Opinión

¿Es Mario Vargas Llosa un liberal?

En principio, me desilusionó.  Después de tanta hipócrita bulla mediática, que aprovechó para clamar “¡censura!” un leve desacuerdo inicial, rápida y limpiamente cicatrizado por la Presidenta argentina, Mario Vargas Llosa habló al fin en la mal llamada Feria del Libro de Buenos Aires (que debería ser en realidad Feria del Negocio del Libro). Y lo hizo por supuesto sin limitación alguna, ante un público que dispuso no de una sino de dos salas, todo el acto (que cerró un largo monólogo disfrazado de entrevista) fue transmitido íntegro por televisión, los diarios y los medios adictos lo arroparon como siempre, y hasta el nada complaciente ‘Página/12’ le dedicó la tapa y un reportaje en sus tres primeras páginas.
Su acotada alocución, leída, no me resultó al cabo llamativa ni por el brillo literario, ni por la novedad de los conceptos. La vulgata neoliberal fue reiterada, como si el Consenso de Washington o la reaganomics no hubieran estallado, tal como lo están ahora mismo padeciendo sus pueblos, en el mismísimo Primer Mundo. Pero algo no cesa de sorprenderme: que se sigan contrabandeando ideas opuestas bajo palabras que las contradicen. Hace ya mucho tiempo que, como anunció George Orwell en su difundido ‘1984’, se reiteran vocablos que significan exactamente lo contrario de aquello que se les quiere hacer decir. Una de esas palabras, ya desde hace mucho trajinada es, por ejemplo, “liberal” y su genérico, “liberalismo”.
Sólo de manera burda, pero a la vez cínicamente eficaz, se puede intentar aplicar esos rótulos a lo que, en carne propia, nos tocó a los argentinos empezar a padecer bajo la siniestra dictadura del Proceso –cuyo verdadero objetivo fue efectivamente comenzar a someter nuestra economía– para culminar en los posmodernos años noventa del menemismo: desguazamiento del estado y la industria nacional, liquidación de los derechos sociales y laborales, indefensión ante la rapacidad financiera y multinacional, quebranto y miseria general, anulación de la entidad de ciudadano y de persona, imposición de criterios de rentabilidad empresaria como único valor, incluso en la salud y en la educación, haciendo tabla rasa de toda solidaridad, imponiendo un vaciamiento ya no sólo económico sino ético y cultural, promoviendo un individualismo tan egoísta que resulta suicida.
Como bien dijo un gran intelectual antifascista italiano, Elio Vittorini, “la milenaria corriente liberal en la cual la revolución de clase de la burguesía supo a su tiempo insertarse”, tiene raíces hondas y una larga historia de enfrentamientos con el absolutismo monárquico y el totalitarismo religioso, que pretendían ocupar y regir toda la escena cultural y social. Y se puso de manifiesto, entre los siglos XVIII y XIX, con las grandes revoluciones europeas y americanas, americanas y europeas, que dieron origen a las naciones modernas.
Los derechos civiles y los derechos humanos son el resultado de una larga epopeya, a la vez siempre inconclusa. “Porque la libertad de expresión está en peligro siempre. La amenazan no sólo los gobiernos totalitarios y las dictaduras militares, sino también, en las democracias capitalistas, las fuerzas impersonales de la publicidad y del mercado. Someter las artes y la literatura a las leyes que rigen la circulación de mercancías, es una forma de censura no menos nociva y bárbara que la censura ideológica”.
Quien dijo esto fue alguien al cual los seudoliberales solían en apariencia rendir culto, pero de quien se cuidaron bien de difundir esos conceptos: el mexicano Octavio Paz. El mismo que, en reportaje de Jacques Julliard para ‘Le Nouvel Observateur’, agregó: “Tocqueville vio eso bien. Habla de una vulgarización de la vida democrática y hasta de una incompatibilidad entre la poesía y la democracia moderna. La cuestión subsiste. Se habló del desastre del autoritarismo, sería preciso hablar del desastre del capitalismo liberal y democrático, en el dominio del pensamiento como en el de la vida cotidiana; la idolatría del dinero, el mercado transformado en valor único que expulsa a todos los otros”.
Es decir, algo que ya sabían muy bien liberales como el nicaragüense Augusto César Sandino, capaz de oponerse al imperialismo estadounidense. O como nuestro Lisandro de la Torre, autodefinido como “liberal orgánico”, que pagó con la vida su lucha contra la corrupción encarnada, entre otros, por los grandes frigoríficos ingleses. O como el perpetuo disidente Bertrand Russell que, siendo aristócrata, empezó como pacifista preso y terminó presidiendo el Tribunal Internacional para los Crímenes de Guerra en Vietnam.

Liberales como el italiano Randolfo Pacciardi, comandante del Batallón ‘Garibaldi’, que combatió en las Brigadas Internaciones defendiendo a la República española y que, tras la liberación, fue el único Ministro de Guerra que convocó un concurso de poesía. O como sus compatriotas, los hermanos Carlo y Nello Rosselli, aquellos “socialistas liberales” asesinados por el fascismo. Como lo fue el precoz Piero Gobetti, fundador del legendario periódico ‘La Revolución Liberal’ pero capaz de escribir en el de Gramsci. Y como el lúcido pensador Norberto Bobbio, que preconizó toda su vida el reencuentro de la revolución social con los valores liberales y, en plena vigencia de la absurda profecía de Fukuyama, nos dejó su libro ‘Derecha e Izquierda’, subtitulado ‘Razones y significados de una discusión política’.
Liberales como sin duda fue nuestro Presidente Arturo Illia, acaso una de las últimas esperanzas de la democracia argentina antes de la hecatombe, a quien destituyó un premonitorio golpe militar por enfrentarse a las multinacionales del petróleo y los medicamentos, y no por su supuesta inercia. O como el socialista Carlos Sánchez Viamonte, que llamó Liberalis a su revista. O como el científico y humanista Mario Bunge, quien se proclamó “liberal de izquierda”.
Me parece injusto, y me parece equivocado, permitir que se siga encubriendo con los dignos nombres de “liberalismo” y “liberal” lo que en realidad debería ser denominado “neoliberal” o “neocon”. Porque no es casual (nada es inocente en asuntos de lenguaje), que Norteamérica siga empleando el término inglés “liberal”, acentuado fonéticamente en la “i”, con el significado de “progresista”.
Un liberal auténtico se enfrenta sí con los poderes del Estado, cuando éste daña la libertad individual o cívica, pero lo hace enfrentándose también, en defensa de los mismos derechos, contra cualquier otro poder que se proponga amenazarlos: sea social, militar, religioso, cultural o, en estos tiempos, primordialmente económico, Ningún liberal que se precie puede defender, si quiere serlo, monopolios, oligopolios, corporaciones y multinacionales, económicas o financieras, y peor aún si son globalizadas, universalizadas, frente a las cuales el individuo no tenga el simple derecho a decir “no”, ese derecho que es orgullo y garantía de cualquier liberal.
Desenmascarar a los seudoliberales de esta época, que no se amilanaron en propiciar o ser funcionarios de dictaduras sangrientas, como las de Videla y Pinochet por citar sólo las dolorosamente cercanas, es precisamente la tarea de cualquier liberal. Porque no fue, claro, Martínez de Hoz, con su discurso ultraliberal pero en realidad letal ministro de Economía del Proceso militar en la Argentina, el primero que engrilló a nuestro país con la maldita deuda externa, quien lo dijo, sino que se debe a León Trotsky esta afirmación: “El liberalismo fue, en la historia de Occidente, un poderoso movimiento contra las autoridades divinas y humanas, y con el ardor de la lucha revolucionaria enriqueció a la vez la civilización material y la espiritual”.
Y no fue por supuesto Domingo Cavallo, otro ministro argentino de Economía de funesta memoria y largo recorrido, desde la dictadura a Menem y aún más allá, hasta De la Rúa, siempre bajo el paraguas de un cacareado “liberalismo” que en la práctica era exactamente su contrario, sino que fue el mismísimo y reconocido padre fundador del imaginado “liberalismo económico”, nada menos que Adam Smith, quien aclaró lo que es evidente pero tantos callan: “Ninguna sociedad puede prosperar y ser feliz si en ella la mayor parte de los miembros es pobre y desdichada”.
Pero sí fueron de otro veterano seudoliberal argentino, Mariano Grondona, en su columna del diario ‘La Nación’, de Buenos Aires, el 29 de octubre de 2000, estas palabras que delatan con absoluta nitidez a qué nos estamos refiriendo: “Tendremos que resignarnos, por lo visto, a la idea de que la democracia contemporánea no es íntegramente democrática, sino un sistema mixto entre dos elementos: el voto formal y las encuestas; y un elemento oligárquico: el poder económico”.
¿Es ése un punto de vista “liberal”?, me animaría a preguntarle a Mario Vargas Llosa, si confiara en su voluntad de responderme. Pero quien lo hace sin duda, de antemano, es uno de los últimos grandes humanistas europeos, un firme devoto de la mejor literatura: George Steiner, para quien: “Hoy, la censura es el mercado”.

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