Opinión

Avatares del Padre Salvado ante su vocación misionera

Isaac Otero | 08 de marzo de 2021

“Solicitado por las mejores familias de la ciudad de Tui, siempre recatada y austera, era por su ingenio, su naturalidad y su espíritu expansivo y cordial, sin olvidar jamás su condición de aspirante al sacerdocio, el ornato indispensable de todas las reuniones”, escribe Santiago Rodríguez R., maestro de Malvas, Tui, en su libro El Padre Salvado. Un gallego civilizador de Australia, Madrid, Consejo Superior de Misiones, 1944, Gráficas Afrodisio Aguado.

El hecho es que, cuando se preparaba para recibir las primeras órdenes, se encontró con la dolorosa sorpresa de que el obispo, señor Casarrubios, se las negaba. El prelado, habiendo sido informado interesadamente de que alguna joven mostraba gran afecto al religioso muchacho, expresó así tal contrariedad. De modo que Rosendo Salvado escribió al abad del monasterio benedictino de la Cava, en Italia. El 11 de noviembre de 1838 embarcaba, pues, en Vigo, con su compañero y hermano de hábito, así como en el episcopado, Fray José Benito Serra.

Durante la travesía hasta el puerto de Nápoles tuvieron lugar las iniciales conversaciones entre los futuros misioneros. El célebre monasterio de Cava se halla a 45 quilómetros aproximadamente. Pronto lo designaron profesor de música; tres meses después era ordenado presbítero con el cargo de organista. Su aspiración, no obstante, era el proyecto misionero. En tanto aguardaba por el milagro, estudiaba el programa sacerdotal en el Colegio de San Anselmo, en San Calixto de Roma. Además de los correspondientes estudios de Filosofía, Teología y Derecho Canónico, no dejaba de lado los estudios de Geografía, Historia Natural y Medicina, los cuales tanto habrían de aprovecharle en el momento de que llegase la hora anhelada de encontrarse con sus entonces “ignotos salvajes”.

El 23 de febrero de 1839 fue ordenado sacerdote; el día 1º de marzo –fecha coincidente con su natalicio y, a la vez, su onomástica– ofrecía al Altísimo su primer Santo Sacrificio de la Misa. “Idénticas aspiraciones e iguales temores abrigaba Fray Benito Serra –nos recuerda en su biografía Santiago Rodríguez, el maestro de Malvas-Tui–. La conjunción de las dos almas debió ser como una rasgadura en un cielo encapotado, porque el propio Fray Rosendo señala la fecha en sus memorias sobre la Australia: el 11 de julio de 1844, sintieron que la gracia se imponía a toda consideración humana”.

“La salida del convento  –señala su biógrafo– nos recuerda momentos dramáticos de la narración ‘Margarita, la Tornera”. Pues ambos monjes, antes de despuntar el alba del 26 de diciembre de 1844, postrados en la celda del Padre Salvado ante un devoto cuadro de Nuestra Señora del Socorro que Fray Rosendo se había llevado como recuerdo de Tui, encomendaron su anhelo a la Virgen. Como avergonzados, llenos de temblor, salieron de puntillas del monasterio, dejando, eso sí, dos velas ante al cuadro de quien habría de ayudarlos en todas las dificultades. Hasta Nocera fueron en carro; en tren hasta Nápoles. Luego, embarcados hasta Civitavecchia, tardaron dos días en alcanzar Roma, donde se presentaron ante Monseñor Brunelli, secretario de la Congregación de Propaganda “Fide”, a fin de suplicar protección y ayuda.

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