Opinión

En la columna anterior comentábamos los riesgos de la intervención militar francesa en Mali, concebida como operación de contención de un eventual islamismo salafista con repercusiones en el Magreb. Pero la periferia mediterránea europea advierte de momentos tensos y candentes.
Egipto es una clave geopolítica plagada de riesgos. El país más influyente del mundo árabe se diluye en las tensiones políticas mientras Europa mira a otro lado. Un Magreb desestabilizado, con focos conflictivos en Egipto, Libia e incluso Argelia (tras la operación terrorista yihadista en las terminales petroleras), es un claro aviso del fracaso político europeo para advertir los peligros de desestabilización regional y la ausencia de una política coherente, más allá del denominado Proceso de Barcelona de 1995.
Si el Magreb se desestabiliza, una perspectiva menos favorable se presenta en el arco balcánico del Sur de Europa. La clave aquí es Grecia, sumida en la más grave crisis económica que mantiene hipotecado al país durante décadas. El ascenso de la extrema derecha manifestada en el movimiento Amanecer Dorado, con posibles conexiones en otros países como España e Italia, podría conformar un escenario de alta tensión para la Unión Europea, toda vez una nueva izquierda (radical o no tanto) parece asomarse en el firmamento.
Si Egipto y Grecia ya son escenarios que Europa no sabe cómo solucionar (salvo la draconiana austeridad impuesta a Atenas), el resto de la periferia mediterránea no parece ser mejor. Italia y España están siendo presionadas por Bruselas y la autoritaria ‘troika’ UE-FMI-Banco Mundial para concretar unos ajustes económicos que tapan el inevitable rescate. Pero la tensión social crece, especialmente en una España ahogada por los recortes e indignada por la corrupción campante del extinto boom económico. Italia va a elecciones en febrero, con el regreso del infame Berlusconi apareciendo de nuevo en el firmamento político.
Causa curiosidad la aparente estabilidad balcánica, foco de conflictos y tensiones en épocas pasadas. Croacia ingresará en julio a la UE como el 28º país miembro bajo un proceso de ampliación que ya no convence ni entusiasma a nadie. La crisis económica está carcomiendo el proyecto europeísta, marcando los pasos de una etapa de desilusión que no parece superarse a mediano plazo.
Y en el escenario se asoma Turquía, potencia emergente que ha sabido ‘reciclarse’ ante las constantes negativas europeas para su admisión. Ejemplo curioso el turco, ya que durante décadas hizo de la integración a la UE una máxima inescrutable de su política exterior mientras que, hoy en día, la ampliación a la UE ya no es una prioridad para Ankara. Ni siquiera se comenta en las cancillerías turcas, que prefieren mirar a China, el mundo islámico, África, etc.
    La denominada “periferia mediterránea” parece estar escapándose de las manos a Bruselas. Y con ello, aparentemente, la posibilidad de establecer un diálogo multicultural más fructífero. Será entonces otro daño colateral de la crisis.

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