Opinión

Habitualmente, a este fenómeno de los países que son poblados por extranjeros, a los países de formación aluvial, como bien definió el lúcido José Luis Romero, en la parte dolorosa que encierra, en el hecho de abandonar otra patria, siempre se lo presenta desde el punto de vista de esos extranjeros, digamos de los padres, de los que vinieron de otros países y tuvieron que sufrir el desgarramiento de dejarlos, de alejarse.
Muy pocas veces, en cambio, se ha considerado la otra parte de la cuestión, es decir, cómo se enfrentaron con esa nueva situación los primeros hijos de aquellos extranjeros, en esos nuevos lugares de nacimiento. Es normal aludir al desgarramiento, como dije, cuando se habla de la emigración. Pero está también el otro desgarramiento, el de sentirse vivir como en dos mundos a la vez, ese desgarramiento que acaso puede considerarse ontológico, porque la misma condición humana ya es desgarrada de por sí. Pero, insisto, nunca se ha considerado que ese desgarramiento palpita asimismo, lo sepan ellos o no, consciente o inconscientemente, sobre todo en los primeros hijos locales de esos inmigrantes. Lo que no dejará por supuesto de traer sus consecuencias.
Este problema es sin duda individual, personal, es un problema muy íntimo, muy hondo. Pero también se lo puede detectar quizás en actitudes sociales, en comportamientos más o menos colectivos. En la Argentina, por ejemplo, se dice, como ya apuntamos, que la primera generación masiva de hijos de inmigrantes fue también –¿sorpresivamente?– la primera generación de compadritos y de nacionalistas. No sé si basta con entender que ello no resultó sino una manera de afirmarse en el nuevo contexto, una forma que luego se manifestaría bajo muchas otras formas de negar el propio origen y adaptarse a las circunstancias, por hirientes que fueran, o precisamente por eso: negar el propio origen de hijo de extranjeros, y afirmarse a la vez como prototípico y como ultra patriota, cuando no como patriotero.
La identidad de los argentinos, lo que llamamos la identidad cultural, social, la identidad humana concreta, completa, a la vez individual y social de la gran mayoría de los argentinos, está inexorablemente entrelazada, por acción o colisión, con este asunto. Es imposible escindir ya de la identidad argentina este problema de los hijos de inmigrantes y de cómo han asimilado ellos, o les han dejado asimilar, esa inmigración. Es bien sabido que en el mundo hay claros ejemplos al respecto. Dos de las identidades nacionales más características del planeta son directamente las de dos enormes patrias creadas por la inmigración, cuando no por el mestizaje. El melting pot norteamericano y el “paraíso racial” brasileño (más allá de sus propias contradicciones, tantas veces harto dolorosas inclusive) no necesitan declamar su identidad nacional, la tienen, bien viva y en ejercicio. De tal modo, que ni temen que sus descendientes locales de otras colectividades mantengan también viva la relación con sus ancestros sin dejar de sentirse profundamente, activamente ligados con su nuevo medio.
Yo no creo en absoluto que el amor a la patria, que el tan mentado nacionalismo, sea fuerte cuando es conquistador, cuando se impone, cuando es xenófobo. Por el contrario, retomando una bella alusión de André Breton creo que deben fomentarse, por el bien de todos, las tendencias xenófilas. Una identidad cultural, social, nacional, comunitaria, es fuerte cuando es capaz de convivir libremente con otras sin perder la propia y enriqueciéndose con ello. Creo que esa es la gran fortuna, la gran riqueza que aportaron los inmigrantes a la Argentina y, al mismo tiempo, siento que es importante que nos asumamos evidentemente como lo que somos, es decir como una nación mestiza, incluso geográficamente.
La Argentina es un país que, por su territorio, bien podría ser muchos países. En Europa, por ejemplo, podríamos llegar a constituir acaso seis, siete u ocho países con identidades geográficas diferentes. No sólo el sano federalismo, todavía en realidad nunca del todo concretado entre nosotros, sino otros actuales modelos europeos como el feliz regionalismo que ha articulado hace tiempo Italia o el modelo español de Estado de las autonomías, podrían quizá ofrecernos –precisamente a nosotros, descendientes en gran medida de italianos y españoles– fértiles ocasiones para meditar.
Somos un país mestizo y, aunque algunos prejuiciosos lo infieran, ser mestizo no es ningún defecto sino que, por el contrario, es una riqueza. Ser mestizo y no ser descendiente de conquistadores, además, ser hijos de inmigrantes, en nuestra gran mayoría, y de inmigrantes tan esforzados como pobres (como bien dijo de sus propios compatriotas el escritor Alfredo Conde, los gallegos que llegaron aquí “venían de la necesidad”), no sólo nos da el orgullo del esfuerzo y del trabajo, sino que vuelve irrisorio el malentendido de quienes todavía se avergüenzan de ello, como un pecado de origen, como una lacra de casta. Los que sí tendrían que avergonzarse son quienes obligaron a los inmigrantes a abandonar sus propias tierras para venir a buscar trabajo, futuro en otro país.
La generosa disposición para adaptarse y echar raíces que se constata en muchos emigrantes, resulta para mí sumamente adecuada, cuaja perfectamente con lo que imagino sería la deseable identidad argentina: rica, variada, fecunda, firme, flexible y mestiza. Una identidad dialéctica, en ejercicio, que podría inclinar sus intereses más bien en una permanente actitud de búsqueda, de indagación y de enriquecimiento, antes que congelarse en un pretendido bloque modélico del tipo “ser nacional”, impuesto de antemano y que, no por casualidad, vino a coincidir históricamente entre nosotros con las lamentablemente trágicas consecuencias de una supuesta “doctrina de la seguridad nacional”, en teoría enclaustrada y a la defensiva, pero en la práctica sometida por lo general a los imperios de turno, a los criterios de poder que imperaban en los sectores dominantes del planeta.
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