Opinión

El ‘Arca Marmórica’ del Apóstol y sus testimonios escritos

Isaac Otero | 16 de junio de 2011
“Martirizado el Apóstol Santiago en Jerusalén, sus discípulos recuperan el cuerpo y lo trasladan a un lugar seguro para darle sepultura. Prescindamos de milagros y de leyendas, pensando en un traslado normal, utilizando los medios que entonces eran normales para los transportes marítimos. El tiempo invertido en las jornadas no lo contamos, tan sólo se nos dice que por la Ría de Arosa llegó a Padrón y desde allí fue llevado al lugar en donde fue sepultado. No tardaron en encadenarse las furias de las persecuciones romanas, y las penurias que sufrieron los cristianos de todos son conocidas”, señala el ya desaparecido profesor Hipólito de Sa Bravo, correspondiente de las Academias de la Historia y Gallega, en su opúsculo titulado Influencias del Camino de Santiago en la Cultura y el Arte de Galicia, Año Santo Compostelano, 1982, Artes Gráficas, Vigo, del mismo año.
Es preciso recordar cómo después acontecieron las invasiones germanas, las guerras entre suevos y visigodos y, finalmente, la desaparición del reino de los godos a causa de la invasión musulmana. No es extraño que aquella noticia de la ubicación del sepulcro apostólico se hubiese difuminado; mas en aquella comarca existía un culto y un diminuto poblado que conservaba una antigua memoria del lugar sacro, el cual permitió su identificación cuando fue descubierto el primigenio mausoleo funerario en el año 813. He aquí el altar y los documentos medievales que se incluyen bajo el genérico nombres de Arca Marmónica. Aquella gran noticia del fortuito y venerable hallazgo traspasó las fronteras del territorio de Galicia. El Papa lo anunció al orbe católico mediante la ‘Epístola’ de San León III. Después, en el 906, el rey Alfonso III lo comunica por carta al clero y población de Tours. Asimismo el obispo Sisnando I alude al sepulcro y templo del Apóstol Santiago en el Acta fundacional del monasterio de San Sebastián del Pico Sacro, hacia el año 904. Se leen datos del descubrimiento en la escritura de ‘Concordia’ firmada por el obispo Don Diego Peláez y San Fagildo, el abad de Antealtares, el 17 de agosto de 1077 a fin de resolver el pleito suscitado entre el obispo y el monasterio debido a la expropiación de unas capillas que pertenecían a los monjes, las cuales era necesario derribar para la construcción de la nueva Catedral. Recordemos también el ‘Cronicón Iriense’ –se juzga de mitad del siglo XII– que se refiere a la ‘Epístola’ del Papa San León III. Ahora bien, las más fructíferas noticias son las que se nos muestran en el Liber Sancti Jacobi o Codex Calixtinus, compuesto de 5 libros, en los que podemos admirar los ‘Oficios litúrgicos’ que tenían lugar y tiempo durante las solemnidades del Apóstol Santiago, el relato de la ‘Traslación’, un acervo de milagros atribuidos a la intervención del Hijo del Zebedeo, así como la primera ‘Guía’ del peregrino jacobeo, completando todo el conjunto la ‘Crónica’ o libro del Arzobispo Turpín, amenizado por las bellas secuencias características de los afamados y populares libros de la ‘Orden de Caballería’, sin olvidar tampoco las hazañas de Carlomagno, a quien se le otorga ser “peregrino compostelano” con su cortejo de “caballeros”. Igualmente son imprescindibles los testimonios escritos que nos concede La Compostelana, cuyos autores fueron –época del arzobispo Gelmírez– unos canónigos de Compostela.
Jacobi Apóstoli Zbedei Boanergis, qui ab Herode decollatus est, sepulchrum habemus, expresa la ‘Carta’ del rey Alfonso III al clero y pueblo de Tours de Francia, donde se veneraba en su sepulcro al célebre San Martín, el evangelizador de los suevos.
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