Opinión

La difícil fraternidad

Edmundo Moure | 27 de noviembre de 2017

En 1973, aprovechando una instancia especial, como fue la apertura de los estudios vespertinos en el Instituto Pedagógico de la Universidad de Chile, me matriculé en Pedagogía en Castellano (no Español), como bien se decía por entonces, con miras a cumplir un viejo sueño. A la sazón, trabajaba yo en Química Hoechst, conocida empresa alemana, y estaba en posesión del título de “contador general”, herramienta que me servía para incrementar mis modestos ingresos de subsistencia. Pero mi “vida verdadera” –parodiando a Hemingway– estaba aguardándome en el mundo infinito de las palabras, donde me sentí atraído desde niño.

Poco duró aquel propósito de estudiar literatura en la academia. El feroz y cruento golpe de Estado provocó, entre otras arbitrariedades y miserias sin cuento, el cierre de todas las carreras vespertinas en el área de las humanidades, ámbito de suyo “peligroso”, por tratarse de un foco de cultivo de las perversiones marxistas. Pese a todo, a la breve experiencia, mis recuerdos de aquella época (hasta el 11 de septiembre) son todavía un venero enriquecedor de mi memoria. Entre los profesores y maestros que impartían clases en el Pedagógico estaban: Julio Orlandi, Alfredo Matus, Wilfredo Casanova, Manuel Jofré, Bernardo Subercaseaux, Carlos Cerda y... Antonio Skármeta; este último lucía como un hippie de largos cabellos, rostro aguzado y nariz aguileña, ojos vivaces e inquietos tras lentes de montura gruesa. No le tuve de profesor en mi curso, pero escuchaba acerca de él muchos elogios, como una promesa en ciernes en medio de una renovación de la literatura creativa chilena, camino de superar a la Generación del 50.

Escritores admirados entonces por los estudiantes oficiaban de maestros de literatura, cosa rara hoy, cuando el academicismo parece haberse apoderado de gran parte de la creación literaria “oficial”, vale decir, con sesudo respaldo universitario y su correspondiente crítica especializada.

Antonio Skármeta obtuvo el ansiado Premio Nacional de Literatura en 2014 (él es apenas un año mayor que yo). Su obra más conocida es Ardiente Paciencia, que dio origen a filmes como ‘El cartero de Neruda’ y ‘Il Postino’, transformándole en un escritor ampliamente conocido, no solo en nuestra modesta aldea letrada, sino más allá de nuestras fronteras, en el resto de la América Latina y aun en Europa. Su obra literaria es vasta y sólida, sobre todo como hábil narrador. Asimismo, su proyección como animador y gestor cultural, habiendo asumido cargos de relevancia en los espacios institucionales de la cultura. Esto último le acarrearía la inquina de algunos escribas desplazados o menos favorecidos…

Así pues, su premio causó más de alguna controversia entre sus pares chilenos, tan renuentes y revisionistas de los galardones ajenos. Pareciera que hay pocas cosas que molesten más, en nuestra dudosa y esquiva fraternidad gremial, que el éxito de nuestros compañeros de oficio. Este cuestionamiento a Antonio Skármeta se ha hecho extensivo a otras figuras de nuestras letras, como Isabel Allende, como el mismísimo Roberto Bolaño, por ejemplo. En esto, más allá de los juicios estéticos que cada uno de nosotros tenga, con mayor o menor acierto, hay una mezquina actitud de isleños resentidos.

Cuando hago este comentario a Marisol, me retruca, con su habitual precisión:

-Te equivocas al atribuir nacionalidad a un egoísmo que es universal… Ahora mismo estoy leyendo París era una fiesta, de Hemingway; escucha lo que dice de Getrude Stein, la gran mentora artística en el París del primer tercio del siglo XX:

En los tres o cuatro años en que fuimos buenos amigos no logro recordar que Gertrude Stein hablara bien de ningún escritor, a no ser que hubiera escrito en favor de ella o hecho algo en beneficio de su carrera… Cuando empecé a tratarla no decía nada de Sherwood Anderson como escritor, pero hablaba con entusiasmo de su persona y de sus grandes ojos de italiano…

“…-¿Y qué me dice de sus cuentos y de sus novelas? –le pregunté. Pero ella no quería hablar de sus obras, de la misma manera que no quería hablar de Joyce. Si alguien mencionaba dos veces a Joyce en su casa, no se le invitaba nunca más…”

(Bueno, el gran Ernest tampoco fue muy generoso que digamos al referirse a sus pares o “competidores literarios”).

El lunes 20 de noviembre recién pasado, el directorio de la Sociedad de Escritores de Chile homenajeó a Skármeta, instalando en el Salón de Premios Nacionales, su fotografía. Distinción merecida, sin duda, pero que fue organizada de manera bastante precaria, con escasa difusión. A última hora, el público que convoca nuestra tertulia de los lunes en el Rincón López Velarde, a instancias de César Millahuique y mía, concurrió para “reforzar” el acto con un respaldo efusivamente comedido.

Antonio Skármeta agradeció el gesto y deslizó algún comentario irónico respecto a la escasa resonancia de su Premio entre sus “hermanos” escritores.

Sí, amigos, compañeros y colegas, nos falta mucho todavía para articular una verdadera hermandad de las letras, considerando que la generosidad debiera ser también una apreciable virtud literaria.

 

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