Opinión

Omar Lara, adiós al poeta del hondo sur

Edmundo Moure | 05 de julio de 2021

(9 de junio de 1941- 2 de julio de 2021)

El 9 de junio recién pasado, el poeta Omar Lara había cumplido ochenta años de fructífera existencia y de apasionada vida literaria. Nació en Nohualhue, Nueva Imperial, en el sur lluvioso y entrañable de la Araucanía, donde nacieron para la poesía, la lucha y la esperanza, otros notables poetas chilenos: Juvencio Valle, Miguel Arteche –un 4 de junio, quince años antes que Omar–, Juan Toledo, Eulogio Suárez, Elicura Chihuailaf, nuestro más reciente Premio Nacional de Literatura, galardón tan apreciado como escurridizo al que fuera postulado también Omar Lara, con merecimientos indiscutibles para haberlo recibido.

Desde muy joven animó la vida literaria y cultural chilena, habiendo sido fundador de la revista de poesía Trilce y del grupo homónimo, surgidos en Valdivia, en el año 1964 -cuando Omar tenía veintitrés de edad–, bajo el amparo de la Universidad Austral, ilustre casa de estudios en donde se han forjado importantes generaciones de artistas e intelectuales, durante las décadas de los sesenta y setenta, y aun en los tiempos aciagos de la dictadura, cuando fuera defenestrado de ella el filósofo y maestro, Jorge Millas.

Omar Lara y su grupo Trilce organizaban encuentros poéticos en el sur de Chile, publicaban antologías de poetas emergentes, sorteando las enormes dificultades económicas de tales empresas y, luego, durante esa “larga noche de piedra”, las amenazas de los esbirros ágrafos que se cernían sobre ellos, bajo el manto de sospechas que se tendía sobre intelectuales y artistas. 

El poeta sufrió en carne propia la dura represión, estuvo preso durante meses. Logró exiliarse en Lima, para prolongar su forzoso desarraigo en la lejana ciudad de Bucarest, Rumania, donde se graduó en filólogo en la Facultad de Lenguas Romances y Clásicas. Además de crear una de las obras más sólidas y trascendentes de su generación, Omar Lara difundió la poesía chilena en Rumania, y asimismo la obra de importantes poetas rumanos, traduciendo a Marin Sorescu y Mihai Eminescu, entre otros.

En 1981, Omar Lara se instaló brevemente en Madrid, España, donde refundó la revista Trilce e inició las publicaciones de Ediciones LAR (Literatura Americana Reunida), las que funcionaron, luego, desde Concepción, ciudad en la que residió hasta su partida al Parnaso. (Recordemos que Lar es hogar, fogón donde se guarda el fuego de la memoria).

Entre sus obras han sido destacadas Argumento del día (1964), Los Enemigos (1967), Serpientes (1974), El viajero imperfecto (1979), Fugar con juego (1984), Memoria, antología personal (1960-1984), Santiago, Galinost, 1987; prólogo de Fernando Alegría; Fuego de mayo, Cuadernos Atenea, Concepción, (1997); Jugada Maestra (1998); Vida probable, antología, Ediciones Chile-América, Santiago, (1999); Voces de Portocaliu (2003), La Nueva Frontera (2007, Concepción).

Omar recibió importantes premios: Casa de las Américas, en 1975; Premio Internacional Fernando Rielo (1983), por sus trabajos de traducción; Medalla Mihai Eminescu en Rumania (2001), Medalla presidencial Centenario de Pablo Neruda (2004); el VII Premio Casa de América, de España (2007), con su libro: Papeles de Harek Ayun.

El prestigioso académico y crítico chileno, Jaime Concha, sintetiza las características y alcances de la poesía de Omar Lara, en el comentario crítico a su poemario La Nueva Frontera, Ediciones de la Universidad de Concepción, 2007.

“Porque la poesía de (Omar) Lara ha cambiado. Ya no son los versos tenues y levísimos de Argumento del día. Hay aún poemas breves, pero no se corresponden con la concisión y el laconismo de su poesía intermedia. Su poesía se ha hecho frondosa, expansiva, a veces de amplia arquitectura, con un movimiento más complejo e integrador. Más generosa y comunicativa, tal vez. Pero algo esencial no cambia en ella. La suya sigue siendo una voz más bien insólita en el horizonte actual de inicios de este siglo. Gracias a Dios, al fin de cuentas, Lara no ha dejado de ser un poeta pre-posmodernista. Conserva un sentido fuerte de la historia, es decir, está consciente de las fuerzas de ésta sobre el destino de los hombres, del sufrimiento social que comporta. La dicha y la angustia, aunque no tematizadas directamente, están allí, como luz y oscuridad inevitables en el ámbito del mundo. No desconfía tampoco en absoluto de la capacidad de la palabra, sobre todo de la palabra poética, para expresar y comunicar sentimientos y experiencias, aun los más soterrados. Y, muy especialmente, no cree que las verdades de nuestro tiempo tengan que ser cosas de bazar, de rating mediático o pertenezcan a un mercado de valores para disfrute del mejor postor. Esta verdad de fondo, a la que no ha renunciado en más de cuarenta años o casi medio siglo de trabajo poético, es parte de su ethos y contribuye cabalmente a la autenticidad de su poesía”.

Nuestro amigo, el poeta Luis Contreras Jara, Presidente de la SECH, filial Ñuble, expresa de manera elocuente la conmoción que nos ha producido su partida:

 

GRACIAS, OMAR LARA.

Es media noche, un nervioso silencio ocupa el espacio del hospital en el que yace Omar Lara; el poeta inaugura en la oscuridad su nuevo exilio, ahora hacia el misterio que se nos hace más insondable y enigmático que aquel Lima de 1974, Bucarest, o Madrid más tarde, después de salir de su Nueva Imperial hace ochenta años, volando sobre sus libros que ya se habían escrito en el primer aire con esa pluma rebelde que venía vertiendo una inmutable tinta roja.

Liany había subido a anunciárselo anticipadamente a César Vallejo allá en el Perú, hacía solo unos días, y mientras gritaba TRILCE, con la mirada extendida hacia el cielo de todos los mundos, entre las piedras que desfilaban desde Santiago de Chuco, empezaron también a propagarse las exclamaciones tristes y dulces en los ecos de Sorescu que a coro con Mihai Eminescu parecían decir que había vencido ahora una Jugada Maestra contra la vida. Esta vez ante el tribunal inapelable, el poeta no alcanzó a contar con el Argumento del Día.

La noticia viaja por Concepción, Santiago, Chillán, circula por una sombría soledad de la calle O’Higgins, donde ha tenido cobijo la Librería Lar, los talleres literarios, los festivales poéticos, la revista Trilce, con los artistas del acero; el sitio en que se pensó con agudo acierto la floreciente historia de las Ediciones Lar, genuina idea de difusión generosa y registro respetable de nuestra mejor literatura.

En la congelada, en la inmovilizada realidad, y en los más insulares estados humanos para procesar y padecer con dignidad la suerte que ha clausurado tus sagrados y fértiles días, seguimos contigo, sin embargo; nos acompaña tu creación, la voz en el auricular de tus seres amados, y la memoria recupera cada uno de los afortunados momentos que compartimos. Gracias, poeta Omar Lara.

 

Tal vez el poeta ha estado despidiéndose en cada verso, porque no ha sido otra su íntima vocación de Ulises de los bosques del sur. Quizá, así, alza su mano desde la cubierta y nos dice, en versos memoriosos:

 

…Habremos envejecido junto a un cenicero repleto de

colillas

mirando algún retrato ya sin rostro

amarillo

y algún otro tesoro rescatado del tiempo.

Tú que podrías haber sido razonablemente

Feliz.

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