Opinión

La América compleja

Elena Carbajales | 12 de noviembre de 2012

Escribo esta columna en la mañana del 6 de noviembre, en plena elección presidencial en EE UU. Cuando esta columna sea publicada ya se conocerá si el próximo presidente en la Casa Blanca para el período 2013-2017 será el actual mandatario Barack Obama o bien su contrincante republicano Mitt Romney.
Sea cual sea el resultado, y más allá de las cábalas políticas, lo importante sería determinar qué sucedería en EE UU tras esta elección y qué expectativas espera el mundo para la próxima presidencia en Washington. En particular, no son muchas más de las que se esperaban cuando Obama llegó a la presidencia en 2009. Pero el concepto y el estilo pueden variar sea quien sea el nuevo presidente.
Con Barack Obama se espera un énfasis en la multilateralidad reconociendo que el mundo del siglo XXI es multipolar. Sin milagros para la crisis económica, el énfasis de Obama será observar hasta qué punto es factible un eventual pulso bipolar entre EE UU y China, con la mente igualmente colocada en los conflictos en el mundo islámico, con epicentro en Oriente Próximo. Por tanto, Europa o América Latina no se convertirán en una prioridad.
En caso de ganar Romney, la escuela neoconservadora de Bush volvería a la escena, restituyendo la unilateralidad arbitraria de Washington en cuanto conflicto internacional sea imaginable, con especial énfasis hacia un Irán nuclear, respaldado irrestrictamente la alianza con Israel (de la cual Obama se ha levemente distanciado), fustigando y presionando a Rusia y China y demostrando firmeza hacia otros países incómodos para sus intereses, como la Venezuela de Hugo Chávez Frías, Evo Morales en Bolivia o la Cuba de los Castro Ruz.
En el plano interno, si bien Obama intentará enfatizar en lo público y lo social, consciente del cambio demográfico y cultural que le espera al país con el ascenso de comunidades de inmigrantes hispanos o incluso asiáticos, Romney tenderá a intentar preservar la cada vez más cuestionada hegemonía de las elites blancas y protestantes, reforzando un sistema elitista donde la iniciativa privada condicione la tradicional desconfianza hacia el Estado y lo público.
Una visión convencional podría suponer que Obama gana en el mundo urbano mientras Romney domina la América profunda, claramente más rural, la que se ve amenazada por los inevitables cambios. Como comentara en una columna anterior, la elección 2012 precede y define la futura polarización social y cultural que le espera a unos EE UU cada vez menos hegemónico y notablemente más complejo.

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