Opinión

Entre los muchos grandes artistas plásticos que dejaron sus huellas fecundísimas en el siglo XX, uno hay cuya personalidad sin duda avasallante resulta, en gran medida, excepcional. Dotado desde muy temprano con una increíble creatividad, con una ansiosa e insaciable capacidad de trabajo, que lo llevó a ejercer con maestría exigente todas las disciplinas de su oficio (pintura, dibujo, escultura, grabado, cerámica, por ejemplo), sin olvidar sus incursiones en la poesía y el teatro, fue también incluso humanamente una personalidad tantálica, devorado por la permanente avidez de poseer y degustar, casi rabelesianamente, todas las bellezas y los esplendores de la vida terrestre.
El resultado es una obra vasta, multiforme y proteica, que no admitió límite alguno, y que siempre lo devolvía, nuevo Sísifo, a ser un condenado –felizmente condenado– a la renovación perpetua. Esa misma pasión generadora y devorante, que como el Fénix renacía a cada vez de las cenizas de su llama, predominó también incluso, con demoledora coherencia, hasta en más íntimos aspectos de lo que nunca pudo ser llamado su vida privada, ya que todo lo que hizo se volvía siempre público.
Mucho antes de que se constituyera desgraciadamente sobre el planeta la bien llamada sociedad del espectáculo, que ha culminado globalizando la banalidad del show, Picasso tenía plena conciencia de que él ocupaba el centro de la escena de su tiempo, sí, pero nunca dejó de ser él mismo, provocador y cambiante hasta el final, sin someterse en absoluto a las pautas que ya entonces sabían domesticar el éxito. Porque no sólo fue un gran artista, para nada complaciente, ni siquiera consigo mismo, sino que fue también un hombre que, incluso en las cumbres de la fama, supo siempre ser solidario con el dolor de los humildes y humillados, como ha quedado plasmado para siempre en su genial ‘Guernica’.
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