Opinión

Con menos entusiasmo con respecto a ampliaciones anteriores, el pasado 1º de julio, Croacia se convirtió en el 28º país miembro de la Unión Europea (UE), un hecho consumado a pesar de la crisis económica europea.
Como la mayoría de los países en fase de ingreso, la de Croacia no fue menos complicada. Su caso era incluso singular, tomando en cuenta que el pasado de guerras en los Balcanes pasó factura a un país desmembrado de la exYugoslavia que tuvo que entregar a criminales de guerra buscados por el Tribunal Internacional de La Haya. Eso junto a los tradicionales requisitos políticos y económicos, propiciaron que el proceso de negociación fuera largo y complejo.
Así, el ingreso croata permite a la UE aumentar demográficamente en cuatro millones de personas. Pero existen otros problemas. Croacia no es ajena a la crisis, con un 19 por ciento de desempleo y un aproximado de 10.000 jóvenes profesionales que emigran anualmente del país balcánico, principalmente hacia Europa occidental y Alemania. Con todo, el primer ministro croata, Zoran Milanovic, aseguró que su país ingresará al Euro.
Tras Eslovenia (que ingresó en 2004), Croacia es el segundo país de la exYugoslavia que ingresa en la UE. A la espera están otras repúblicas exyugoslavas como Bosnia y Herzegovina, Macedonia y Montenegro, así como la siempre polémica Serbia, cuyas negociaciones fueron aplazadas por Bruselas hasta comienzos de 2014. El hipotético ingreso serbio será, si cabe, más complejo e incluso tortuoso que el croata.
Muchos historiadores considerarán que, por su cultura católica y europea, Croacia era de facto un país inmerso en el marco cultural europeo, lo cual hacía a su sociedad muy proclive al ingreso en la UE, quizás a diferencia de otros países balcánicos y del Este de Europa como la propia Serbia o incluso otros países ya miembros de la UE como Rumania y Bulgaria. Pero la realidad a mediano y largo plazo dictaminará hasta qué punto Croacia está profundamente inmersa en esa órbita europea precisamente en un momento sumamente frágil para el proyecto europeísta, cuestionado y mitigado por la crisis.
Esas incertidumbres e incógnitas se palparon en la fiesta de ingreso a la UE llevada a cabo en Zagreb, la capital croata. El entusiasmo europeísta es sensiblemente menor en un momento donde otras prioridades socioeconómicas dictan sus pautas y prioridades por encima de la ampliación.

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