Opinión

El ‘Camino de Santiago’ y las mujeres medievales

Isaac Otero | 03 de mayo de 2021

“Pedro Abelardo, en el siglo XII, distinguía con claridad: ‘homo’ es un nombre común al ‘vir’ y a la ‘femina’, puesto que uno y otro son animales racionales. El famoso ‘maestro’, es decir, el pensador de oficio –a cuya fama, por cierto, no es ajena la relación entre hombre y mujer– se ponía por encima del lenguaje común, donde el nombre de la especie se entiende como sinónimo de varón. Cuando definimos la historia como el estudio de la evolución del hombre en sociedad, lo hacemos usando la terminología abelardina; quiere decirse que, en esa evolución, están implicados tanto los varones como las mujeres”, explica el catedrático de Historia Medieval e insigne historiador gallego de la Universidad de Santiago de Compostela, profesor Ermelindo Portela Silva, al frente de su ‘Prólogo’ al libro de Marta González Vázquez titulado Las mujeres de la Edad Media y el Camino de Santiago, Xunta de Galicia, ‘Xacobeo/ 2004’, reedición de la ‘Consellería de Cultura’ de 2000, Santiago de Compostela.

“La condición de la mujer como peregrina sirve de punto de partida para un análisis más profundo del papel de la mujer en el complejo mundo medieval”, expresa Jesús Pérez Varela, ‘Conselleiro de Cultura, Comunicación Social e Turismo’. A los nombres de María del Carmen Pallares y Clara Cristela Rodríguez, viene a agregarse el de Marta González. A fin de tratar con rigor esta temática medieval, la autora ha reunido los testimonios muy dispersos y los ha agrupado y analizado. Recordemos que el estudio acerca de esta devoción medieval nos retrotrae a la publicación del admirable trabajo de L. Vázquez de Parga, J. M. Lacarra y J. Uría: Las peregrinaciones a Santiago de Compostela, en 1949.

“La aparición de peregrinas dentro del repertorio de milagros de Santiago del “Códex Calixtinus” –afirma la autora en su ‘Introducción’ al texto–, obteniendo de la bondad del santo un remedio a sus sufrimientos, tanto físicos como morales, es muy frecuente”. En verdad que tal literatura de “milagros” y de “exempla” se halla colmada de casos de mujeres de distinta índole desplazándose hacia santuarios. Sea ya el de Santiago, ya el de Villasirga en el caso de las “Cantigas de Santa María” del rey Alfonso X el Sabio.

Tiempo después, leeremos textos críticos con esa tendencia, tan habitual en las mujeres, de emprender peregrinaciones o romerías. He ahí a Cristina de Pisan y a Bertoldo de Ratisbona que atestiguan esta práctica piadosa. “Las obras que han de facer para haber la gloria del paraíso –señalaba el narrador medieval, infante Don Juan Manuel– son así como limosna et ayuno, et oración et romería et todas las obras de misericordia”. Escaso es lo que ha quedado en los archivos de la Catedral de Compostela sobre las romerías de las gentes de las proximidades de la ciudad compostelana. Algunos de los viajeros, eso sí, que redactaron las impresiones de su peregrinación. Evoquemos aquel relato del sacerdote italiano Giovanni Battista Confalonieri, quien realizó su romería en 1594. Nada ha permanecido, en cuanto a la peregrinación de estas mujeres en los “sínodos” medievales, que reúnen sólo las referencias a romerías de clérigos.

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