Opinión

El humor en Miguel de Cervantes

Edmundo Moure | 21 de marzo de 2016

“Los ojos fueron las lenguas que descubrieron sus alegres

y honestos pensamientos”

      M. de Cervantes

“Un día sin reír es un día perdido”

     Charles Chaplin

El auténtico humor puede ser risueño, pero nunca optimista

     Micaela Souto

 

Mi amiga Julia Gil, de origen riojano, me reprocha, con ironía no exenta de amabilidad, mi excesivo prurito galleguista… -Según tú, -me dice, hasta el mismísimo Adán sería de ascendencia gallega… -Por supuesto –le respondo, y Eva era catalana, y así está de revuelto y complicado el mundo.

-Claro, y Colón y Cervantes…, ni hablar –me retruca ella.

Fuera de bromas o brincadeiras, lo cierto es que los gallegos  buscamos, a menudo de manera compulsiva, afirmar nuestra identidad, que es como procurar raíces sólidas de sustentación en la vida, partiendo por una historia que no ha sido muy feliz para los hijos del Finisterre del Noroeste, si nos remontamos a los orígenes de la lengua galaico-portuguesa, al Reino de Galicia y a la escisión geográfico-política del Portugal que parece estar siempre aguardándonos, al sur del caudaloso Miño… A lo largo de los siglos, el gallego se ha visto impelido a abandonar su tierra de minifundios y de costas bravías, con una maleta de cartón y mucho humor en el espíritu. Como los hebreos de la diáspora, lo ha hecho con resolución, aprendiendo a reírse de sí mismo y a enfrentar a los otros, más con el arma de la ironía que con recursos violentos o letales.

Bien sabemos que el gallego ostenta un particular sentido del humor, espontáneo, contradictorio y nada jocoso, pues en él palpita una socarronería burlona y escéptica, conocida como retranca, que se aviene con la definición de Mark Twain: “El humor es la cosa más seria del mundo”. Se trata de una versión distinta a la vena humorística de los ingleses, para nosotros algo fría y racional, que juega siempre con la paradoja sutil y la distancia entre la realidad cotidiana y la aspiración tradicional proyectada hacia la grandeza de horizontes, desde la perspectiva del isleño por antonomasia. Como complemento de esta actitud, está la proverbial “hipocresía inglesa”, que es también otra forma del humorada elíptica para poner a prueba a cualquier contradictor.

Como bien apunta la investigadora Sandra Hernández M.:

Términos como humorismo, comicidad, burla, parodia, ironía, sarcasmo, sátira, grotesco, chiste o ridículo, se usan de forma más libre en la cultura popular y en los medios de comunicación que en las investigaciones sobre arte, filosofía, antropología, sociología o psicología, donde además coexisten con viejas acepciones, lo que dificulta nuestra investigación. Como comenta Ramón Gómez de la Serna en ‘Gravedad e importancia del humorismo’: “Definir el humorismo en breves palabras, cuando es el antídoto de lo más diverso, cuando es la restitución de todos los géneros a su razón de vivir, es de lo más difícil del mundo”.

La época en que el Manco de Lepanto creó su obra literaria fue, estéticamente hablando, la del Manierismo, movimiento o estilo que precedió al Barroco. Aún prevalecía el concepto del humor renacentista, cuyos elementos constitutivos eran el ingenio cortesano, la sátira y los goces epicúreos de la vida, lo que requería de un modo de reír coherente con aquellos valores y expectativas. Pero Cervantes, como en otros ámbitos de la creación literaria, traspasa los cánones de aquellos moldes o convenciones, para dar inicio a lo que conoceremos como el sentido del humor moderno, que suscita más una sonrisa que una carcajada. La comicidad se vuelve poco a poco reflexiva, filosófica, frente a las vicisitudes vitales, particularmente ante las desgracias y los tropiezos.

Podemos sostener que Cervantes fue un gran humorista de las letras y que en su obra se aprecian, tanto los rasgos del humor hebreo, como señales inequívocas de la retranca gallega, patentes en muchísimas situaciones de El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de La Mancha, en especial, en la estructura y desenlace de los diálogos, donde la paradoja alterna con el escarnio y la befa, para imponer, a la postre, la piedad conmiserativa… Para mí, este hecho es la mejor prueba de su estirpe judaico-gallega, cuya fuente originaria es la antigua judería de Rivadavia, de donde provienen sus remotos ancestros.

Y así lo expresa: Para componer historias y libros de cualquier suerte que sean, es menester un gran juizio y un maduro entendimiento; dezir gracias y escrivir donaires es de grandes ingenios…”

El notable cervantista, Daniel Eisenberg, nos dice de El Quijote:

La falta de consideraciones sobre el humor en el libro—el que nos anime a reír pero no a meditar sobre nuestra risa—es sin duda una razón por la que los especialistas han eludido el tema del humor de Don Quijote. Otra razón es el prejuicio entre los eruditos contra el humor, que ni es moderno ni está limitado a los estudios hispánicos. (Se remonta a las figuras del payaso y del bufón, de baja condición social, y quizás a la pérdida, antes de la Edad Media, de las observaciones de Aristóteles sobre la comedia.) El humor, como señalan los estudiosos, es un tema difícil, y se considera poco provechoso”.

Si Don Quijote de La Mancha es un libro burlesco sobre el tópico de la caballería, según declara su propio autor, manifestando así su intencionalidad narrativa y aun estética, las situaciones humorísticas van más allá de sucesos de espectacularidad risible o grotesca, aflorando desde el lenguaje dual de Don Quijote y Sancho, en un coloquio que va intercambiando entre ambos personajes la caracterización de los diálogos, para culminar en un virtual intercambio de papeles y voluntades, mientras el derrotado caballero renuncia a la búsqueda de hazañas y Sancho le exhorta a nuevas aventuras.

El humor es también un  antídoto contra la desesperanza y el fracaso, elementos presentes, tanto en la vida como en el arte de la escritura. Frente a la garra inevitable de la decrepitud, los sueños de grandeza y las ambiciones de toda laya van desdibujándose hasta volverse sombras y ceniza. Frente a ello, hay dos caminos: sentir la derrota como una tragedia sin remedio u observarla con la sabiduría que otorga el prisma de un humor que se vuelve, con el paso de los años, actitud reflexiva e irónica consigo mismo: la verdad del espejo cóncavo, concluiría don Ramón del Valle-Inclán, uno de nuestros más serios humoristas.

Hablemos del humor en Don Quijote. Los eruditos cervantinos tradicionales han eludido el tema del humor en la obra de Cervantes, así como desestiman en su genealogía todo lo que no sea de presunta ascendencia de “cristiano viejo”.

Si bien el propio autor y sus contemporáneos definían la novela como “de asunto cómico”, El Ingenioso Hidalgo fue objeto durante mucho tiempo de dos interpretaciones, que tenían más que ver con el tipo de destinatario o lector de circunstancias que con el meollo del texto. Para el vulgo, las vicisitudes del Caballero de la Triste Figura y de su rozagante escudero, las escaramuzas truncadas, las anécdotas jocosas y aun ridículas, los accidentes o traspiés debidos, sobre todo, a la recurrente torpeza del espigado amo, eran objeto de entretenimiento y risa, bajo los ramplones presupuestos de la picaresca, pasatiempo de plaza para las multitudes. (Su equivalente de hoy es la “televisión abierta”). Para los príncipes, nobles, letrados y estudiosos, estaban las enseñanzas y moralejas que podían extraerse de su argumento tragicómico, pero sobre todo, del drama serio y trascendental de Don Quijote.

A la luz de nuevas lecturas e interpretaciones, es precisamente en lo dramático y trágico de la novela donde podemos apreciar las mejores facetas de un auténtico humor retranqueiro, en virtud del cual el autor construye una aguda crítica de su tiempo y de los poderes que a menudo le aherrojaron, entre ellos, la jerarquía eclesiástica y su brazo de hierro, la Santa Inquisición. Recordemos aquel pasaje en que Don Quijote, irónico y elocuente, aunque cauto, dice a su escudero: -“Con la Iglesia hemos topado, Sancho”.

Sin el ejercicio de un humor agudo, la escritura de El Quijote no hubiera sido posible; tampoco el autor habría sobrevivido a los poderes de la época ni sorteado la férrea censura literaria. Tuvo que recurrir a variadas artimañas, lenguajes cifrados, anagramas, narradores apócrifos y hablantes diversos, para que aquellos censores no entendiesen lo esencial de su creación y se quedaran en la superficie banal de entuertos y travesuras, o en la tesis manida de la condena explícita a las novelas de caballerías. Si hubiesen desentrañado cabalmente el humor de Cervantes, lo que estaba tras las palabras, la cara oculta de su moneda lingüística, el libro habría ido a parar al Índice Expurgador.

Pero el desarrollo del humor en el transcurrir de la novela lleva implícita una interlocución, un diálogo donde se desarrolla la trama de lo humorístico, no siempre establecido entre dos individuos distintos, como ocurre, por ejemplo, con Antonio Machado y su alter ego, o heterónimo, Juan de Mairena. Hay un supuesto coloquio del escritor y de ese “quien va siempre conmigo”, para acceder a esa faceta, a la vez contradictoria y desveladora, donde surge, como destello fugaz, la chispa humorística. El recurso de Cervantes estará explicitado en sus dos extraordinarios personajes, cuya vida en común es perfecto contrapunto de risa y drama. Pero también advertiremos soliloquios y monólogos del ilustre caballero en los que se perfila la intención dialogante de quien se observa a sí mismo.

A lo largo de las páginas del Ingenioso Hidalgo, el diálogo chispeante que sostiene la narración, entre Don Quijote y Sancho, nos muestra la estructura dialéctica de su proposición discursiva, mediante la cual el Caballero guía, aconseja y previene al Escudero sobre los detalles y circunstancias de su emprendimiento de “desfacedor de entuertos” y “socorredor de doncellas y desvalidos”. Sancho responde a su amo con un escepticismo campesino en el que va brotando, a medida que transcurre la novela, una socarronería que poco a poco hará mella en las convicciones heroicas del Caballero de la Triste Figura, al punto de que su personalidad va derivando hacia reflexiones recelosas en las que advertimos ese antiquísimo humor hebreo de quien se enfrenta al límite de un camino sin retorno posible, cuando el supuesto regreso es solo para constatar que “en los nidos de antaño ya no hay pájaros hogaño”, para el héroe derrotado antes de cumplir alguno de sus locos sueños.

Y el padre del héroe, Miguel de Cervantes, imposibilitado ya de alcanzar aquella gloria literaria que persiguió con denuedo, entre cuyos desvaríos estuvo la pretensión frustrada de ser un gran poeta, escribe su última carta, hace cuatrocientos años, donde estas breves frases expresan la reflexión postrera, despedida en la que aún late la ilusión de sobreponerse, quizá como la última humorada imposible, a la fatalidad de su destino: Ayer me dieron la Estremaunción y hoy escribo ésta. El tiempo es breve, las ansias crecen, las esperanzas menguan, y, con todo esto, llevo la vida sobre el deseo que tengo de vivir…

La parodia de la caballería, ridiculizada exprofeso por Miguel, se vuelve remedo tragicómico en la figura de sí mismo, escritor fracasado porque no alcanzó ni fama ni gloria, porque la Poesía, el más alto rango del Parnaso Renacentista, le fue esquiva como género y destreza sublime de la anhelada Edad de Oro, lo que le pesó hasta en el trance de su agonía definitiva.

Después de todo, la lectura de El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha puede que nos deje una sonrisa triste, pero nunca exenta de humor… Por algo mi padre lucense, lector incansable de la mejor novela de todos los tiempos, haciendo particular uso de la retranca, afirmaba ser “el perfecto optimista, es decir, el pesimista convencido”.

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