Opinión

Sombrero en mano, mirando al suelo

Quizá sea el nuestro el país en donde más se practica el eufemismo, ese prurito de ponerle a todo diminutivo, como si el lenguaje fuese en sí mismo una afrenta. Así ocurre cuando se alza la voz por encima del murmullo o sordina del habla en lugares públicos; o si se escribe una petición; ni hablar de un reclamo o denuncia...

A los extranjeros les llama la atención este uso lingüístico nuestro, que se refleja también en la escritura, como si decir las cosas por su nombre y de manera directa constituyera, a lo menos, una muestra de mala educación, una falta de respeto o un agravio contra el interlocutor, aun si pudiera afectar a un oyente circunstancial… Recuerdo lo ocurrido a un profesor madrileño que vino, en el 2005, a un congreso sobre la emigración, en el Instituto de Ideas Avanzadas de la Universidad de Santiago de Chile. El académico se alojó en un modesto hotel-posada, en calle Eliodoro Yáñez. Una noche, solicitó al encargado que le despertasen al día siguiente, a las 7 de la mañana. Nadie le dio el aviso correspondiente y el hombre despertó pasadas las 9. Manifestó su molestia al conserje. Éste le respondió: -No me grite, señor, me está faltando el respeto, baje la voz. El madrileño quedó atónito, no entendía por qué era impropio presentar su reclamación en términos directos, para él normales.

Al promediar la década del 50, en un desfile o acto oficial del gobierno del Presidente Ibáñez –puede que haya sido el ‘Día de la Raza’, como entonces se designaba el 12 de octubre–, luego de escuchar de pie los himnos de Chile y de España, advirtiendo el embajador hispano que las butacas o sillas se habían calentado por el sol, dijo a la primera dama chilena, con gesto cortés: -Cuidado al sentarse, señora, que podría quemarse el culo...

Más allá del azoramiento de la dama, que jamás hubiese usado el sustantivo preciso, si no “traste” o “posaderas” o “potito”, según lo aprendido en su círculo o clase social, los periodistas locales comentaron, escandalizados, la grosería del diplomático español.

Por supuesto que en setenta años esto ha cambiado, sobre todo entre la juventud nuestra, de manera transversal, respecto del uso de la grosería lingüística o “garabato”, como aún llamamos en Chile a las palabrotas. Basta apreciarlo en la calle y en las redes sociales, incluso en la escritura oficial y de negocios.

No obstante, en relaciones de dependencia laboral o de otros estamentos institucionales, todavía sigue siendo de mal gusto expresar lo que pensamos o sentimos de manera directa o desenfadada. Pesa la añeja tradición de una urbanidad regida por los condicionantes de clase, rango y poder, de estructura colonial.

Así como el peón debía dirigirse al patrón o al capataz, como su representante en el reino de este mundo, con el sombrero o la gorra en la mano y los ojos clavados en el piso, hay quienes siguen preconizando esta forma de comportamiento con quien posea algún atributo de autoridad, desde el conserje del edificio hasta el presidente de la república.

Aquí el prurito es de servilismo, sometimiento inconsciente, aquiescencia acatada sin remilgos, revestida del miedo a importunar al que se estima superior, sea por ascendencia impuesta o por estimación circunstancial. Esto podemos apreciarlo en cada una de las reparticiones o servicios públicos donde nos toque la suerte o el infortunio de acudir. El funcionario, sea cual fuere su rango, ejercerá una parodia de autoritarismo en sus dos metros cuadrados de dominio temporal. El habla del solicitante sonará a media voz, con prolegómenos atenuantes, con titubeos y aun desconfianza de la justicia de lo expuesto o impetrado. Aflorarán los eufemismos y los diminutivos, como “problemita”, “ayudita”, “asuntito”, etcétera. La mirada, entre tanto, será elusiva al hablar, los ojos se detendrán en la corchetera, en el perforador, en los legajos que desde el escritorio parecen desvelar nuestros ocultos pecados tributarios o de lesa civilidad. Si alzas el tono, recibirás una airada respuesta:

- Hágame el favor, señor, soy funcionario tal y cual; sé lo que le estoy diciendo... y usted está mayorcito para que entienda, ¿o no?

En esta crisis pandémica y social que parece recién encender el reguero de pólvora que causará un estallido sin precedentes, ante los repetidos errores, falsedades y manipulaciones de los gobernantes de turno, asistimos a otra suerte de eufemismo, el de las genuflexiones y autocomplacencias, como si cualquier crítica fuera una especie de herejía contra mandatos divinos o revelaciones sagradas. Y no solo caen en este juego quienes ostentan el poder, sino incluso sectores de la mal llamada “oposición”, que no trepidan en actuar como súbditos serviles de una monarquía imaginaria.

Agarrar el sombrero o el maletín, bajar los ojos, pedir con voz tenue o suplicar, incluso, antes de que se cierre para siempre la ventanilla, la lucecita de la esperanza.

Ojo con lo que dices y cómo lo dices. Aquí no estamos en Argentina ni en España. ¡Cuida tu boca, ciudadano chileno! Despacito, suavecito, tranquilito... llegarás lejos, con suerte –claro–, si es que logras llegar a alguna parte.

 

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