Opinión

La utopía de la espera

Edmundo Moure | 28 de junio de 2021

Sergio Infante ha escrito una vibrante novela, Unquén, el que espera, sobre un tema abordado por buen número de escritores chilenos: la desaparición forzosa de personas a manos de los esbirros de la dictadura militar chilena (1973-1990) y la consiguiente búsqueda, a menudo infructuosa, de sus familiares cercanos. Herida abierta por la fatalidad de la ausencia y la impunidad de los criminales.

Mientras más recurrido es un tópico literario, más difícil se torna el aporte estético, sea en poesía o en prosa. Pero Infante Reñasco sortea airoso el desafío, merced a SU narrativa de acertada factura e impecable lenguaje, capaz de recuperar las voces de la tribu y mostrar su calidoscopio desde los espejos del pretérito, en este caso, a la vez remoto y cercano. Tarea difícil para quien ha pasado la mayor parte de su madurez, física e intelectual, en el exilio y el extrañamiento, hasta el cercano 2018, en comarcas hiperbóreas, como tantos exiliados chilenos, lejos del sonido y la prosodia de la lengua madre.

Hay un primer regreso a Unquén. Desde aquí urde el relato, en primera persona, Luis, Lucho. Es 1996:

“Volví a Unquén después de darle más vueltas a mis días en ese puerto que al mundo. Veintidós años en Suecia no llenaban ningún mundo; en cambio, mis días de Unquén, si bien apenas sumaban año y medio, no tenían deslindes de tanto enseñorearse en las horas de mayor soledad o en las tertulias monocordes con los pocos amigos que me quedan”.

El protagonista es Lucho, el que viene en busca de reconstruir la memoria, de unir los trozos del rompecabezas, cuya dimensión –ya lo esboza en el escueto comienzo–, no está en la medida cronológica de sucesos y avatares de su larga existencia trashumante, sino en la fuerza entrañable de la raíz, telúrica y humana, que lo ha gestado, en esa eclosión universal de cada individuo, al estallar desde el parto, proyectado a la extraña e inasible realidad vital. Lucho busca a su compañero de ideales y de lucha revolucionaria, Benjamín entre las sombras de la memoria, sabiendo que solo atrapará los despojos de su recuerdo.

Lucho es un apelativo común y muy chileno. Se me ocurre que Sergio Infante lo utiliza para volver aún más cercano el protagonismo del personaje, quien, a poco andar, va cediendo su rol, o mejor, queda a la vera de María Chila, que es el meollo, la matriz de la novela, en su calidad de maga de la cocina aldeana, de madre-casa, de hacedora cotidiana en el fogón-hogar; mujer familia-memoria, mujer voluntad-esperanza. Vive en y para el recuerdo de Benjamín, su amado retoño desgajado por las fuerzas oscuras, lo sigue aguardando en el múltiple entresijo de sus labores cotidianas, sin aguardar el milagro del regreso, sino urdiéndolo en su propio tejido vital, como la matriarca Penélope en la Itaca chilena del sur, un puerto sin nombre ni precisión geográfica, como debe ser el habitáculo de toda utopía; ésta, personal, íntima y amorosa.

Un notable acierto del autor es haber dotado de voces distintivas a los principales personajes de su historia, haciéndoles hablar con naturalidad y verosimilitud, con apenas las intervenciones necesarias para crear la estructura de una obra literaria, permitiéndoles que fluyan en sus cauces prosódicos y significantes. La más honda y lograda es la de María Chila; después están las de Evaristo Aldana, el peluquero Ceballos, Chepito García, el padre Oyarzún; las voces de Nicolasa, la ciega vidente, y del profesor Leónidas Barrientos…

Y su propia voz, la de Lucho que habla por Sergio Infante, narrando esa coyuntura familiar, afectiva y de ruptura, que se nos vuelve cercana desde una época en que experimentamos parecidas circunstancias, a partir de ese artero golpe de estado que aún pesa, no solo en la memoria de la patria ultrajada, sino en el presente que camina –mal que nos pese–, sobre aquellos surcos de infamia y ceniza que no hemos logrado restituir para la germinación venturosa de días más propicios.

En este sentido, sí me declaro leído por Unquén, como si sus palabras desnudasen aquellos viejos oprobios, también en parte vividos en el exilio interior, aunque de otra manera, los que no experimentamos el dolor del desarraigo, el interminable padecer del desterronamiento, como escribiera el querido poeta Efraín Barquero, como si hablara con María Chila, con Lucho y con Sergio Infante Reñasco.

 

…Pero a medida que lo eterno nace

de los surcos nuevamente abiertos

nosotros nos dormimos.

Nos da sueño este amor oscuro

de tierras y aguas sin descanso despertadas.

Nos da sueño el olor de las raíces.

Y el buey parece avanzar sin dirección

y el hombre vagar con los ojos perdidos,

nadie pensar ni proponerse nada

nadie poner atención en sus semillas,

sino caminar con milagrosa inconsciencia

como reconociendo vagamente algo…

 

Sí, amigas y amigas lectores, Unquén es el que espera. También a nosotros, para que entremos a caminar por sus páginas entrañables. Es posible que, al hacerlo, algunos recompongan los hilos de su propia memoria.

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