Opinión

“La poesía sopla donde quiere” (Murilo Mendes)

Para quienes todavía pretenden acusar a la vanguardia latinoamericana de emular modelos foráneos, ha de resultar sin duda una singular evidencia que tanto los provincianos modernistas brasileños de São Paulo en 1922 como el también provinciano César Vallejo que edita su revolucionario ‘Trilce’ ese mismo año, se hayan anticipado nada menos que a la publicación del ‘Primer Manifiesto del Surrealismo’, de André Breton, que vio la luz en octubre de 1924, iniciando así la etapa más orgánica y brillante de la vanguardia europea.
Cuando la poesía de nuestra América hispana recién comenzaba a despertar, entre bostezos, de la larga modorra del modernismo (esa enfermiza secuela de lo peor, de lo que no había de genio en la retórica que sucedió a Rubén), la otra América que habla portugués ya le había retorcido –y sabiamente– el cuello al cisne. Porque, a partir de la famosa Semana de Arte Moderno, realizada en São Paulo en febrero de 1922, pero recogiendo muchos y valiosos antecedentes que ya estaban en el aire, el modernismo brasileño proyecta, encara y concreta una renovación total y profunda de la poesía de su país. Dentro de ese fecundo movimiento, que supo atender al mismo tiempo a los reclamos más sinceros de la auténtica sensibilidad nacional y popular, sin dejar de prestar oídos atentos a las más valiosas experiencias de la mejor poesía universal contemporánea, la voz de Murilo Mendes se destaca con nítida personalidad original entre sus brillantes compañeros de generación.
Los mismos que, con la fraternal generosidad que siempre los caracterizó, no dejaron de hacerle pública su adhesión. “Gran poeta / Conciliador de contrarios / Incorporador de lo eterno a lo contingente”, lo llamó –con justicia– Manuel Bandeira. Y Jorge de Lima pudo afirmar: “Murilo Mendes es el mayor distribuidor de poesía que nunca conocí”. Y otra de las grandes voces –de indudable validez universal– de ese movimiento, Carlos Drummond de Andrade, afirmó con simplicidad y grandeza en un poema de madurez: “Bebo en Murilo”.
Quizá esas frases no alcancen a trasmitir el clima de efervescencia y de alegría, de optimismo franco y de trabajo riguroso, que rodeó la vida y la tarea de aquella generación. Así como las palabras alcanzan apenas a contagiar la vitalidad y el dinamismo de ese latente universo que es Brasil. Pero es sin duda en la obra de esos grandes poetas, y muy especialmente en la de Murilo Mendes, donde será posible rastrear, detectar, aprehender, gozar, palpar el aire generoso y enriquecedor de la vida cultural brasileña.
Nacido en Juiz de Fora, estado de Minas Gerais, en 1902, Murilo Mendes perdió a su madre cuando tenía sólo un año y medio. Su adolescencia fue célebre por lo tumultuosa e inestable: ocupaciones, estudios y trabajos eran abandonados por él con pasmosa celeridad. Por ejemplo: una violenta discusión con un colega cura, le hizo dejar estruendosamente un cargo de profesor de francés. (Si bien Murilo llegó a acusar al clérigo de intentar seducir a su novia, éste le devolvió la afrenta denunciándolo como difusor de Rousseau.) Más tarde, cerca de 1922, consigue empleo en un banco de Rio, y allí comienza su provechoso contacto con los modernistas. Al pintor Ismael Nery y al poeta Jorge de Lima se debe su redescubrimiento del catolicismo. Durante varios años, entre 1929 y 1932, no se le conoce ninguna ocupación, salvo la de organizar largas audiciones nocturnas de Mozart y Bach. Su primo, el singular Anibal Machado, lo ubica finalmente en su escribanía, donde permanece hasta 1936.
Mientras tanto, y lo que es más importante, ya han ido apareciendo los primeros libros de Murilo: ‘Poemas’ (1930), ‘Historia del Brasil’ (1932), ‘Tiempo y eternidad’ (1935) y ‘La poesía en pánico’ (1938). En ellos, y desde un comienzo, ya quedan bien marcadas las características fundamentales de su poesía: inventiva y sensibilidad, vitalidad plástica y humanísima, desparpajo y honda preocupación ética y moral, pasión y contradicción.
Hacia 1940 conoce a la bella Maria da Saudade Cortesão, con la que se casa siete años después, y a la que seguirá dedicando, durante toda su vida, poema tras poema, libro tras libro.
Antifascista convencido, amigo de los republicanos españoles y de la oposición antisalazarista portuguesa, el ascenso del nazismo y el espantoso holocausto de la segunda guerra mundial marcan dolorosamente su ser y su poesía, como lo prueba el tono amargo y desesperado de no pocas páginas de sus libros siguientes: ‘El visionario’ (1941), ‘Las metamorfosis’ (1944), ‘Mundo enigma’ (1945) y ‘Poesía libertad’ (1947). Es conocido el texto del telegrama que dirigió a Hitler al estallar la guerra: “En nombre de Wolfgang Amadeus Mozart protesto contra ocupación Salzburg”.
A partir de 1952 comienza una serie de viajes por Europa. De regreso, su contacto con Minas Gerais origina ‘Contemplación de Ouro Preto’ (1954), un libro donde su expresión, ya madura, comienza a afinarse en la sujeción a un tema. Instalado en Europa con una cátedra en la Universidad de Roma, no tarda en ahondar su amistad con importantes escritores y artistas del continente, como Jorge Guillén, Albert Camus, Joan Miró, Henri Michaux, André Breton, Marc Chagall, Jean Cocteau y Rafael Alberti. Giuseppe Ungaretti lo traduce al italiano, y Dámaso Alonso al español. A su vez, ahonda su percepción siempre abierta sobre Italia y España con otros dos libros de madurez: ‘Siciliana’ y ‘Tiempo español’, ambos de 1959.
En 1970 publica su último libro: ‘Convergencia’, donde reúne las nuevas experiencias que venía elaborando desde mediados de la década del 60, en coincidencia  con el nuevo espíritu de la vanguardia brasileña. Lo que no resulta en absoluto casual: ya en 1944, el suyo es uno de los muy pocos nombres extranjeros incluidos en el legendario único número de la revista ‘Arturo’, que daría origen a algunos de los movimientos más exigentes de la vanguardia argentina. En 1972, a los setenta y un años, recibe el Premio Internacional de Poesía Etna-Taormina. Muere en Lisboa, poco tiempo después, el jueves 14 de agosto de 1975.
Católico en conflicto interno con toda jerarquía, naturaleza sensual y al mismo tiempo profundamente mística, pagano adorador de la Mujer y totalmente enamorado de su propia mujer, alma atormentada por las miserias y dolores de los más humildes como deslumbrada por la belleza del mundo y la calidez de la vida, Murilo Mendes se nos muestra voluntariamente como un ser sensibilísimo, de agudas contradicciones que prueban su humanidad. (Como Vallejo, logró reunir erotismo y religión.) Contradicciones que son resueltas por él, con certero y seguro instinto, en su poesía. Allí, en el lenguaje, en su palabra, lugar de reconciliación y de expansión del amor y de la muerte, del alma y de la carne, del dolor y la vida, Murilo Mendes se alza en la unidad de su voz humanísima, y nos invita a una celebración siempre renovada.
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