Opinión

A ella  

Ella me invitó anoche a ver la película (film, dicen los siúticos anglófilos de esta república) Dolor y Gloria, del genial Almodóvar. Ella se llama Gloria, lo que fue una feliz coincidencia, porque yo esperaba esta ocasión para pedirle “pololeo”. Todo se presentó favorable; compré una bolsa de cabritas (“pop corn”) dulces y nos sentamos en la fila F (felicidad, por cierto). Yo estaba muy nervioso; ella, serena y hermosa en su perfil atenuado por la penumbra multicolor de la sala, con el oro de sus cabellos avivando mis ansias. Esperé una ocasión propicia, temiendo que mi torpeza y vehemencia me traicionaran. 

Advino ésta al promediar la película, merced a un beso dulce y apasionado de dos personajes, aunque esta vez fue entre dos hombres, pero eso no me inquietó, porque el amor está más allá de los géneros establecidos por la pacata sociedad, y pese a que a mí no me atraen los varones, entiendo que a otros sí les ocurra, así es que todo bien; me decidí, pues, mientras sentía el repiqueteo de un pájaro enloquecido en la jaula del corazón...

Le cogí su mano izquierda con la mía derecha, y le dije al oído: -¿Quieres pololear conmigo? 

Sentí un leve estremecimiento suyo, volvió la cabeza y aprecié el brillo tibio de sus pequeños ojos... 

-Sí -me respondió, y su mano izquierda apretó mi mano derecha. Nunca he sentido entre las mías manos más suaves que las suyas, al punto de no poder sujetar mis dedos sobre esa superficie de “nardos y caracolas”, que parecía escaparse como un paloma “con las alas plegadas y la dirección en medio”... 

Cogí su brazo izquierdo, me incliné hacia su rostro y al volverse hacia mí sus labios, la besé lentamente, con algo de pudor reconcentrado, porque la fila de atrás estaba llena de miradas intrusas y no resulta ético acariciarse en público (esto me lo enseñó mi inolvidable abuela campesina), así es que me retuve, sintiendo sobre mis labios su tibia humedad fundacional.

Desde ayer estoy “pololeando”... Pero, ¿qué significa eso? Es una palabra única, muy chilena, que nace del zumbido y acoso persistente de un insecto del país, una especie de escarabajo moteado que aparece durante los primeros días de la primavera y zumba alrededor de nuestras cabezas, posándose a veces, con sus peludas patas viscosas, en el lugar que brille más para sus ojos facetados. Se le llama “pololo”, en jerga campesina y popular. Es una buena metáfora de los jóvenes enamorados, sobre todo del varón, que suele extraviarse en vuelos tan imprecisos como inútiles para perseguir a la fémina de sus anhelos.

Estoy pololeando desde ayer con Gloria, pero presiento que será para toda la vida… 

Me siento feliz, amigos; si me oyen zumbar, es por eso, y no se apuren, que no me posaré sobre ustedes, pues yo sólo soy capaz de advertir su encantador brillo de espigas.

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