Opinión

La explosión de los casos Gürtel, Nóos y ahora Bárcenas supone la evidencia más clara de que el cacareado boom económico vivido por España en los últimos quince años no sólo ha dado paso a una situación ficticia de prosperidad absoluta, actualmente cuestionada por la peor crisis financiera y económica de la España contemporánea, sino que ha consolidado un entramado de corrupción que involucra a casi toda la vida pública y privada del país.

No es intención reproducir en este espacio lo que los medios españoles informan sobre estos casos de corrupción, los cuales incluyen a la clase política (principalmente PP y PSOE), a la propia Monarquía, banqueros, empresarios, financistas y autoridades locales y autonómicas, clubes de fútbol, famosos posmodernos y otros tantos. Un somero vistazo de la actualidad española da a entender una ficticia realidad de prosperidad que, a todas luces, sólo ha generado indignación cuando la crisis aprieta.

Queda claro que este mapa de la corrupción española daña su imagen internacional y la fiabilidad hacia un país donde la política parece haberse convertido en un trampolín para el enriquecimiento. Una realidad no muy ajena a lo que se ha vivido en otras latitudes, pero que revela una tendencia endémica al enriquecimiento y a la corrupción en todos los niveles de la vida pública, reflejada en declaraciones tan reveladores como cuando un joven político español aseguró, recientemente, que había ingresado en la política “para enriquecerse”.

A nadie entonces debería extrañar la actual realidad española. Para muchos, el presidente Mariano Rajoy Brey está ante su ‘Watergate’ personal. No sabemos si terminará como Richard Nixon en EEUU (1974) o el propio Carlos Andrés Pérez Rodríguez en Venezuela (1993), pero quien está en el diván de la acusación y del escarnio ciudadano es una clase política incólume, incapaz de ofrecer soluciones, ajena a una crisis que está demandando una “segunda transición” mucho más compleja e incierta.

Tampoco es menester criticar un modelo económico y político asentado en un país cuya surrealista cultura democrática se encuentra confrontada por los grupos de poder establecidos, las viejas y las nuevas oligarquías amparadas por ese boom ficticio de prosperidad. El modelo puede estar agotado pero poco ayudará a solucionarse sin una reforma plural, impulsada por unos ciudadanos hasta ahora inmersos en esa misma realidad ficticia que ahora afecta a sus bolsillos.

 

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