio Salas en su insoslayable obra El tango (con un pormenorizado estudio preliminar del escritor Ernesto Sábato), publicada en Buenos Aires, en su primera edición de agosto de 1986. “Este personaje al que frecuentemente se lo confunde con el ‘guapo’ o el ‘compadre’ –matiza el ensayista Blas Raúl Gallo– era, en lo esencial, un imitador; un ‘guapo’ a mitad de camino, un feto que no llegó a término, un sietemesino arrabalero, fanfarrón, procaz, algo así como el ‘chulo’ madrileño”.

He aquí, pues, el “compadrito”: gratuita provocación, jactancia de un fingido coraje, exhibición de ajenas hazañas como si fueran propias. Porque al “guapo” le alcanzaban palabras en voz muy baja, clarificadores silencios tanto como penetrantes miradas. Su figura se alzaba por su presencia, además de su conducta. Quien lo imitaba, en cambio, necesitaba del grito, el autoelogio, de adulones. Cuando lo definía, el inefable poeta modernista Leopoldo Lugones lo despreciaba así: “Híbrido de gaucho, de gringo y de negro”.

Fernando Guibert –con mayor piedad– intentaba comprenderlo: “Nació hombre de a caballo; el hombre quedó paisano desmontado y es por eso que al ‘compadrito’ se le desmontó el destino, se encerró en la callejuela y la ‘cortada’, y aprendió a andar por la vereda”. El “compadrito”, por consiguiente, no era un personaje querido ni respetado, si bien mucho lo temían las mujeres que se encontraban bajo su dominio. Además, el “guapo” lo juzgaba un infeliz, un individuo despreciable para quien era suficiente del mango del rebenque, con un planazo y hasta con una ofensiva cachetada a mano abierta para, de inmediato, hacerlo callar.

El “compadrito” –en las orillas porteñas– apareció antes del nacimiento del tango. Ciertamente, es mencionado por el insigne Domingo Faustino Sarmiento en las páginas de su obra Facundo, en 1845. Asimismo, Tomás Gutiérrez a través de su corta novela titulada La maldición, impresa a comienzos de 1859, la cual fue exhumada exactamente un siglo después por Antonio Pagés Larraya. ¿Cómo definía Tomás Gutiérrez a los “compadritos”? De este modo: “Hijos degenerados del gaucho por su acento y sus términos”. “Hombres criados –continuaba– en los alrededores de la ciudad y cuyos únicos placeres son la bebida, el canto acompañado de su instrumento favorito, la guitarra, las riñas y los bailes de los hombres de su clase”.

Durante aquella misma época –y al socaire de la influencia de los datos brindados por Gutiérrez–, vio la luz un nuevo retrato del prototipo. Fue en el periódico La guirnalda, en los números 19 y 20, correspondientes al 20 y 27 de marzo de 1859, y firmado con las iniciales A. de E. A juicio del historiador Fermín Chávez –quien sacó a la luz estos artículos–, correspondería a Ángel de Estrada, hermano mayor de los directores de la efímera publicación: Santiago de Estrada y Juan Manuel de Estrada. “El ‘compadrito’ –señalaba– es un gaucho degenerado en hombre del pueblo, o un hombre del pueblo degenerado en ‘gaucho’. Con el hombre del pueblo la echa de ‘gaucho’ y con el ‘gaucho’ de hombre de pueblo”. 

 

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