Opinión

Características del tango según Néstor Ortiz Oderigo y Carlos Vega

Isaac Otero | 14 de mayo de 2018

El ensayista y musicólogo Néstor Ortiz Oderigo nos indicó que en sus comienzos coreográficos el tango no se ejecutaba con “pareja enlazada”, sino que se trataba de una “danza pélvica”, en la cual una mujer y un varón se enfrentaban a fin de dibujar distintos movimientos y mímica, “figuras” y “mudanzas”, bajo el notorio influjo del “candombe”. Corroborando su tesis, señala un grabado de la revista La Ilustración Argentina, 30 de noviembre de 1882, en que se nos muestra una “pareja negra” bailando enfrentados sobre un epígrafe que dice: “El tango”.

Diferente juicio, empero, expresa el escritor Carlos Vega, cuando en las “figuras” del tango se desvelan distintas influencias. “Coreográficamente, el tango es un hallazgo”, asevera, para agregar: “Los creadores porteños, que no se resignaron a perpetuar anodinas caminatas y vueltas conversadas en que cayeron todas las danzas de enlace, habían ensayado innovaciones en la ejecución de esas mismas danzas de salón, en la milonga y hasta en la cuadrilla”. Juzga que “el tango argentino realiza el milagro de insertar la ‘figura’ en el ‘enlace’, es decir, la tradición en la favorecida novedad. Este es el secreto de su éxito; ésta es la principal innovación que ofrece al mundo”. Nos recuerda que las dominantes danzas de enlace exigían el “movimiento continuo” de acuerdo con las prácticas consagradas. Puesta la pareja a bailar, debía “enhebrar” acompasados “paseos” o “vueltas” sin detenerse ni un instante. Entiende que “los forjadores del tango introducen la suspensión del desplazamiento”. Porque, en efecto, la pareja se aquieta de súbito. Incluso más: suele pararse el hombre solo, en tanto la mujer “caracolea” o gira en torno. Y a la inversa, firme la mujer, puede moverse el hombre. Pareciera algo no muy destacado, pero en no pocas ocasiones “lo sensacional es suma de pequeñeces”.

Más adelante, el musicólogo Carlos Vega escribe: “Naturalmente, las ‘figuras’, que antes se realizaban en el espacio abierto de los cuadros –como en la cuadrilla–, tienen ahora el ‘ancho’ que ocupa la pareja enlazada y el ‘largo’ que requiere en la línea del desplazamiento de los bailarines en el salón”. Evoquemos ahora aquellas que también se denominan “figuras” en la nueva danza y algunas como el “molinete” y el “ocho”, los cuales mantienen sus antiguos nombres. Una breve combinación de “pasos” que la mujer repite “al revés” constituye cada “figura”. Persistiendo en la invención, se lanza diez, veinte, cuarenta, más “figuras”. Y a lo largo de la sala, de modo “sinuoso”, el hombre las concatena en serie y cada vez crea una “versión” del tango que jamás acertará a repetir con plena exactitud. De manera que consiste en un espectáculo “renovado” en cada presentación. Es “incalculable la superioridad que enrostra al ‘vals’ o a la ‘mazurka’ de las ‘vueltas’ iguales”, continúa Carlos Vega.

Nos situamos, por consiguiente, en la “variedad dentro de la unidad”, a tenor de la preceptiva clásica, como admirablemente nos sintetiza el gran poeta y ensayista porteño Horacio Salas en su insustituible volumen titulado El tango, con ensayo preliminar de Ernesto Sábato, Editorial Planeta, Buenos Aires, 1ª edición, agosto de 1986. Desde luego –como escribió el ensayista Leopoldo Marechal–, “el tango es una posibilidad infinita”.

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