Opinión

No deja de llamar la atención que tanto el Vaticano como Venezuela han realizado casi simultáneamente, sendos procesos de sucesión por razones sumamente diversas, en contextos igualmente disímiles.
La renuncia del ahora ex Papa Benedicto XVI a mediados de febrero, por razones aún no clarificadas pero muy probablemente políticas, corrió casi en paralelo con la prolongada incertidumbre en Venezuela producto del estado de salud del desaparecido presidente Hugo Rafael Chávez Frías, suceso fatal acaecido el pasado 5 de marzo.
En ambos casos, la cúpula de poder vaticana y el alto gobierno en Caracas (aquí con la total anuencia de La Habana), dispusieron de los mecanismos políticos, institucionales y demás, para dirimir el asunto de la sucesión. En suelo vaticano, esta sucesión está aún sin concretar (para mediados de marzo) mientras el cónclave de purpurados decide quién será el próximo Sumo Pontífice.
Mientras, en el caso venezolano, la sucesión fue institucionalmente solucionada (aunque con controversias de carácter constitucional) con el nombramiento de Nicolás Maduro Moros como presidente en funciones y candidato del ‘chavismo’ de cara a la realización de nuevas elecciones presidenciales, previstas para el próximo 14 de abril.
Con ello, las diferencias en ambos casos también son notorias. El Vaticano enfrenta quizás problemas de mayor carácter político e incluso geopolítico, por la procedencia geográfica de las candidaturas, para elegir un Sumo Pontífice que deberá guiar una Iglesia con notorios problemas morales y políticos en los últimos tiempos. Los mismos que muy probablemente obligarían a renunciar al hoy cardenal Joseph Ratzinger, otrora Papa Benedicto XVI. Aquí, Iberoamérica, con el 42 por ciento de católicos a nivel mundial, reclama su demanda por ver a un Papa iberoamericano por vez primera.
El caso venezolano no es menos político pero sí probablemente aduce un problema de liderazgo carismático. El hoy desaparecido presidente Hugo Chávez constituía un liderazgo único e irrepetible, en especial por su enorme caudal de carisma y energía política para impulsar un proceso de cambios como la Revolución Bolivariana y la construcción del Socialismo del Siglo XXI.
Ningún político venezolano conserva esa conexión popular que tenía Chávez Frías, razón por la que el chavismo, sea quien sea su próximo liderazgo (ahora en manos de Maduro), muy probablemente deberá transitar por una nueva época, trazada con otras perspectivas. En todo caso, la sucesión en Maduro Moros ya fue anunciada por Hugo Chávez en vida pero su legitimación fue a través de un notorio “cónclave” dispuesto entre La Habana y Caracas.
El Vaticano no enfrenta ese asunto del liderazgo carismático ‘webberiano’ como sí parece ser más notorio en el caso venezolano, donde el mito de Chávez servirá irremediablemente como un bálsamo político inevitable para mantener cohesionado al ‘chavismo sin Chávez’. Pero el Vaticano deberá medir un problema más grave: la caída de credibilidad moral por los escándalos de pederastia y corrupción que tocan a la cúpula vaticana y a algunos candidatos ‘papables’. En ambos casos, unos procesos de sucesión que resultarán inciertos a mediano y largo plazo.

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