Opinión

El sutil desquite de la oralidad

Edmundo Moure | 29 de abril de 2019

En la alucinante novela, La Venganza de las Cautivas, María Cortés de Rueda abre el abanico de testimonios, rememorando los sonidos del viento y del agua. Habla frente al juez Luis Merlo, el 6 de marzo de 1610, al iniciarse la audiencia (residencia) en que las testigos serán interrogadas para dilucidar los terribles hechos acaecidos en la Villa Rica, tras el asedio y destrucción de aquel asentamiento de españoles por mano de los indómitos naturales en pie de guerra, defendiendo la libertad de los vastos territorios mapuche (araucanos), en las riberas del Mallolafquén (“lago gredoso”, según su toponimia), donde comienzan los parajes de los grandes lagos que se extienden hacia el sur, hacia Chilhué, el “lugar de pájaros estridentes”, el archipiélago mágico que conquistara, para la corona española, en 1567, Martín Ruiz de Gamboa. Quince años antes, en 1552, Jerónimo de Alderete fundó la Villa Rica, un año antes de la muerte de Pedro de Valdivia, ocurrida en la batalla de Tucapel (25.12.1553).

“Señores, señoras. Al sur del Bío Bío hay un reino que no nos pertenece. Los araucanos han ganado la guerra y tienen a cuatro de mis hijas ahí, tres vivas y una muerta, la madre de esta criatura. Y en cualquier momento avanzarán hasta acá”.

Sencillo y escueto preludio de María Cortés de Rueda, como la voz femenina que resonara desde la noche de los tiempos, cuando las mujeres iniciaron la interminable cadena de narraciones junto al fuego, en ese semicírculo comunitario donde se tejieron los primeros relatos de la especie, mientras los hombres buscaban el sustento como bípedos rapaces, aunque esas incipientes historias fuesen contadas después por las voces masculinas en el lenguaje áspero de la caza y de la guerra, apropiación cultural dominante que permanece, en lo esencial, hasta nuestros días.

Carmen Gloria López, escritora y periodista, se ha sumergido en los documentos históricos recopilados por ese coloso de la historiografía que fuera José Toribio Medina, para rescatar los sucesos relacionados con el desastre, militar y humano, de la Villa Rica, para reconstruir, mediante el proceso narrativo de una novela articulada por varias voces, ese mundo, esa atmósfera de finales del siglo XVI e inicios del siglo XVII, en que comenzaba a forjarse esta nación, país aún no concluido, desde aquel choque feroz de dos cosmogonías provocado por un invasor premunido de tres armas letales: la espada, la cruz y el idioma. 

Lo ha logrado de modo espléndido, desplegando con habilidad un constructo lingüístico, social y psicológico sustentado en la visión femenina del mundo, esa perspectiva hecha de innumerables historias que muy pocas veces han sido incorporadas a la Historia, esa narrativa masculina y oficial que sigue escribiéndose con mayúscula, para mantener las prerrogativas del patriarcado, contra viento y marea, aunque se legisle al respecto con maquiavélico acento gatopardesco: “cambiar algo para no cambiar nada”.

Juan de Maluenda, el pequeño nieto de María Cortés, será la breve excepción testimonial entre las palabras femeninas, alzadas en ese curioso juicio que procura determinar las responsabilidades militares y civiles durante el largo asedio de la Rica, en especial el comportamiento del comandante de la plaza, capitán Rodrigo Bastidas, cuya tozudez y negativa a rendirse llevarían al exterminio de la casi totalidad de civiles y soldados; la criminal omisión del capitán Francisco Hernández Ortiz, a cargo de los refuerzos encomendados desde la capital de Chile, que jamás llegaron para salvar aquella ciudad fundada como el más expectable y fructífero asentamiento hispano en las avanzadas australes de la Corona, después de La Imperial.

Al testimonio de María Cortés siguen los relatos de Inés Paz, Constanza Ponce de León, Lorenza de la Calzada, María de Plasencia y Cortés, Catalina Aguilera, Ana Chavarri… Las relaciones de estas mujeres se van entremezclando en la trama de acontecimientos y discursos. María Cortés de Rueda es una virtual segunda narradora en esta novela, una personalidad femenina de notable fortaleza y lucidez, que Carmen Gloria López parece haber extraído desde la remota memoria de la estirpe, para pedirle: -“Habla tú por mí, que conociste mejor aquellos sucesos, que los viviste en carne propia y que yo retrotraigo a partir de la investigación histórica, abriendo los viejos libros que vuelven a hablarnos con nuevos lenguajes de la extraña peripecia humana…”.

Otro significativo mérito de la autora: lograr la eficaz articulación de los diversos personajesy acontecimientos en el desarrollo de una trama coherente y maciza que mantiene, además, el suspenso frente a una revelación que llegará en las postrimerías de la novela, con el hábil acicate de la incertidumbre, porque todo aquí es una hipótesis –muy real y verosímil– de lo que pudo haber sucedido, de la ocurrencia de los sucesos, de sus detalles expresados, a veces resueltos, a través de los móviles, más o menos previsibles, de la condición humana.

La sucesión de hechos registrados por la historia –llamémosla, canónica– se respetan rigurosamente en el texto. Es en aquellos espacios no cubiertos por la crónica de una época en que mucho se escribía (recordad al conquistador, siempre con su cura y su escribano), donde la autora se explaya en la conformación narrativa, con apropiado realismo, con precisos aportes poéticos de cuño propio. 

Asimismo, a través del discurso de las españolas cautivas, Carmen Gloria López expresa su admiración, no solo ante el coraje y aun el comportamiento humanitario y generoso de los mapuche con los vencidos, sino por las singulares características de su cultura y de su lengua metafórica, juicios nada antojadizos, si nos remitimos a numerosos documentos históricos que, al parecer, no son conocidos por nuestros creadores o investigadores, dando estos la errada impresión de que Chile nace, como entidad etno-nacional en los albores del siglo XIX, cuando nuestros gobiernos europeizantes, aunque mestizos por esencia, inician las atroces campañas, vigentes hasta hoy, de “pacificación” de la Araucanía.

Dentro de la villa sitiada, las mujeres organizan la vida cotidiana, administran el acopio y reparto de vituallas y abastecimientos básicos, siembran las precarias rúas de tierra, cuidan a los infantes, velan a los enfermos, en esa dualidad hospitalaria de cautelar las almas y los cuerpos, atributo también de índole femenina, si creemos en esa suerte de división del trabajo que se asigna a los géneros, categorización propia del esquema dominante del patriarcado. Y cuando la amenaza de una definitiva invasión se cierne sobre la precaria fortaleza, ellas toman las armas, recargan los cañoncillos, cuyo breve estruendo apenas sobresalta a los mapuche; también asumen la tarea de carnear los cuerpos de los enemigos abatidos, para repetir el viejo ritual del sacrificio que aplacará el hambre de los vivos famélicos. Ellas cuentan los sucesos con certero realismo, salvo aquella que ha perdido la razón y va hilando sus historias entre fantasmas y visiones extraviadas, como un personaje macondiano. 

Es notable el trabajo lingüístico de Carmen Gloria López para entregarnos un texto en palabras contemporáneas, pero con acento y sabor a lenguaje antiguo, lo que no se obtiene con simples sustituciones de términos, sino mediante la acertada traspolación estética, sociológica y psicológica del habla, proceso similar al que se aplica en la dramaturgia para reinterpretar obras compuestas en siglos pasados, procurando que su puesta en escena no resulte extemporánea. Labor bien lograda cuando nos lleva a ver y a escuchar a Hamlet en la azotea de un edificio cosmopolita, o a los aldeanos de Fuenteovejuna, aplicando la justicia como si fuesen asamblea popular en el seno de una urbe postmoderna. 

Ana Chavarri, la última voz femenina de La Venganza de las Cautivas, en un párrafo de enorme elocuencia, dirigido en carta postrera al juez Luis Merlo, concluye:

“Quiera Dios que esta confesión cierre su historia… La nuestra es una historia sin epopeya, sin gloria. Una derrota patética. Sólo confío en que sirva para que nada de esto ocurra nunca más. Y para que no se alabe a los héroes equivocados”.

Lo cuestionable de esta exhortación es la cualidad didáctica que la Historia, al parecer, jamás ha exhibido en la fatalidad de sus ciclos demoledores. 

Pero cabe preguntarnos: ¿Y si las prerrogativas del acontecer estuviesen en manos femeninas? 

Quién sabe, pero eso no lo responderemos aquí; será parte, sin duda, de otro relato abierto a la imaginación creadora.

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