Opinión

‘Adiós, muchachos’, tango de Julio César Sanders y César Vedani

Isaac Otero | 23 de diciembre de 2016

“Este tango nació accidentalmente una noche de 1927, en una esquina del barrio de Flores, el barrio de sus autores, cuando éstos pertenecían a una mocedad bullanguera que en su mayor parte reemplazó la enseñanza universitaria –gambeteándola– por la de las filigranas bailarinas en tertulias caseras y salones, y arrumbó los libros para no perderse la reunión de la alta noche en la confitería ‘La Perla’, frente a la plaza”, nos hace evocar e imaginar el inefable poeta y tangófilo Francisco García Jiménez en su insoslayable libro Así nacieron los tangos, Ediciones Corregidor, Buenos Aires, 1980.

“¡Adiós, muchachos!”, les dijo en su despedida a sus amigos uno de los ocupantes de un coche de caballos, que partía después de la reunión juvenil, ya desde la misma vereda. Entre los presentes se hallaba un músico de fresca intuición: Julio César Sanders, nacido en 1898 y fallecido en 1942, quien de pronto repitió las dos palabras en compañía de cuatro más que se le ocurrieron al instante: “Adiós, muchachos, compañeros de mi vida…”. Más tarde, los pianísticos dedos de Sanders desplegaron aquella inspiración. Tango de indeclinable difusión universal que naciera de la ‘barra’ de juventud de la añorada Flores, “barra querida de aquellos tiempos”. César Vedani, el cual nació en 1906 para fallecer en 1979, se encargó de adaptar esta letrilla a la bienaventurada música. Primero en papel, luego registrado en discos, las ediciones del tango se multiplicaron como las espumas del mar. Orquestas y cantores rumbo a sus repertorios. La radiofonía, en pleno auge, propagó no sólo la melodía sino también la frase popular.

Tras el signo del éxito en su patria argentina, la vieja Europa le rubricaba al tango los excelentes pasaportes de popularidad universal. ¿Quién no recuerda su magia en labios de Carlos Gardel? ¿O en los de Pancho Spaventa o de Irusta o de Fugazot? ¿Quién podría olvidar el tango en los instrumentos de las orquestas de Pizarro, de Bianco o de Daembroggio, el del apelativo ‘Bachicha’? Sanders y Vedani también viajaron, pues en 1928 “tomaron el piróscafo” y llegaron cuando en el hemisferio norte caían las hojas del otoño. Barcelona y París los aclamaron, alabados y perseguidos por diversas editoriales y empresas fonográficas europeas, con promesas de sustanciosas “primas” pecuniarias.

“Con reparto de tan peregrinas ‘exclusivas’ o no, lo cierto es que Adiós, muchachos tomó una fama ascensional extraordinaria. Y que la cinematografía le dio sus alas –señala el gran Francisco García Jiménez al rememorar el tango–. En una ocasión Hollywood puso su atención en esa melodía. ¿Sería aventurado presumir que fue un celebrado actor francés, trasplantado de París a Los Ángeles, quien impuso su predilección por ese tango a los productores de la ‘meca’ del cine?”. Luego alude al célebre Charles Boyer. En efecto, en dos películas en que él era el “héroe” masculino, Adiós, muchachos salió a recorrer hasta los confines del planeta, adonde aún no habían alcanzado sus acordes. Se trataba de La historia se hace de noche, de la ‘Warners Bros’ y Privilegio de mujer, de la ‘Columbia Pictures’.

No estaría de más recordar una edición del tango en Londres: Pablo the dreamer. Pero antes, en 1931, en la capital inglesa hubo una versión. “Te conservaré siempre en mi corazón”, presentada como “una canción argentina de amor”. Tampoco los editores y letristas de Estados Unidos se frenaron, con una versión más efusiva y pícara.

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