Opinión

‘El Pasiano y Neruda’

Edmundo Moure | 30 de agosto de 2021

Paisano alude a cierta afinidad de origen étnico, a compadrazgo aldeano, también; a vínculo afectuoso de oficio compartido. Entre árabes emigrantes se llaman ‘paisanos’. Atahualpa Yupanqui habla de “paisanaje”; es un término de resabio argentino, utilizado también por Borges, en cuya patria se cruzaron paisanos de todos los continentes.

Pero, ¿quién es este Paisano afín a Neruda? Un curioso y a la vez notable personaje de la novela homónima de Reinaldo Edmundo Marchant, que recibí, de su mano generosa, hace poco más de dos meses. (Sí, ya sé, hay otras esperando, quizá más tiempo aún, para que este humilde escriba, las lea y comente en la virtualidad crítica y periodística del éter cibernético).

Paciencia y amor a Dios, como decía mi ilustrísima abuela nancagüina. Si no puedo estirar más el tiempo, a mis ochenta y uno, tampoco logro hacerlo con mis zancadas de caminante en el mundo literario chileno, donde, a pesar de sus límites, geográficos y culturales, se publica más de lo que cuatro ojos llenos de ‘vicio impune’ pueden o quisieran abordar.

Reinaldo es joven o parece que lo fuera, aun sin conocer su data precisa de nacencia, que fue en 1958, según me revelan vecinos de San Miguel, la otrora ‘comuna de los Palestro’, donde conocí a Mario socialista, alcalde entonces, diputado más tarde, cliente de nuestra ferretería del Paradero 27, donde se entreveraba en apasionados diálogos con nuestro padre gallego, a propósito de la Guerra Civil española y de las batallas urbanas que este hijo de italiano y chilena librara durante décadas, sin que los esbirros de la dictadura militar-empresarial chilena lograran abatirlo; hasta se dio el lujo, Mario, el de los enormes bigotes nietzscheanos, de presentar un libro de crónica testimonial, en la Casa del Escritor, en 1998, de rebelde título, ‘La república Independiente de San Miguel’.

Reinaldo Edmundo Marchant ha obtenido, desde muy temprano, reconocimientos y premios literarios como narrador. También ha sido protagonista de controversias, estéticas y gremiales, de las que pocos (¡ay!) están libres, en este mundillo pendolista. Fue presidente de nuestra querida Sociedad de Escritores de Chile, en los años 2005 y 2006. Conoció el exilio, a los quince años de edad, asilándose en Argentina. Le gusta el fútbol, como a mí, y ha escrito cuentos sobre la pasión pelotera que escandalizaba a Borges.

Marchant ha logrado lo que muy pocos escritores de la pretenciosa fauna escritural criolla ostentan, alcanzar un estilo propio, una forma de narrar inconfundible. No es poco, señores, porque el escritor es su estilo, y viceversa, dirían Unamuno y Ortega y Gasset; lo reafirmamos nosotros, yo, y el que siempre va conmigo, con singular modestia.

En esta novela, ‘El Paisano y Neruda’, (Editorial DHIYO; 2021; Antonia Cabezas, editora) lo confirma y certifica su autor, a través de un lenguaje con acentuados rasgos de barroquismo urbano siglo XXI, en permanente contrapunto satírico, la búsqueda de amalgamar el habla literaria de los 50 del pasado siglo, continuando con la de su propia generación ochentera, con las voces populares actuales, incluyendo de manera acertada el argot de nuestra casi desaparecida bohemia citadina, la que encabezaron figuras de renombre literario y tabernero como Jorge Teillier, Rolando Cárdenas, Poli Délano y otros conspicuos, a quienes se sumarían Álvaro Ruiz, Aristóteles España y Ramón Díaz Eterovic.

El Paisano y su Emperatriz son dos extraordinarios personajes, cuyos rastros literarios remotos creo encontrar en Francisco de Quevedo, en su notable novela picaresca, ‘El Buscón’. Y aunque nada me haya adelantado Marchant, afirmo el influjo que ha recibido de aquel grande del humor satírico y barroco de la lengua castellana.

Si apelo a huellas más cercanas, de los 50 también, me remito al gran Alfonso Alcalde, poeta chileno y narrador del mundo marginal urbano, a cuya vibrante narrativa incorporó a protagonistas circenses, recreando el mundo de los pequeños circos, urbanos y suburbanos.

El vínculo con Neruda, el supuesto paisanaje de este trashumante, es la hermandad forjada en la poesía de amor del vate de Parral, a partir de su pegajoso influjo en varias generaciones sucesivas –donde la palabra plagio se ha hecho realidad–, y de una caterva de imitadores, de mayor o menor calado, que han venido sucediéndose, cauce lírico del que tampoco han podido desprenderse los poetas ‘millennials’, pues el oficio de enamorar no pasa de moda y los versos del creador de ‘Veinte Poemas de Amor y una Canción Desesperada’ son catecismo para enamorados y enamorantes de todas las edades y condiciones, ávidos por lograr su placentero y efímero propósito: “es tan corto el amor y es tan largo el olvido…”

El Paisano emplea este polifacético recurso que le entregan, gratuitamente, los versos del Gran Capitán de la Poesía Chilena, los copia, plagia y adapta, no tanto para seducir doncellas o maduras o viejas dueñas, sino para venderlos como seguros talismanes a quienes los precisen para quebrar las defensas femeninas contra los seductores. Es un oficio remunerado, como cualquier otro. Le asiste en su tarea, la Emperatriz, musa ya seducida cuando su compañero y galán fuera más joven y menos achacoso.

Pero hay mucho más en ‘El Paisano de Neruda’, que el desarrollo de una trama picaresca en torno a favores exprimidos desde la poesía amorosa nerudiana. Hay en sus páginas una abigarrada alegoría de la vida literaria chilena, con sus arrestos de Parnaso universal y sus frutos de pequeña aldea letrada. También está presente, de manera silenciosa, una pregunta que se han planteado grandes escritores: ¿De quién es la propiedad de lo escrito después que sale a la luz? ¿Acaso no es arbitraria esta pretensión de propiedad individual basada en la materia común del lenguaje? Cabe recordar que en la Edad Media las obras se consideraban anónimas, pues el papel del artista era traspasar a su creación material el don recibido de la divinidad. Un caso emblemático es el del Maestro Mateo, constructor de la catedral de Santiago de Compostela y de su Pórtico de la Gloria. De filiación desconocida o supuesta, apenas conocemos una figura de piedra rústica, informe, que sería su autorretrato en piedra, para graficar la pequeñez del artista frente a la inmensidad del cosmos… Pero ahora ponemos nuestra rúbrica, señas de identidad, marcas de ambición tan efímera como el paso de las manecillas del reloj sobre la esfera.

Y es que los pretenciosos aspavientos, las maniobras espectaculares y los sueños descabellados de sus cultores son, en esencia, barrocos, agotados en su propia feracidad verbal. Por ello, no hay mejor lenguaje para expresarlos que esta forma discursiva y sus acendrados recursos idiomáticos, aunque le parezca a este incansable lector (nunca crítico ni exegeta) que Reinaldo incurre, en ocasiones, en un exceso de lenguaje hiperbólico… Bueno, se podrá refutar que eso es parte de la atmósfera, desarrollo y desenlace de las historias del Paisano, que son una sola historia: la de quien persigue una connotación imperecedera, siendo este, al parecer, el destino común de la inmensa mayoría de los soñadores del arte, cuya ambición devendrá en gárgola barroca, adornando su mausoleo, cripta, túmulo o modesta tumba funeraria.

El autor lo sabe, su personaje, el Paisano, también. Ambos saben reírse entre líneas de sus anhelos, como lo haría el mismísimo Oscar Wilde, en el ridículo del drama o en el patetismo de la tragedia, ambos, rostros de la misma incógnita que oprime la humana desolación. Quizá a Pablo Neruda le salvaron de la angustia irremediable su voracidad dionisiaca y su vitalismo sobrehumano, características que el Paisano envidia y trata de emular, recordando su prestigio de pugilista peso completo de fondas y ferias pueblerinas. Este mercenario audaz de la poesía terapéutica y emocional, recorre las callejuelas de la gran urbe y sus tugurios, trocando esperanzas verbales por monedas para calmar el cotidiano apetito y la sed apremiante.

Late en los folgos del Paisano otro de sus hidalgos propósitos, muy español y asaz quevediano, como lo manifiesta y escribe en letra cursiva: Dejaré este mundo de manera invicta, sin haber trabajado un solo día a los explotadores del mundo… Esta ironía se vuelve también histórica y contemporánea, llevando en sí alusiones, más o menos indirectas, para variados miembros de nuestra fauna escribidora que se sienten tocados por las musas e incólumes ante los pedestres apremios de la subsistencia.

La epopeya del Paisano, a través de las casas, habitaciones y calles de la historia cotidiana, es la preparación de su sepelio, la tramoya definitiva para engalanar el momento crucial que nos aguarda a todos, pero máxime al Maestro, que quiere llegar a él habiendo trazado la impronta de su celebridad terrenal, de su tan merecido como esquivo prestigio.

La muerte adquiere, en el fluir de la novela, un tratamiento novedoso, en cuanto a cómo la define y enfrenta el protagonista, que ha muerto ya muchas veces, como testifica la profusión de sus animitas, estas diminutas moradas que florecen en las carreteras, avenidas, calles y sendas polvorientas de Chile, asegurando a sus fenecidos una curiosa inmortalidad servicial, que será probada con frecuencia por centenares de orantes votivos que dejarán su testimonio en pequeñas lápidas con letras doradas: “Gracias por el favor concedido”.

En una sola noche me leí y fui leído por esta novela. No hubo carcajadas, pero sí la risa leve y la sonrisa comprensiva que arranca el humor auténtico, ese que Mark Twain definiera como: “la cosa más seria del mundo”, quizá el arma más elocuente para desnudar las miserias de la condición humana, como bien lo supieron Chéjov y Pirandello, también Alfonso Alcalde, entre otros.

Al Paisano y a su Emperatriz, María Estrella de la Cruz, acompañan y secundan otros vívidos personajes, como René de Francia y Pancha Parada en la Hilacha. Este viejo cronista ha evitado la tentación –no sin esfuerzo–, de identificar algunos de estos seres ficticios con otros que ha conocido y aún conoce en este purgatorio urbano de las letras, donde tantas y tantos quieren ser ángeles y aún santos patronos, en virtud del arduo, y siempre ilusorio, ejercicio literario.

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