“Hacia las últimas décadas del siglo XIX las naciones iberoamericanas, nacidas a la vida independiente al filo del primer cuarto de la centuria, se percataron de que ya eran dueñas de ‘un pasado’. De un pasado que, por natural encorpamiento, ya no era solo un pasado ‘colonial’ sino –y además– ‘nacional’, de un pasado urdido en los repositorios documentales todavía mal organizados y peor conservados, pero también sedimentados en la memoria de las gentes en ese entonces provectas, actores, comparsas, a veces meros testigos de los acontecimientos y procesos fundacionales”, escribe Carlos Real de Azúa en el pórtico del libro Montevideo antiguo, cuyo autor es el notorio Isidoro De María, publicado en la ‘Editorial Universitaria’, Buenos Aires, 1965.
“Llegamos al pueblo grande de Redondela. No pudimos encontrar una posada a pesar de ser una localidad importante. Un peregrino que había ido a Roma a ver la tumba de los Apóstoles y que había llegado hacía poco, como había pasado por Francia, nos ofreció su casa en recuerdo de las buenas posadas de nuestro país”, escribe Fray Claude de Bronseval en la bella y gallega Redondela el 26 de junio de 1532. Es la “vivencia” de la peregrinación a Santiago de Compostela. “Caminamos por espacio de media legua llegando al alto de un montecillo que se llama ‘Monte del Gozo’ desde donde contemplamos el tan suspirado y ansiado Santiago, que quedaba distante como a una legua. Descubierto así de pronto, caímos de hinojos, y fue tanta la alegría que saltaron las lágrimas de nuestros ojos y comenzamos a cantar el ‘Te Deum”, leemos a Domenico Laffi en su texto Viaggio in Ponente a S. Giacomo di Galicia e Finisterre, publicado en Bologna en 1673.
“Al eclipse de la luna, viéndola ir negreciendo, decían que enfermaba la luna, y que si acababa de oscurecerse, había de morir y caerse del cielo, y cogerlos a todos debajo y matarlos, y que se había de acabar el mundo. Por este miedo, en empezando a eclipsarse la luna, tocaban trompetas, cornetas, caracolas, atabales y atambores, y cuantos instrumentos podían haber que hiciesen ruido; ataban los perros grandes y chicos, dábanse muchos palos para que ahullasen y llamasen la luna, que, por cierta fábula que ellos contaban, decían que la luna era aficionada a los perros por cierto servicio que le habían hecho, y que oyéndolos llorar habría lástima de ellos, y recordaría del sueño que la enfermedad le causaba”, leemos en el texto de los Comentarios Reales del Inca Garcilaso, libro publicado en Lisboa en 1609; la segunda (la Historia general del Perú), vería la luz póstumamente en la andaluza Córdoba, en 1617.
“Comenzaré a contaros que Lisboa es capital de Portugal, residencia de su rey, ciudad grandísima, y magnífica, habiendo gran cantidad de población, que para magnificarla los portugueses usan cierto proverbio: quien no vio Lisboa, no vio cosa buena. La ciudad tiene un soberbio puerto de mar, segurísimo, a la orilla del gran río Tajo, por el que introduce la mayor parte de las preciosísimas mercancías orientales, y de otras partes del mundo, y dicho puerto manda para fuera gran cantidad de mercancías a diversas partes de Europa”, leemos en las fervorosas páginas escritas por el viajero Nicola Albani en la ciudad lisboeta el 4 de febrero de 1744.
“Presentar en 1998 una exposición producida en Galicia y pensando en Portugal así nos ha llevado, a partir del criterio de recalcar uno de los muchos lazos de hermandad que existen entre ambos pueblos. Y dada la ocasión de que el punto de partida para iniciar una posible itinerancia era nada menos que esa gran capital europea que es Lisboa, en un momento en su día a día de una Exposición Universal, se estimó que, de algún modo, la propia urbe lisboeta debería de implicarse en el desarrollo de la muestra en cuestión”, escribe el ilustre profesor José Manuel García Iglesias en la excelsa obra titulada Lisboa-Santiago. La espiritualidad y la peregrinación jacobeas, ‘Xunta’ de Galicia, ‘Consellería de Cultura, Comunicación Social e Turismo’, ‘Xacobeo’ 99’/ Galicia.
“Debo puntualizar el criterio que me ha guiado al hacer esta selección y aclarar, de paso, el subtítulo de ‘Antología vivida’. Al releer los Comentarios Reales he tratado de extraer todos los materiales que se pueden suponer respaldados por el vivir del Inca. O sea, todo aquello que, de manera directa o indirecta, se engarza en la médula de su biografía. Pero no olvidemos el coeficiente imaginativo de una obra escrita a tantos años de distancia de la experiencia misma. El Inca Garcilaso prodiga en sus obras las aseveraciones: ‘Yo lo vi’, ‘Yo lo hice’, ‘Yo lo oí”, escribe el eminente filólogo y profesor de Literatura Juan Bautista Avalle-Arce en la ‘Aclaración preliminar’ de su inigualable libro titulado El Inca Garcilaso en sus ‘Comentarios’ (Antología vivida), Editorial Gredos, Antología Hispánica, nº 21, Madrid, 1970.
“Namentres que as creacións literarias dos demáis pobos europeos xa fai tempo que son patrimonio de xente culta, ben pouco se sabe, entre nós, da cultura e da literatura dos celtas. Da literatura dos irlandeses, a ponla máis vizosa da álbore céltiga, somentes se conocen as obras da escola poética anglo-irlandesa, dende Thomas Moore hasta William Butler Yeats e Synge, que por estaren escritas nunha lingua allea non poden dar, como é natural, unha imaxe fiel do esprito celta”, escribe el filólogo checo Iulius Pokorny en la ‘Introducción’ de su obra Cancioeiro da poesía céltiga, publicada en edición ‘facsímil’ por ‘Bibliófilos Gallegos. Biblioteca de Galicia, nº V’, y traducida por los escritores y filósofos gallegos Celestino Fernández de la Vega y Ramón Piñeiro en Santiago de Compostela en 1952, como “Homenaxe do Consello da Cultura Galega, 1991”.
Repasando la geografía chilena, la ribera sur del Estrecho está constituida, en su parte oriental, por la Gran Isla de Tierra del Fuego; en su parte occidental, por otras islas de dimensiones menores, a saber: Dawson, Capitán Aracena, Clarence, Santa Inés, Jacques y Desolación. Bajo el nombre de “Tierra del Fuego” se designa a toda la región situada al sur del Estrecho de Magallanes. De modo contrario, las islas y penínsulas que se hallan al norte del Estrecho, solitarias, suelen estar habitadas de manera estable. Así es como –frente a Magallanes– se presenta Puerto Porvenir, señalado centro ganadero; en el interior existen también no pocas “estancias”. En las costas del canal de Beagle se encuentran muchos centros agrícolas y ganaderos, especialmente en la costa argentina.
Sobre mi atril tengo la magnífica obra de ‘Bibliófilos Gallegos. Biblioteca de Galicia, número V’. Heme ante el Cancioeiro da Poesía Céltiga, cuya autoría corresponde a Julius Pokorny, traducido por el profesor y ensayista lucense Celestino Fernández de la Vega y el filósofo y humanista Ramón Piñeiro. La publicación tuvo lugar en Santiago de Compostela en 1952. Inefable libro que vio la luz en 1991 como “Homenaxe do Consello da Cultura Galega”. Esta traducción –la primera hecha a lengua romance de las poesías celtas recogidas y publicadas por Julius Pokorny con el título de Altkeltische Dichtungen– fue premiada en el II Concurso de la Editorial de los Bibliófilos Gallegos, año de 1951.
Acá, en Ancud, se percibe, diferenciándose de la población de Castro, que el ser humano ha venido de otro lugar. Se transparenta el “español”. Excepto la frecuencia lluviosa así como las casas de madera, la ciudad de Ancud bien pudiera estar fuera de Chiloé, aunque, eso sí, sin cambiar de espíritu. En Castro, no obstante, ya se observan casas anchas, simpáticos muchachos, de baja estatura, una pizca rechonchos, mas de generosas espaldas, dotados de una vivísima charla, tanto que, desde el primer instante, nos interrogamos qué rara lengua hablan estas gentes, porque no la podemos entender.
Como lo realizó don Alonso de Ercilla –el épico autor de La Araucana–, dejamos la tierra firme a través del canal de Chacao, si bien hubiéramos podido elegir la partida desde Puerto Montt, por mar. De improviso, nos topamos con una alargada costa sembrada de islas; tan extensa que podríamos creer que forman parte de un continente. Henos ante el prodigioso collar de islas de Chiloé. Chacao fue el “desaguadero” de un viejo lago que ocupaba completamente el golfo de Reloncaví. Cuando se hundió la región, Chiloé quedó metamorfoseada en isla: la “Isla Grande”, que llaman los “chilotes”. Pues, en verdad, 8.394 quilómetros cuadrados es, por ejemplo, una extensión suficiente para dar cabida a tres Ducados de Luxemburgo. Es, empero, la región chilena con menor densidad de población.
La ciudad de Tui tuvo una gran significación en los aconteceres de la Galicia Medieval y Moderna como “plaza fuerte” durante la guerra de “Restauración Portuguesa”. Al inicio de 1809 padeció enormes y numerosas pérdidas a causa de la invasión francesa por parte de las tropas del mariscal Soult, porque la habían designado “cuartel general”. He aquí una encrucijada de severos caminos entre el sur de Galicia y el norte de Portugal. Porque, en efecto, por estos lugares pasaba la “via XIX” del “itinerario” del romano Antonino, la cual –partiendo de Bracara Augusta– se dirigía a Lucus Augusti y a Brigantium, constituyendo siempre un insólito “centro de comunicaciones” y con sus singulares puertos fluviales durante la Edad Media.
Siempre que aludimos a la ciudad chilena de Valparaíso, existen dos adverbios de lugar que nos persiguen: “arriba” y “abajo”. Porque, claro es, los “porteños” no conciben otro aspecto topográfico que el de consultar los horóscopos de los cerros. La mayoría conocemos la parte baja de la ciudad, mientras que ignoramos esa segunda mitad, mucho más extensa, que se dilata en las alturas. Así comprendemos que el pensamiento de los “porteños” ha sido, día y noche, “subir”. Porque los cerros son empinados, de modo que incluso los automóviles han de hacerse cruces para alcanzar los barrios altos. Al igual que en la populosa ciudad gallega de Vigo –también en las italianas de Génova y Nápoles– Valparaíso es una población “vertical”.
“La antigua ciudad episcopal tudense, una de las siete capitales del Reino de Galicia hasta 1833, se halla situada sobre una rocosa colina, al borde del río Miño, en la frontera con Portugal. De míticos orígenes griegos, aparece, en la época romana, con el nombre de Castellum Tyde como cabeza de la comarca de los Grovios, perteneciente al Conventus Bracarensis. Fue capital en la época de los suevos y visigodos, en donde acuñaron moneda de oro. El rey Vitiza tuvo su corte y palacio en la inmediata entidad menor de Pazos de Reis”, leemos en las páginas del bello e imprescindible libro La Catedral de Tui. Historia y Arte, cuyos autores son Domingo Cameselle Bastos y Ernesto Iglesias Almeida, con fotos de Pío García, y publicado en ‘Edilesa’, León, 2004.
En Valparaíso, a la luz del sol, casi nunca matinal, contemplamos un agrupamiento de irregulares viviendas que coronan los cerros, que se internan dentro de un vaho azul debido a las quebradas muy hondas. Los cerros salen ahora a abrazar el mar. Todo se extiende por ‘El Almendral’ y se abre paso frente al ‘Barón’. ¡Hermoso collar de perlas que engarza el ‘camino plano’! Más lejos, los balnearios de Recreo y Viña del Mar; siguiendo la costa, he ahí Reñaca, Montemar y Concón. Al oeste, Valparaíso lleva un saliente y un faro: Punta de Ángeles. En la zona alta, alrededor del faro, nos hallamos ante el barrio de Playa Ancha que nos regala un acervo de antiguos ‘chalets’, estilo 1900, con un jardín romántico, fértil en papayos, parrones y palmeras que el viento sacude entre remolinos de polvo.