Opinión

Mucho se ha hablado en los medios europeos sobre la composición del nuevo gobierno italiano, dirigido por un joven primer ministro Enrico Letta (46 años). Tras casi tres meses de incertidumbre postelectoral que dejó ciertas dudas sobre la capacidad para formar gobierno, Letta finalmente logró los pactos políticos necesarios para articular un gobierno de coalición con varios partidos, entre ellos el Polo de la Libertad del polémico Silvio Berlusconi.
Lo que llama la atención del gabinete de Letta es la conformación híbrida entre tecnócratas y políticos, en este último caso donde destaca la ex eurodiputada Emma Bonino como nueva canciller. El efecto de ‘gran coalición’ en Roma puede resultar sintomático en la Europa actual, probablemente desgastada políticamente por la preeminencia de la tecnocracia gobernante en varios países, auspiciada por Berlín y detentora de las políticas de austeridad motivadas por la crisis.
A Letta lo van a vigilar con lupa los mercados y especialmente una canciller alemana, Ángela Merkel, que se juega la reelección en septiembre próximo. Pero lo destacable de la ‘minigira’ de Letta tras formar gobierno en Roma (y que le llevó por Berlín, París y Bruselas) fue su visita al presidente francés François Hollande, donde aparentemente acordó la creación de una especie de “entente” desde el Sur de Europa, orientada a frenar tangencialmente la preponderancia de las políticas de austeridad y la tecnocracia manejada desde Berlín con sucursal en Bruselas.
¿Tiene futuro este incipiente y virtual ‘frente Sur’? La respuesta es incierta y relativa y mucho tendrá que ver con los próximos procesos electorales, especialmente en Alemania.
Es más que evidente que la Unión Europea actual está geopolíticamente dividida en un Norte dirigente e impulsor de la austeridad y un Sur que sufre en carne propia la recesión, el desempleo y los recortes. Aquí se traduce una necesidad de recapitular las medidas tomadas desde 2010 en Bruselas, en especial ante los rescates en Grecia, Portugal e Irlanda y las presiones de los mercados en España e Italia, los cuales obviamente influyen en las configuraciones electorales y políticas.
Letta parece querer combinar un gobierno de tecnócratas y políticos que pueda, levemente, ejercer una presión sobre Merkel para dar curso a un mayor crecimiento económico a través de una recuperación del gasto público social, todo ello tomando en cuenta cómo la crisis está acabando con el estado de bienestar social imperante en la Europa de la posguerra, que tanta estabilidad y progreso le dio al continente.
Con ello, la alicaída izquierda europea debería igualmente recobrar espacios con un programa convincente contra la crisis, so pena de verse diluida ante la presión y el avance de los partidos euroescépticos, populistas y de extrema derecha, tal y como se está viendo en Gran Bretaña, Grecia, Europa Central, etc.

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