Opinión

Declaración de principios futboleros

Edmundo Moure | 30 de noviembre de 2020

Desde temprano fuimos aficionados al fútbol. Seis hermanos varones, pudimos conformar un equipo de baby o de futbolito. (Nuestras dos queridas hermanas se abstuvieron de patear una pelota; tanto mejor para ellas y su feminidad).

Tuvimos una pequeña cancha en la quinta de La Cisterna, adonde concurrían amigos y vecinos... Mi hermano Toño, experto en confrontaciones deportivas, organizaba encuentros y certámenes.

Mi padre nos alentó a practicar el bello deporte, aunque llegase al arrepentimiento cuando dotamos de precaria y carísima iluminación aquel recinto deportivo. Sí, las pichangas se prolongaban hasta la madrugada. El viejo sacaba el grueso tapón de la electricidad, pero yo lo reponía rápido, mediante una provisión de emergencia que hurtaba del negocio familiar de ferretería. La programación nocturna concluyó con un certero escopetazo que hizo añicos las seis ampolletas de 200 wats. Mi padre no se andaba con chicas.

Cándido padre, como gallego emigrante a Buenos Aires, amaba el fútbol rioplatense, por entonces (década del 50) inmensamente superior al chileno. Quince años más tarde, cuando la televisión nos regaló la indescriptible maravilla de una cancha de fútbol profesional en pantalla, él disfrutaba del juego atildado y superior de los albiceleste por sobre los rojos.

Nos decía: - “Esos de las camisetas celestes juegan fútbol; los rojos apenas patean el balón”.

Ante nuestras protestas por aquella odiosa preferencia, Cándido respondía: - “No es cuestión de nacionalidades, sino de calidad futbolística. Ni más ni menos. Gocen con el buen juego y no sean colocolinos...”.

Desde el mundial del 58 nos hicimos hinchas de Pelé, y aún ahora, en la necia e inútil disputa del "mejor de todos los tiempos", seguimos apostando por Edson Arantes do Nascimento, PELÉ, aunque a los maradonistas les escueza el orto del alma pelotera. No hay ritmo capaz de igualar las evoluciones del moreno 10 de Santos y del mejor equipo de selecciones del universo: el scrartch brasileño.

Todavía soy capaz de levantarme de la silla para aplaudir una buena jugada o un gol letal del equipo adversario al mío, a mi querida Unión Española, porque no soy “colocolino”, es decir fanático, según acertada definición del gallego, y vibro con los “diablos rojos”.

Diego Armando Maradona ha muerto. Pena por el fútbol. Admiré su destreza en México 86, campeonato que vimos en casa materna-paterna, aunque a mi madre nunca le gustó aquel “deporte ordinario”; menos a mi abuela, Fresia Ramírez Salinas, que hacía desaparecer cuanto balón o pelota pudiera extraviar a sus díscolos nietos.

Hay un aspecto esencial, para mí, en el fútbol y en cualquier otro deporte, que resulta inaceptable: la trampa, el engaño aleve que luego se pretende revestir de epopeya. Maradona incurrió en ello a menudo, incluso apelando al expediente miserable de la droga. Pelé apostó por el juego limpio. Nunca fue un “puñalero” del fútbol, aunque yo deteste sus preferencias políticas de perenne desclasado. Pero disfruto a concho verlo danzar sobre el césped, haciendo justicia a su memoria de diestro incomparable. Si hasta como arquero era brillante.

Otra cosa: me hubiese encantado abrazar a mi admirado Fidel, como lo hiciera Maradona en varias ocasiones. (Nunca a Chávez; menos a Maduro).

La degeneración del fútbol profesional, hoy en día, es otro producto perverso del capitalismo salvaje, que suele inventar ídolos con pies de barro y crear mitos mierdosos, transformando a los deportistas en empresarios faranduleros de su talento, al servicio de la hidra que los devora y utiliza.

Me quedo con las añoranzas de las cachañas virtuosas, de los driblings endemoniados, de las gambetas vertiginosas y de los pases al callo, de Diego, y de otros como Di Stéfano, Garrincha o Ronaldinho...

También Caszely y Alexis, aunque sean del Colo; y, por supuesto, de Honorino Landa, la estrella roja que se apagó tan temprano y que nos conmovió en el viejo Santa Laura.

Descansa en paz, pibe Maradona, grande entre los grandes, aunque solo en el verde rectángulo.

¡Dios salve al Rey Pelé!

 

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