Opinión

‘Madre hay una sola’, tango de Agustín Bardi y José de la Vega

Isaac Otero | 12 de junio de 2017

“Referirme al tango Madre hay una sola de Agustín Bardi (1884-1941) y José de la Vega (1892-1954) es para mí revivir el conmovido afecto que me unió a ambos. Bardi era un lírico de genial sencillez; tan criollo en la pinta como en el pentagrama, con su bigotito, su mirada de apicarada bonhomía, su andar pausado como su verba; y sus dedos pianistas, siempre ocupados en el quehacer de entregar joyitas a la música porteña…”, evoca el inexcusable tangófilo y poeta-compositor Francisco García Jiménez en su tan erudita como sensitiva obra Así nacieron los tangos, Ediciones Corregidor, Buenos Aires, 1980.

Inmortales tangos de Bardi, de cotidianas pasiones entre el humo gris y la “saudade” de viejos “boliches esquineros” y el requiebro de “compadritos” de rompe y rasga. Fraseados y gangosos “estribillos” que diseminaban las “cornetas” de los “tránguays” del 1900… A mediados de la década de 1910, casi mozo veinteañero, sobre el modesto tabladillo de un cafetín del Sur, Agustín Bardi viajaba a través del teclado de dientes amarillos y “cachusos”, concediendo a sus dedos afiligranadas antenas a fin de recibir las mareas de su inspiración. Desde ese mismo punto y a lo largo de tres décadas más, fueron aflorando aquellos tangos suyos: Gallo ciego, El baquiano, Tierrita. Y después, ¡Qué noche!, Tinta verde, La última cita, Oiga, compadre, Pico blanco y La racha.

“Casi cincuentón, de vuelta de triunfos y amarguras, Agustín Bardi se encontró en feliz hora, sobre el albor de los años 30, con un poeta sencillo y fervoroso como él, José de la Vega”, agrega nostálgicamente su amigo García Jiménez. José de la Vega versificó sobre el lecho armónico de las corcheas de Bardi: “Pagando antiguas locuras/ y ahogando mi triste queja,/ volví a buscar en la vieja/ aquellos hondas ternuras/ que abandonadas dejé”. Ambos –músico y poeta–  exprimieron las sensaciones anímicas del regreso del “hijo pródigo”: “Besos y amores,/ amistades, bellas farsas,/ y rosadas ilusiones/ en el mundo hay a montones/ por desgracia”. Y les llegó la gran oportunidad: la antigua empresa “Max Glücksmann”, del disco “Nacional”, convocó a autores y compositores a un nuevo concurso del género, que organizaba con periodicidad. Bardi y de la Vega presentaron su tango al certamen, el cual tuvo lugar en la sala del cinematógrafo “Electric”, en continuadas “ruedas”, bajo la dirección orquestal de Francisco Canaro, el inolvidable “Pirincho”. Y finalizó en los primeros meses de 1931.

Madre hay una sola consiguió en aquel concurso un apenas discreto “quinto premio”. Recordemos, sin embargo, quiénes lo antecedieron en el fallo. Y al considerar las obras, Carlos Gardel se entusiasmó ante aquella página. Ya próximo a viajar hacia Europa, en una de sus habituales “giras” a España y Francia, se llevó el tango en sus valijas. Y de Europa retornó a la Argentina: “Madre hay una sola…/ Y aunque un día lo olvidé,/ me enseñó al final la vida/ ¡que a ese amor hay que volver!”.

De tal calibre fue su éxito que el tango no cesó de sonar en el aparato fonográfico: el de la radio o el de la televisión. Orquestas y vocalistas del tango siempre homenajearon al inefable cantor “Carlitos” Gardel. Y fue así el gran premio de la popularidad… “y fuera de concurso”.   

 

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