Opinión

‘El Camino de Santiago’, obra de 1954, de Luis Barreiro

Isaac Otero | 30 de noviembre de 2020

“Inmensos fueron los bienes tanto de orden espiritual como temporal que la peregrinación a Santiago produjo a lo largo de la Edad Media. Los compendia de magnífica manera el Papa, felizmente reinante, cuando dice que ‘la peregrinación aceleró y profundizó el ritmo de la historia, sirvió de crisol a la elaboración de las ciencias y de las artes, desparramó por el mundo un anhelo de purificación y esparció por todas partes aquellas ansias de pacificación y de fraternal unión de los espíritus que han sido y seguirán siendo siempre la única y segura base de la paz’. Estos excelentes frutos produjo la peregrinación en los tiempos pasados. Hoy no los producirá menores, porque ‘si el peregrinar tuvo entonces la noble función de consolidar la fe del pueblo, de acercar entre sí a las más diversas naciones, de aliviar a los desgraciados y consolar a todos, hoy, entre las enormes dificultades y dolores de la hora presente, sigue siendo una bendición para el mundo”, escribe Fernando, Cardenal Arzobispo de Santiago en el Año Santo Compostelano, 1965. Así leo en el recordado libro titulado El Camino de Santiago, Ediciones Marius, Barcelona, 1954, cuyo autor es Luis Barreiro, correspondiente de la Real Academia de Buenas Letras de Barcelona, acompañado de dibujos y reproducciones a pluma por el autor.

Luis Barreiro –en su primer capítulo ‘Los Peregrinos’– alude al concepto de “peregrino”, que es solamente “el que va hacia la casa del Señor Sant-Yago o vuelve a ella”, como canta Dante Alighieri en su Vita Nuova, capítulo XL. De la misma manera que “romero” era el que iba a Roma o de Roma volvía. El término “peregrino” se aplica, pues, a todo el que va a un lugar santo en jornadas religiosas y ascéticas, con un fin devoto, y “aún más si lleva algunos atributos de su dedicación espiritual como esclavina, veneras, medallas, bordón u otras”. En el capítulo ‘Las peregrinaciones’ se explaya sobre las numerosas y diversas peregrinaciones en todos los tiempos, desde que la Religión ofreció su amparo y refugio de intercesión espiritual. En cuanto a ‘Las Peregrinaciones a Santiago de Compostela’ –correspondiente al nuevo capítulo–, se nos recuerda la coincidencia en “este año de gracia de 1954” del Jubileo Plenísimo, como el de Roma, concedido a Santiago de Galicia, por el que había sido Arzobispo de Viena, Guido de Borgoña, y Papa Calixto II. Peregrinación al Santuario Compostelano: la grandiosa Catedral Basílica, donde se guardan y veneran los restos del Glorioso Apóstol Sant-Yago el Mayor, el hijo del Zebedeo.

“Las cuatro vías del Camino de Santiago en territorio galo –escribe Luis Barreiro– partían de París, Vezelay, en la Borgoña, Puy, y Arlés, en la Provenza”. En el siguiente capítulo ‘El Camino de Santiago’ nos muestra un mapa confeccionado por él mismo acerca de “los pueblos que nutrían las peregrinaciones antiguas al Apóstol”. Desde los moscovitas, rusos, ucranianos, caucásicos, georgianos o armenios hasta los noruegos, suecos, dinamarqueses, escoceses o irlandeses. Asimismo, todos los pueblos centroeuropeos: polacos, sajones, bohemios, además de los de Francia e Italia. Incluso, los sudaneses, teniendo presente los abisinios-coptos.

‘Rutas gallegas’, ‘Las Jornadas’, ‘La geografía del Camino’, ‘La peripecia y la vitualla en el Camino’, ‘El Códice Calixtino’ y ‘El templo de Santiago’ clausuran esta valiosa obra.

 

 

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