Opinión

El fallecimiento de Margaret Thatcher ha sido observado casi por consenso como el final de una era “gloriosa” para el neoconservadurismo en Gran Bretaña, Europa y EE UU. Un final que ocurre, curiosamente, mientras la crisis económica mundial propiciada en gran medida por esta ideología ‘neocon’ impulsada en la década de 1980 por la Thatcher y su aliado estadounidense Ronald Reagan, desangra a la mayor parte de la población global.
En su libro ‘La Doctrina del Choque’, la activista canadiense Naomi Klein ejemplifica sagaz y críticamente esos “gloriosos años neocon” con Thatcher y Reagan al frente, pero contextualizados por la preeminencia de las ideas de su evidente mentor, Milton Friedman, adalid de la Escuela de Chicago y del laboratorio neoliberal que, desde el Chile de Augusto Pinochet hasta el Irak post-Saddam Hussein, han contribuido a fomentar la crisis actual.
Quizás la imagen adusta y de dureza, ejemplificadas en ese apodo de ‘Dama de Hierro’ que definieron a Thatcher durante su vida política, le resten cierta benevolencia en cuanto al tratamiento informativo y analítico, curiosamente a diferencia de lo que ocurrió con un Reagan que, tras fallecer por Alzheimer en 2004, los grandes mass media no dudaron en conferirle una imagen de ‘bonachón’ que ocultaba su desastroso legado.  
Algunos aspectos de ese legado los sigue pagando el mundo de hoy. Así podemos destacar la onerosa ‘Guerra de las Galaxias’ que dejó una imparable carrera de armamentos; el intervencionismo global, rompiendo la legalidad internacional; la ‘guerra contra el terror’ activada con más terror y sus consecuentes violaciones de derechos humanos, Guantánamo y vuelos ilegales de la CIA mediante; la implantación de una ‘economía de casino’ que ha llevado al ascenso de una ‘cleptocracia’ global y a la sensación de quiebra social y económica actualmente existente, gracias a la persistencia del modelo del ‘schock’ macroeconómico denunciada por Klein; las guerras ‘globales’, en Centroamérica y Oriente Próximo, amparadas en la codicia petrolera y la geopolítica del poder ; los infames años de ‘Bush II’; la indefinición de su sucesor Obama; y un ‘nuevo orden mundial’ de posguerra, más caótico e incierto. Esto y mucho más son algunas de las consecuencias de esta ‘gloriosa época’.
Para los iberoamericanos, Thatcher es sinónimo de la cruenta guerra de Las Malvinas que en 1982 certificó la caducidad del TIAR y de la OEA. Al mismo tiempo, todos recuerdan ese irrestricto y siempre público apoyo ‘thatcheriano’ a Pinochet. Aún son célebres esas imágenes de simpatía cuando la propia Thatcher visitó al fallecido dictador chileno en su ‘exilio’ en Londres durante el prolongado proceso judicial llevado a cabo por el juez Baltazar Garzón entre 1998 y 2000. Imagen de marcado contenido simbólico porque, precisamente, el Chile de Pinochet fue el laboratorio de la ‘doctrina del schock’ que Thatcher contribuyó a expandir por el mundo, sin menoscabar en la quiebra de derechos civiles y laborales.
Nadie duda del impacto que tuvo en la historia contemporánea una Thatcher a la que la revista estadounidense ‘Time’ incluyó en 1999 como una de las 100 figuras más importantes del siglo XX. Pero su legado, directa o indirectamente, no parece quedar sepulto con su deceso.

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