Opinión

Carlos de la Púa, italianos y ‘porteños’ en el tango

Isaac Otero | 31 de diciembre de 2018

Continuando con la influencia socio-musical de la inmigración italiana en la Argentina –cristalizada, sobre todo, en el tango ‘porteño’ de Buenos Aires–, recordemos aquel excelente poema de Carlos de la Púa, titulado Los bueyes. Una observación desde otro prisma: “el drama de la inmigración”, el aludido por Nicolás Olivari: “Vinieron de Italia, tenían veinte años,/ con un bagayito por toda fortuna/ y, sin aliviadas, entre desengaños,/ llegaron a viejos sin ventaja alguna”. Acto seguido: “Mas nunca sus labios los abrió el reproche./ Siempre consecuentes, siempre laburando,/ pasaron los días, pasaban las noches/ el viejo en la fragua, la vieja lavando”. Y después: “Vinieron los hijos. ¡Todos malandrinos!/ Vinieron las hijas. ¡Todas engrupidas!/ Ellos son borrachos, chorros, asesinos,/ y ellas, las mujeres, están en la vida”. Para finalizar: “Y los pobres viejos, siempre trabajando,/ nunca para el yugo se encontraron flojos./ Pero a veces, sola, cuando está lavando,/ a la vieja el llanto le quema los ojos”.

“Discriminar hasta qué punto los criollos se italianizaron o los italianos se acriollaron, no es fácil y resulta bizantino”, señala el gran poeta y ensayista, nacido en Buenos Aires, Horacio Salas, en su magna obra El tango (estudio preliminar de Ernesto Sábato), Editorial Planeta Argentina, 1ª edición, Buenos Aires, agosto de 1986. Pues, en efecto, los límites socio-psicológicos acostumbran a ser muy borrosos, de modo que la conclusión no permite ser definitiva. ¿Hacer pesquisas acerca de los campos vitales en los que afloran esas raíces itálicas? Ahora bien, aunque la labor investigadora sería ingente, podríamos intentar la experiencia desde la perspectiva de los hábitos, tendencias y gestos que delatan el origen itálico. Pensemos, por un instante, en la aportación de giros lingüísticos, frases estereotipadas, refranes y un sinnúmero de vocablos de cada uno de los diversos “dialectos” peninsulares que Italia incorporó al habla cotidiana de la población argentina.

Es preciso indicar que los filólogos Giovanni Meo Zilio y Ettore Rossi –en el estudio El elemento italiano en el habla de Buenos Aires y Montevideo, publicado en 1970– enumeraron más de 2.000 italianismos de uso común o frecuente dentro del “habla” del Río de la Plata, sin que, por supuesto, hayan alcanzado agotar la extensa relación.

En caso de que optásemos por hacer hincapié en la participación del italiano en el ancho ‘cosmos’ del tango, nos vemos impelidos a mencionar a José Sebastián Tallón, quien resaltó cómo en general los conjuntos musicales –los “tríos”– que actuaban en los ‘cafetines’ del barrio de ‘la Boca’ hasta los días del “Centenario” estaban integrados, en su mayoría, por italianos meridionales que reemplazaban la guitarra y la armónica por el clarinete. Nada extraño, si tenemos presente la vecindad, ya que el barrio de ‘la Boca’ estaba colmado de una mayoría peninsular de ‘tanos’. ¡Y cómo algunos muchachos del lugar no iban a ganarse unos pesos ejecutando ‘tanguitos’ cada noche en diferentes locales! El espíritu improvisatorio de aquellas actuaciones llevó a la creación de melodías que impregnaban la memoria de los espectadores. Italianos –o hijos de inmigrantes italianos– fueron imperecederos artistas de la nombrada ‘Guardia Vieja’ del tango: Enrique y Armando Santos Discépolo, hijo de Santos Discépolo, el napolitano que en 1872 arribó a Buenos Aires.

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