Opinión

Enganchados al carro argentino

Elena Carbajales | 25 de octubre de 2012

Muy querida nieta Cristina:

Te escribo estas líneas para que veas que las abuelas y los abuelos gallegos seguimos enganchados al carro argentino. En nuestra última reunión –cada vez con más asistencia– de la agrupación ‘Cristina da Fonsagrada’ se habló de un tema que conocen bien los emigrantes en el Río de la Plata. La gran mayoría de nosotros fuimos allá abajo pequeños o medianos empresarios que sacamos adelante a nuestras familias mediante  años de laburo honrado. Así que nos interesa muchísimo el analizar si van bien encaminadas las medidas que estás impulsando para la protección de la industria nacional.

Nuestro mayor interés es que la Argentina progrese para que nuestros herederos se unan de corazón a una tierra generosa en la que nunca nos faltó una mano amiga cuando la necesitamos. Los intervinientes destacaron que gracias al comercio o industria que regentaron pudieron vivir bien y ahorrar un pesito para que los hijos fuesen a la universidad. Hablaron albañiles, almaceneros, baristas, carniceros, colectiveros, carpinteros, panaderos, pizeros y tacheros. En tres horas que se nos hicieron cortas se abrieron páginas con historias de superación y de rápida adaptación a una nueva realidad.

Algo que debés de tener presente es que un 99% de los que vinimos para Buenos Aires no seguimos con el mismo oficio que teníamos en nuestra tierra de origen. Las opciones laborables eran escasas; o en el mar pescando o en el surco labrando. En mi caso era un feliz y joven leñador que recorría los montes de San Pedro de Neiro y de Santa María do Trobo cortando pinos. En el bosque me sentía bien pero no había un mango. La madera se pagaba muy mal. Aunque para mis gastos iba quitando, mi deseo era comprar una casa de labranza. Con suerte tendría el dinero ahorrando no menos de 30 años. Así fue que agarré rumbo sur con la intención de juntar lo necesario para comprar tierras de labradío, lo que nosotros llamamos ‘leiras’.

Cuando llegué a Buenos Aires, una ciudad enorme que me dejó asombrado, pensaba en laburar en lo primero que saliese. Fui sastre por pura casualidad. Un primo de mi madre de la aldea de Arquide me ofreció ir de aprendiz a su sastrería. Así fue la cosa. Nunca imaginé que iba a cambiar el hacha por unas tijeras y el hilo de coser. Todo esto, Cristina, viene a cuento porque mis compañeros defienden el plan de desenvolvimiento de la industria nacional. Aseguran convencidos que no podemos permitir que la competencia desleal nos cierre nuestros talleres. Se deben de controlar con lupa las importaciones para que los mafiosos del ‘Made in China’ no sean los dueños de nuestras vidas. No es ético que ingresen en Argentina productos de mano de obra infantil o esclava. Te felicitan y te animan a seguir por la senda que están abriendo fábricas en las que tienen empleo manos argentinas. El futuro se forja laburando. 

Me despido. Me voy corriendo a tomarme unos amargos con mi vecino ‘El Viejo Pancho’. Don José usa una yerba especial que le mandan de la Banda Oriental. Dice que es exclusiva de su querido pueblo de El Tala. Bueno, parece que los uruguayos también se están avivando.

Recibí un fuerte abrazo del abuelo que no te olvida.         

Pascasio Fernández Gómez

 

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