Opinión

Perros Bravos

Edmundo Moure | 25 de febrero de 2019

Al perro que es traicionero, no le vuelvas el trasero.

Del Refranero popular. 

Con todo el respeto que merece la tolerancia –a menudo confundida con la falta de compromiso con las verdades que profesamos- declaro que me cargan los perros “fifí”, esas peludas almohadillas de cuatro patas que habitan en departamentos, como si fuesen virtuales “plantas de interior”, inhibidos en su esencial naturaleza, muchas veces en lamentable servidumbre compensatoria por quienes los prefieren –con dudosas razones o sin ellas- a la ardua convivencia con seres humanos.

Se dice que tales canes prestan apoyos extraordinarios a sus amos –sobre todo a sus amas-, procurándoles alivios fisiológicos y sentimentales que les estarían vedados por sus semejantes bípedos. Tampoco me consta que sea así, pero ya saben lo mal hablada que es la gente, como decía una dama tan copuchenta como periodista en práctica. Ayer observé a una veterana que paseaba a su chihuahua infinitesimal en un cochecito, hablándole como a un nieto regalón…

Me gustan los canes que imponen presencia, capaces de guardar una casa y defender a sus moradores, a niños y ancianos desvalidos, víctimas potenciales y reales de tanto delincuente que no se enteró del silabario de la “propiedad privada” y cree que es cuestión de ir por la vida realizando expropiaciones violentas. Admiro a los lazarillos labradores que guían a sus protegidos no videntes hacia la luz.

Tuvimos en la Casa perros bravos y temibles, como el Sil, el Tigre y la Diana II. Pero no eran asesinos de hocico detestable, sino canes de probada obediencia y criterio canino ante los llamados a cualquier acción punitiva. Ni siquiera atacaban a nuestro hermano Toño, que era más forastero que residente.

Se sabe que los alemanes –tan violentos y bélicos ellos- crearon en el laboratorio razas caninas de extrema agresividad, perros en verdad criminales, capaces de despedazar a un cristiano, a un judío o a un musulmán, o a un descreído, si me apuran -que en esto los canes no discriminan, pues son tolerantes y ecuánimes, aunque también los haya clasistas y muerde-rotos-; adiestrados para llevar a ese individuo o presa hasta la mismísima muerte. Y después de la diabólica manipulación genética germana (recuérdese a Mengele), discípulos aprovechados continuaron por la senda de obtener cuadrúpedos, tanto o más agresivos que los bípedos que conducen automóviles en nuestras enloquecidas rúas. El propósito es comercializar los canes utilitarios a buen precio, para que cumplan tareas de protección, junto a rejas puntiagudas, barreras electrificadas y cámaras de vigilancia.

Cabe recordar que el empleo de perros de presa es más antiguo que los alemanes y el resto de los europeos. Los chinos los adiestraron desde los orígenes de su antiquísima civilización, para perseguir a los bárbaros que traspasaban su Muralla. Asimismo, los japoneses, los malayos y otros pueblos del Asia llevaron a cabo virtuales carnicerías perrunas que hoy podríamos catalogar de genocidios. En Sudáfrica los utilizaron los defensores del apartheid; en el Congo, belgas y holandeses muy civilizados. En nuestra Iberoamérica, los españoles y, en especial los portugueses, usaron perros mastines para perseguir esclavos y aniquilar indígenas revoltosos. Hay infinidad de testimonios sobre el particular. Quien tenga dudas, consulte a Fray Bartolomé de las Casas.

Un piso más arriba de nuestro departamento, un vecino que sostiene la teoría de que no existen esas “razas asesinas”, pues todos los perros son iguales y su carácter depende sólo del trato que reciban en su hogar, adquirió una pitbull como mascota… Si hilamos más fino, colegiremos que se trata de la traspolación de la teoría roussoniana del “buen salvaje” a las estirpes caninas, pues “el mejor amigo del hombre” se nos parecería mucho, tal vez demasiado cuando ostenta inclinaciones homicidas. El perro, pues, en estado natural y no contaminado por la sociedad es, en esencia, bueno. Traten de entenderlo, por favor.

No creo que el vecino de marras haya leído  a Jean-Jacques Rousseau ni a ningún otro filósofo, pero sabe lo que afirma, porque se lo dijo el oráculo del twitter y se lo confirmó una amiga warrior en Facebook. Pero hay otros inquilinos que no piensan igual y creen que la perra, en un espacio tan reducido, estará más neurótica que un fiscalizador de impuestos internos en período de renta anual. De hecho, hace un par de días, la pitbull hizo amago de morder a una infanta, cuando ambas –la perra y la niña- se cruzaron en la escalera. El padre de la muchacha-humana advirtió al propietario de la hembra-canina que mataría a ésta si le provocaba un daño a aquélla. El inadvertido roussoniano se sintió agredido, e interpondrá un recurso de amparo ante la Sociedad Protectora de Animales.

Los casos de ataques letales de estas auténticas fieras domésticas se han repetido en muchos lugares y sus fechorías son transversales, pues los chilenos de buen pelo, de medio pelo o por completo pelados, adquieren estos canes para afrontar distinto tipo de amenazas, sea contra la propiedad o contra la inopia. Niños pequeños han sido desfigurados por feroces agresiones de pitbulls, dobermans, rodweilers y otros cuyas prosapias nobiliarias no recuerdo. En cambio, no se sabe de acciones similares perpetradas por razas como los pointers, setters, labradores o golden retrievers…

Defensores del “perro-objeto” temible argumentarán que cualquier can, de la raza que sea, o también algún ruin mestizo o quiltro callejero puede transformarse en una fiera asesina, si está sometido al maltrato constante y al estrés compulsivo de la vida moderna. Es posible que así sea, pero si se produce un animal con sus genes alterados, para que resulte más agresivo y peligroso que en estado “natural”, estaremos repitiendo, fuera de la ficción, el drama del doctor Jekyl y míster Hyde, aunque por ahora sea con perros.

Nos acabamos de enterar, a través del noticiero, que una gringa defendía su derecho a poseer una serpiente pitón como mascota. –“Es lo mismo que tener un perro o un gato –sostenía la rubia, muy oronda- se acuesta a mi lado, sólo que ella es mucho más fría”…

Yo creo que Rousseau jamás intuyó, en la elaboración de sus audaces teorías, que el mundo post moderno iba a engendrar una cantidad tan descomunal de necios, genética y naturalmente dotados, sin linaje ni pedigrí alguno, pero provistos de la peligrosa y agresiva actitud del “imbécil feliz”, espécimen que hoy se extiende, en todas las capas sociales, con la rapidez pavorosa de un maremoto.

 

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