Opinión

La ciudad de Caracas en el siglo XVIII

Isaac Otero | 22 de junio de 2020

“Caracas era entonces una ciudad (dice Ségur) grande, propre, élégante et bien bâtie, de 35 a 45.000 habitantes, de ellos 12.000 blancos y 27.000 hombres libres de color. En 1723, por los años en que nacía el padre de Bolívar, la describía así su cronista Oviedo y Baños: ‘Sus calles son anchas, largas y derechas, con salida y correspondencia en igual proporción a todas partes, y como están pendientes y empedradas, ni mantienen polvo ni consienten lodos; por recelo de los temblores, algunos de ladrillo y lo común de tapias, sus edificios los más son bajos”, escribe Don Salvador de Madariaga Rojo en su admirable obra titulada Bolívar, editorial Espasa-Calpe, Madrid, 1951, reedición, 1975.

Evocando la ciudad de Caracas, sus casas eran tan espaciosas en los lugares, que casi todas tenían amplios patios, jardines y huertas, regadas con diversas acequias que cruzaban la población, saliendo encañadas del río Catuche. Asombraba tanta variedad de flores durante todo el año. La hermoseaban cuatro plazas, las tres medianas; la principal bien grande y en proporción cuadrada. Las mujeres eran muy bellas, con recato y afables con señorío. La joya más codiciada, no obstante, que adornaba esta ciudad era el convento de monjas de la Concepción: vergel de perfecciones y cigarral de virtudes.

Caracas, si bien a menos de 10 grados y medio del Ecuador, disfruta de una perenne primavera debido a su altitud y de orientación este-oeste del valle alegre en que la construyeron los españoles. Merece recordarse su riqueza en el cultivo del plátano y la naranja, del café y manzano, del albaricoque y el trigo. “La médula religiosa de las sociedades españolas de las Indias era la causa más eficiente de su cohesión y unidad, laborando muy por debajo de la superficie, donde no calaba la vista de los observadores y críticos superficiales”, señala el historiador Salvador de Madariaga.

“Esta nación era sosegada aún en el delirio de sus placeres”, escribió Depons de la Caracas que conoció bien. “Van a misa –prosigue– tres o cuatro mil personas sin hacer más ruido que una tortuga sobre la arena”. El hecho es que los viajeros que visitaron Caracas hacia finales del siglo XVIII –tales como el Conde Ségur, Humboldt y el americano Daune– quedaron impresionados por la concordia y espíritu patriarcal que reinaba las familias y, a la vez, por la cultura intelectual que encontraron.

“Tenía esta cultura de la amena capital venezolana tres raíces –asevera Madariaga y Rojo–. La primera, la Iglesia. La segunda, la Universidad. Como en todos los demás reinos del Nuevo Mundo, la actividad educadora de España, comenzó en Venezuela desde fecha muy temprana. El seminario Tridentino, origen de la vida universitaria de Caracas, fue fundado en 1592 por Felipe II, por iniciativa de Simón de Bolívar, primer antepasado del Libertador que vino a instalarse en Venezuela. Era entonces este primer Bolívar Procurador de Caracas en Madrid”.

No sería en vano recordar que tres eran las fuentes esenciales de la renta: la tierra, el comercio y los cargos del Estado o de la Ciudad. El comercio acostumbraba a dejarse en manos de los ‘europeos’, esto es, de los españoles de España.

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