Opinión

La difícil fraternidad

Edmundo Moure | 05 de octubre de 2020

Ven a nacer de nuevo conmigo, hermano…

Cuando Jesús, después llamado Cristo, conminó a sus discípulos a ese extraño acto de volición cordial que consiste en “amar al prójimo como a sí mismo”, dejó en evidencia su completo desconocimiento del mundo de los escritores y escritoras. Pues, si hubiese frecuentado sus asociaciones gremiales, cenáculos y camarillas, se habría percatado de que esa exhortación estaba fuera de toda posibilidad de concretarse.

Llevo más de medio siglo compartiendo con mis pares, merced a un impulso íntimo de confraternizar, intercambiando experiencias y visiones en el arduo oficio de la palabra. Si se cumple el aserto: “de todo hay en la viña del Señor”, puedo dar testimonio de buenas amistades, sin agradecerlas demasiado, porque las he correspondido. También me he granjeado, a menudo sin percatarme de razones o causas dilucidables, enemistades que bien pudiera calificar de gratuitas; en menor grado, desagradables inquinas acompañadas de groseras descalificaciones, como las que me infligiera un bisoño escriba, funcionario menor de la entidad epónima del gran Pablo, de quien conmemoramos, el pasado día 23 de septiembre, cuarenta y siete años de su pasamento (tránsito a la otra orilla).

Ya surgirán voces disidentes, opinando que hay especialistas nerudianos mejor calificados para dirigir un encuentro de esta clase. Es probable que así sea, pero puse todo mi empeño en superar limitaciones teóricas y flaquezas filológicas.

Hace cinco años iniciamos las tertulias de los lunes en la Casa del Escritor, Refugio López Velarde, con la venia del directorio y la resuelta colaboración de la escritora y editora Antonia Cabezas, con la entusiasta participación del músico Carlos Fonseca y del poeta y guitarrista Sergio del Solar –entre otros y otras cuya mención detallada no es posible en este breve texto–. El propósito esencial de la convocatoria: abrir un espacio de confraternización en torno a lo que cada uno crea y desarrolla en el quehacer literario, no solo para escritores socios, sino para la comunidad más amplia de amantes y lectores, incluyendo a jóvenes y maduros y viejos y ancianos de porfiada juventud; también estudiantes de uniforme que se atreven a leer sus poemas, escritos en el teléfono móvil o en hojas volanderas del cuaderno escolar.

A poco andar, un poeta más o menos conocido en nuestra aldea letrada, se acercó para decirme, en tono algo admonitorio:

-Mira, Moure, tienes que ser más selectivo con los que leen en el Refugio; no es muy agradable escuchar tan mala poesía...

Traté de hacerle entender que el objeto de la tertulia del lunes, lunar o lunática, era (es y será, cuando volvamos) ofrecer un amplio espacio fraternal a quienes deseen expresarse; que no se trataba de un simposio de poetas consagrados, sino de una ancha mesa donde compartir el vino, el pan y la palabra.

De partida, aquel poeta criticó esta imagen como “manida y mistraliana”, advirtiéndome que, de continuar yo con mi predicamento absurdamente democrático, restaría su propio y significativo aporte a los encuentros del lunes. Hizo un mohín de ofensa viva, y se retiró, con aire presuntuoso y parnasiano.

Tuve otras refutaciones varias. Un poeta rancagüino me enrostró mi inclinación por leer a poetas españoles y aun gallegos y portugueses, en lugar de preferir a nuestros creadores autóctonos. (Quizá aún estaba resentido por el “Desastre de Rancagua” y no se había enterado de que los mestizos chilenos somos apenas “huincas” advenedizos). Aun así, hemos dedicado varias tertulias a los poetas Mapuche, y disfrutamos la presencia de Leonel Lienlaf, uno de los mejores, junto a Graciela Huinao, Elicura Chihuailaf y Jaime Huenún. Una poeta mayor (de edad provecta, quiero decir), amenazó con retirarse si insistíamos en la lectura de poemas o cuentos eróticos; de “tono subido”, según recalcó, señalando con el dedo al controvertido narrador, Mario Rayo, cuyo solo apellido da pábulo a palabras incendiarias…

Soy porfiado y persistente; “teimudo”, como se adjetiva en lengua gallega, y seguiré con mi empeño de convocar y aun promover a mis pares, como una suerte de epígono crepuscular y algo ingenuo, aunque muchos de ellos insistan en la odiosa y a menudo resentida “imparidad”... Aun cuando me siga llamando la atención que, cada vez que encomio o difundo la obra de un colega o compañero de oficio, aparecen voces, soterradas o manifiestas, que cuestionan a la autora o al autor, señalándome deméritos o felonías o conjuras que vuelven inapropiado y extemporáneo mi propósito difusivo.

Del “amor al prójimo literario” debiésemos pasar al “perdón de mis ofensas literarias, así como yo perdono a mis pendolistas ofensores”.

No sigo, porque me arriesgo a ser acusado de retórico y aun de barroco por algunos de mis queridos hermanos, hijos como somos todos de la díscola, desapoderada y elusiva Madre Literatura.

¡Salud y buenas palabras!

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