Opinión

El ‘bandoneón’, alma musical y metafísica del tango

Isaac Otero | 05 de marzo de 2018

¡El bandoneón! El tango, que recuerda en buena medida a la habanera llevada al río de la Plata por los marineros. Destilación de la “milonga” y, sobre todo, plenamente esponjada de música italiana. Todo ello entreverado a semejanza de aquellos músicos que lo inventaron. Criollos como Ponzio o “gringos”, tal es el caso de Zambonini. El instrumento –popularmente nombrado “fuelle”– que deriva del “akkordion” germánico. El teclado maravilloso de 38 teclas a la derecha y 33 a la izquierda, con 4 cambios de tono. Humildes orquestas, acompañadas de guitarra, violín y flauta. Y también con mandolín, arpa, armónica inclusive. Bandoneón del sentimiento y, a la vez, del hondo dramatismo, diferenciándose del acordeón con su sentimentalismo y pintoresquismo. ¿Quién podría olvidar que desde su origen –entre lenocinios y piringundines– el tango saltaría a la búsqueda del centro –el “trocén”, al “vesre”, al revés– de la gran ciudad, en organitos con loros, que anunciaban a bombo y platillo: “Quisiera ser cantinflero para tener una mina”?

“Y con la invencible energía que tienen las expresiones genuinas conquistó el mundo. Nos plazca o no (generalmente, no), por él nos conocieron en Europa, y el tango era la Argentina por antonomasia, como España eran los toros”, escribe Ernesto Sábato en su “Estudio preliminar” titulado ‘Tango, canción de Buenos Aires’, como prólogo de la obra de Horacio Salas El tango, Editorial Planeta, Buenos Aires, 1ª edición, agosto de 1986; con posterioridad, Emecé Editores, Buenos Aires, 2004, 1ª edición. El tango sustanciaba, pues, tanto la nostalgia como la tristeza, el descontento y la dramaticidad. Evoquemos la sutil delicadeza de canciones como Caminito o bien aquellas cuyas letras eran más grotescas como Noche de reyes. Asimismo, el “existencialismo” o la “angustia vital” en la tanguística expresada por Enrique Santos Discépolo, popularmente “Discepolín”.

“El crecimiento violento y tumultuoso de Buenos Aires, la llegada de millones de seres humanos esperanzados y su casi invariable frustración, la nostalgia de la patria lejana, el resentimiento de los nativos contra la invasión, la sensación de inseguridad y de fragilidad en un mundo que se transformaba vertiginosamente, el no encontrar un sentido seguro a la existencia, la falta de jerarquías absolutas, todo eso se manifiesta en la metafísica tanguística”, señala el célebre escritor Ernesto Sábato, mientras nos rememora aquellos versos: “Borró el asfalto de una manotada,/ la vieja barriada que me vio nacer”.

Buenos Aires, la megalópolis o –como escribió Ezequiel Martínez Estrada– “la cabeza de la hidra de siete cabezas” que todo lo engulle, inmisericorde en su masificación. “Yo te evoco, perdido en la vida,/ y enredado en los hilos del humo”, cantó el poeta popular su añoranza del viejo “Café de los Angelitos”. El porteño preguntaba: “¿Te acordás, hermano, qué tiempos aquéllos?”. Amargamente, con cinismo, sentencia: “Se va la vida, se va y no vuelve,/ lo mejor es gozarla y largar/ las penas a rodar”. El hombre del tango, sí, expresa un ser profundo, reflexionando en el transcurrir del tiempo y en su desenlace, esto es, la muerte inexorable.

 

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