Opinión

Raíz y canto

Edmundo Moure | 18 de enero de 2021

Raíz e canto, Lugares e Presenzas es el título de un bello libro de crónicas viajeras –siempre y cuando entendamos por viaje el periplo reflexivo de un espíritu sobre seres, paisajes y cosas, trazados con el pincel de la propia inquietud del cronista–. Vale pues, en este caso, por obra de su autor, el poeta, ensayista y narrador gallego, Xulio López Valcárcel, una figura mayor de la poesía gallega y española contemporáneas, como han refrendado críticos y lectores.

En medio de esta extraña crisis planetaria que nos lleva a refugiarnos en una especie de extrañamiento de hibernación forzosa, he recibido el luminoso regalo de este libro, editado en 2017 por Editorial Medulia, de A Coruña, Galicia. Por si fuera poco, Xulio adicionó al galano otro de sus libros, Baixo o Signo de Eros, un notable conjunto de ensayos y de glosas, editado también por Medulia, en el 2020. Precioso material de lectura que aligerará, sin duda, la tensión de estas horas nebulosas que vivimos, cuando la Parca se apodera de las urbes y arrastra también su guadaña por los caminos aldeanos, trocándonos Eros por Tánatos.

Adelanto a mis amigas y amigos lectores que, a mediados de febrero, esta activísima editora gallega dará a luz una traducción a lengua gallega de Veinte Poemas de Amor y una Canción Desesperada, de Pablo Neruda, obra que ha sido traducida a infinidad de idiomas, pero aún no se lo había hecho al gallego de Rosalía, de Manuel Curros Enríquez y de Xulio López Valcárcel. 

En buena hora. Esta publicación coincidirá con los cincuenta años de conmemoración del Premio Nobel de Literatura, otorgado a Pablo Neruda en 1971. Ya la daremos a conocer y la comentaremos para el público chileno lector de poesía, a través de Cine y Literatura.

Xulio estuvo en Chile en 2004. Ahí nació nuestra entrañable amistad. Anduvo en afanes de poeta, investigador y vagamundo. Articuló una hermosa antología de poetas Mapuche traducidos al gallego, ya fuera de originales en mapudungun o de versiones en castellano, en edición bilingüe. Esta escolma, titulada La Luna de los Brotes Fríos, trae las voces de Elicura Chihuailaf, Graciela Huinao, César Millahueique, María Teresa Panchillo y Paulo Huirimilla.

También recorrió Xulio la Casa de Isla Negra. De esa especial visita incluye, en su libro Raíz e Canto, un breve texto suyo, “Isla Negra e Neruda”, que dedica gentilmente a este humilde cronista. Con su anuencia, lo reproducimos, traducido al castellano, para ustedes, por un servidor:

Isla Negra y Neruda

“Hermano ésta es mi casa, entra en el mundo de flor marina y piedra constelada que levanté luchando en mi pobreza (1)”, dice Neruda en un poema de Memorial de Isla Negra. El nombre es equívoco: no es una isla, es un trozo del litoral chileno situado a unos cincuenta kilómetros al sur de Valparaíso. La cordillera (de la Costa) desciende suave por descampados y terrenos agrícolas hacia el océano. Algunas casas humildes de campesinos y hombres de mar, esparcidas sin orden, dan la espalda a desnudas arenas que se esfuerzan por contener un mar bronco y salvaje, no apto, como un letrero lo indica, “para el baño (2)”.

Neruda llegó aquí cuando Isla Negra era un reducto distante y abandonado, lo que evitó la especulación inmobiliaria, conservándose en la actualidad (2004) casi idéntica a como él la conoció. El poeta compró el predio a un viejo socialista español, capitán de navío, cuando éste recién había alzado los incipientes muros. Pudo, por lo tanto, diseñar la casa a su gusto.

Un camino de tierra lleva desde la carretera a la propiedad, hoy convertida en fundación. Accedemos por la parte posterior a través de una tienda de souvenirs, con camisetas, conchas marinas, libros y objetos “nerudianos”. La fachada de la casa da sobre la playa, a la que se llega bajando una pendiente pronunciada. En la valla de tablas que separa el predio de la arena cuelgan pequeños papeles con versos, frases, flores (“Gracias, don Pablito, por haber salvado nuestro amor (3)”) dejados por los visitantes. Una banderola, en la que lucen un pez y las letras de Neruda separadas entre arcos de brazos, ondea en un mástil.

Situada en lo alto, la casa se abre en grandes galerías vidriadas que contemplan el batir de las olas y el horizonte desvaído en la distancia, en la ribera desierta hasta San Antonio. La vivienda se extiende en sucesivas estancias unidas por un corredor. Piedra, madera y cristal componen los materiales, no excesivamente sólidos a los ojos de un gallego. Elemento característico es una torre redonda que ejerce de distribuidor, con una espiral de conchas incrustadas en el piso. La madera es esencial; más que de un cantero, parece la casa de un carpintero. Al recorrer las estancias que habitó el poeta, percibimos en cada de talle el anhelo de conocerlo, de sentirlo, de vivirlo todo.

Si la Sebastiana, la casa de Valparaíso (“la casa de los ecos (4)”), se podría comparar con el interior de un barco o con una caracola enroscada sobre sí misma, la de Isla Negra, con puertas estrechas y angostos pasadizos, edificada en horizontal, recuerda aquellos trenes que conducía el padre del poeta, el maquinista José del Carmen Reyes. Como si la casa fuese creciendo desde dentro hacia fuera, con habitaciones/vagones añadidos según las necesidades y la capacidad presupuestaria.

Aquí descansan los famosos mascarones de proa de legendarios veleros y balandros en lustrosa madera negra, la María Celeste surca insomne la última singladura. En la misma sala está el fogón apagado, junto a la amplia ventana que nunca se abría, una larga mesa a la que se sentaba Neruda a escribir o a observar, con unos prismáticos, el vuelo de las aves. De la puerta de la bodega de un barco naufragado, traída por la marea a la orilla, hizo un escritorio.

No pudimos entrar a la cantina, pero advertimos desde fuera las vigas de raulí en las que el poeta fue tallando los nombres de los amigos. Conchas, botellas de colores, barcos en miniatura, mapas, lámparas, el cuerno de un narval… El afán coleccionista de Neruda se mantuvo vivo desde el candor de la infancia ante los colores brillantes de los escarabajos o de la suave textura de los huevos de los pajaritos, hasta un gran caballo de cartón piedra que hacía de anuncio en una tienda en su Temuco remoto. Conforma así, la casa-fundación, un múltiple, heterogéneo, desconcertante muestrario en el que se mezclan lo valioso con lo banal, lo hermoso con lo cursi.

“Compañeros, enterradme en Isla Negra, frente al mar que conozco, cada área rugosa de piedras y de olas que mis ojos perdidos no volverán a ver (5)”.

X.L.V.

Hay quienes sostienen que de Pablo Neruda se ha dicho todo, pues tal es la multitud de estudios, investigaciones, ensayos, artículos, opúsculos, traducciones y crónicas. Falso, Neruda y su obra constituyen un mundo en sí mismos, la exegesis inacabable de uno de los grandes genios universales de la literatura.

El cincuentenario del Premio Nobel de 1971 abre el desafío de sus múltiples abanicos. La lengua de Rosalía de Castro y de sus poetas cultores nos ofrece la próxima obertura galaica de Vinte Poemas de Amor e Unha Canción Desesperada.

(1), (2), (3), (4) y (5) En castellano en el original

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