Opinión

Kafka y la ‘operación renta’

Edmundo Moure | 08 de abril de 2019

“Aquí le falta…”

(preámbulo de frase funcionaria)

A nuestro marzo chileno traen los idus su contradicción aciaga de malos augurios. Marzo surge cargado de amenazantes compromisos, casi todos de índole financiera, luego del breve verano en que soñamos la ilusión efímera de parajes liberadores... Así, la publicidad perversa de ese oxímoron carcelero que es el ‘libre mercado’, al servicio, en este caso, de la banca, ofrece a los padecientes urbanos el paliativo de créditos para sortear los apremios del vil metal, instándonos a colgarnos al cuello nuevos eslabones de esta cadena de endeudamiento que puede constituir la peor de las esclavitudes.

Para quienes estamos, además, atados a la infinita rueda de molino de la burocracia chilena y sus atroces laberintos cotidianos, cuyo continuo peregrinaje a ningún lugar, nos lleva a pensar en Franz Kafka, el checo genial que adoptara la patria germana del lenguaje; a nosotros los contadores –digo– o contables como lo fue aquel inmenso poeta de Lisboa que conocemos como Fernando Pessoa, Marzo nos regala con su ‘operación renta’, una serie interminable de informaciones para alimentar la insaciable hidra tributaria, en el íntríngulis semi hermético de cientos y cientos de nuevos procedimientos, ideados –estoy seguro– por mentes y espíritus atormentados por pruritos cabalísticos, seres que hubiesen agobiado al mismísimo Nostradamus o al vienés Sigmund Freud.

No piensen ustedes –ah, ingenuos lectores– que se trata de simplificar la obligatoriedad del tributo anual, sino al contrario, complicarla en un grado que bien podría llevarnos a la locura, en el supuesto de que no somos ya una multitud de orates divagando en círculos concéntricos por una ciudad enajenada. Desafío a los más audaces, a los sabelotodo, a los abundantes winners de este último reino a desentrañar los misterios de las Declaraciones Juradas (con mayúscula, como las Cuatro Témporas), a ver si son lo que dicen ser, a ver si se atreven...

En noviembre del pasado 2018, a instancias de un amigo ingeniero (tan ingenioso como inteligente), emprendí la ardorosa empresa de acometer un “término de giro”. Se trataba de una pequeña sociedad anónima cerrada.

Ensillé mi Rocinante contable, cargué lanza y adarga, acopiando en las alforjas todos los documentos foliados que pude y me dirigí a las oficinas del Servicio de Impuestos Internos, SII (esta sigla es otro feroz oxímoron, pues debiese ella ser un NOO), aún con signos de exclamación.

Doce veces concurrí a enfrentarme con esos ministros de fe, “juez, parte y verdugo”, ante quienes estás perdido de antemano... No olvides nunca que el SII es “el lugar donde mueren los valientes”. Por si tienes alguna duda, caro (a) lector (a), en mi tercera visita, el fiscalizador que me escrutaba detrás del alto mesón, dijo al propio que entregaba, vía manual, los fatídicos números del turno: –“Que pase la siguiente víctima”... Esa, ese, era yo, este humilde escriba contable que lleva más de medio siglo de profesión entre la partida doble, que dicen que inventaron los árabes, y esos libros de teneduría que no son los de la amada biblioteca.

No detallaré las múltiples gestiones, los documentos que me eran agregados, en atroz sumatoria de indispensable cumplimiento, sesión tras sesión. Mi buen amigo ingeniero me propuso desistir después de la séptima concurrencia. Entonces, apareció en mí la pertinacia del gallego, y le dije: –“Jamás. Terminaré esta gestión, aunque me vaya en ello la vida”. Vano arresto. Los molinos de viento que descalabraron al Caballero de la Triste Figura son un paseo menor comparados con los peligros y pruebas que sufrí, enfrentándome a un total de cinco diferentes funcionarios, cada uno premunido de la urgencia letal de distintas exigencias, papeles, documentos, cálculos...

Tras la última visita, el ejecutor de turno, después de haberle yo manifestado mi derrota sin paliativos, me dijo, mientras bebía un sorbo de su café funcionario: –“Lo que puede hacer (o no hacer) es dejar que la empresa muera sola... y después de tres o cuatro años de ‘declaraciones sin movimiento’ se extinguirá, como la ilusión de esas estrellas que nos miran desde la bóveda inextricable del universo...”.

Claro, amigo (a), la última parte de la cansada metáfora se la agregué yo y ahora, al leerla, me parece tan patética como mis esfuerzos perdidos, horas que se fueron en la ceniza de una mala y perturbadora memoria.

A esta hora crepuscular del sábado, he concluido la “subida al portal” del SII la mayor parte de las Declaraciones Juradas de mi docena de clientes. Lo hice con el mayor celo y rigor profesional. Rezo ahora, al Dios de Burócratas y Contables, la misma deidad de Franz Kafka y de Fernando Pessoa, para que ellas (las musas DJ) no caigan en el triste escrutinio de “observada”, “reparada” o “rechazada”.

¿Será a propósito de tales Declaraciones aquello de “no jurar en vano”?

Si tienen dudas, no pregunten en el SII. Hablen directamente con Franz Kafka...

Sí, digan no más que van de mi parte.

 

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