Opinión

Alfredo Bevilacqua, autor del tango ‘Independencia’

Isaac Otero | 05 de enero de 2015

Alfredo Bevilacqua, el viejo pianista simpático e inquieto, nació en 1874… ¿dónde?, en un tren en marcha, del primigenio ferrocarril del Norte, el cual partía del Retiro y orillaba el río, por los vecinos pueblitos, hasta alcanzar Olivos. Sí. El ‘alumbramiento’ de Alfredito tuvo lugar a la altura de la estación Belgrano, en el bajo, detrás de los terrenos donde más adelante se trazaría el Hipódromo Argentino. Fue “el pasajero sin boleto”, según reseñaron los diarios de la época. Como su madre celosamente había guardado aquellos ‘recortes de prensa’, cuando él, ya mayorcito, los releía y los mostraba a sus amigos, exclamaba con burla e indignación: “Es el único boleto que no me cobraron en mi vida. ¡Porque hay que ver los que me hicieron pagar y romper los malhadados ‘burros’ de aquellas pistas! Ni naciendo allí, te tienen la mínima consideración”.

Alfredo fue pianista en el teatrito ‘El Pasatiempo’, de la calle Paraná, al pie del ‘Politeama’. “Las orquestillas que movían los pies tanguistas ignoraban el piano, con una púdica reverencia de musiqueros que sólo conocían el acompañamiento de ‘vigüelas’ rascadas en dominante y tono, a lo que Dios quería… Bevilacqua, como Campoamor, como Saborido, entró en la línea de los pianistas de ley, como Rosendo, que pusieron la salsa sabrosa del compás orillero en el guiso de ‘whiskys’ legítimos, amoríos fugaces y billeteras nutridas, que se servía en casitas secreteadas y en las otras, de ‘Laura’ o la vasca ‘María’, que ya eran de ‘pública notoriedad”, escribe Francisco García Jiménez en su reconocido libro Así nacieron los tangos, Ediciones Corregidor, Buenos Aires, 1980, 1ª edición.

Alfredo comenzó a componer tangos. El ritmo de 2x4 era por entonces un alimento anímico, imprescindible entre la gente porteña. El ‘dueto’ de los Gobbi había ido a París, a grabar discos con destino al sello ‘Gath & Chaves’, en la excelente compañía de las pintorescas estrofas costumbristas, tangueadas por la Banda de la Guardia Republicana de la capital francesa. Bevilacqua –si bien asimismo amante del trombón– continúa fiel al teclado blanco y negro del piano. Pidiéndole una pausa, empuña ahora la batuta al frente de una banda que organiza con entusiasmo y fortuna. Corre el año 1910. Vivimos los fastos del Centenario de la ‘Revolución de Mayo’, el denominado “primer grito de libertad”. Y compone un tango singularmente dedicado a la efeméride patria. ¿El título? Independencia. Y lo estrena en plena ‘Avenida de Mayo’, engarzando, en su homenaje, a la Infanta Isabel, que representa al rey de España en las gloriosas celebraciones.

El público asistente, que colma la gran arteria urbana engalanada, tributa al músico, a su banda y a su tango, enfervorizadas ovaciones. Él le obsequia una autografiada copia del tango a la Infanta; recibe la afectuosa felicitación de la dama española así como también del presidente de la Argentina Figueroa Alcorta. Luego graba discos, aunque sus ventas no le son nada propicias. Bajo otro sello las grabaciones de la rondalla ‘Gaucho Relámpago’ ahora “copan la banca”. Era un italiano avispado, del barrio del Arsenal de Guerra –calles Garay y Pichincha–, quien alquilaba caballos para representaciones de circos y teatros. Y Bevilacqua se quedó, pues, igual que “el penado 14”: con la batuta en el éter y haciendo imprecisas señas. Retornó al piano y, avanzados los añosos almanaques, enseñaba a tocar el instrumento, como experto ‘afinador’, a fin de ganarse el diario condumio en la capital porteña, donde falleció en 1942.

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