Opinión

El cuatro de septiembre de cada año se celebra en la Argentina el Día del Inmigrante. Quizás ha llegado la hora de comenzar a percibir en ese acontecimiento una significación más profunda y más amplia, dentro de la compleja, rica y fecunda identidad nacional.
Porque todos los que no tenemos el legítimo orgullo de contar con sangre indígena, somos en la Argentina descendientes de “los que vinieron en los barcos”. Unos lo hicieron hace siglos, en tiempos de la conquista y la colonización, y otros lo hicieron entre mediados o fines del siglo XIX y la primera mitad del siglo XX, cuando esta tierra, que se auto proclamaba pujante y generosa, aparentemente henchida de promesas y de futuro, decidió abrir sus brazos –como lo estipulaban claramente el Preámbulo y el artículo 25 de la Constitución Nacional de 1853– a todos los hombres del mundo que quisieran habitar en el suelo argentino.
¿Quién podría ya hacer diferencias, en esta Argentina de hoy, entre argentinos de uno y otro origen? Si somos un país aluvial, como afirman los antropólogos sociales, también somos un país inmenso, en muchos casos todavía por poseer cuando no por descubrir. Y hoy sabemos además que a la inmigración externa, prácticamente interrumpida, la sustituye ahora en muchos casos la migración interna, que se desplaza de un punto a otro de nuestro territorio. Y a la que se agrega también la inmigración de los hermanos países limítrofes, muchas veces con economías todavía más castigadas que la nuestra.
La Argentina es así un país hecho de pasado y de futuro, hecho de hijos del suelo y de hijos de la sangre –como por otra parte lo fueron también muchos otros países–, y nuestro desafío no está a nuestras espaldas sino en nuestro porvenir. Un porvenir que sólo puede ser construido por todos, los hijos de la tierra, los hijos del pasado, los hijos más recientes. Uno es el mismo desafío para todos, una es la misma esperanza: consolidar la democracia real en esta tierra, consolidar a la Argentina como un país con posibilidades de justicia, de libertad y de progreso para todos sus hijos, sin discriminación alguna.
Por eso son dañinos, son nocivos, además de dolorosos, aquellos primeros resquemores, aquellos prejuicios que espíritus resentidos intentaron hacer rodar contra los inmigrantes. Y que, desgraciadamente, todavía se perpetúan, enquistados pareciera como en el inconsciente colectivo de nuestra sociedad. Los hombres y mujeres que dejaron sus hogares en los cuatro rincones del planeta para venir a echar aquí sus raíces, no lo hicieron por lo general en pos de ninguna quimera del oro, buscando el éxito fácil o instantáneo para pegar la vuelta de inmediato, en cuanto lo hubieran conseguido. Vinieron con sus hijos en brazos y todo su destino muchas veces en una pequeña maleta. Vinieron para quedarse y no por una temporada –como tantos capitales golondrina, en cambio, como tantos siniestros fondos buitre sí lo hacen–. Vinieron para hacer aquí sus vidas, para fundar o asentar sus familias, para crear sus trabajos e inventarse un porvenir que debería haber sido nuestro presente.
Esos inmigrantes, a quienes la Argentina les parecía un sueño, son hoy (en sus hijos y en sus nietos) también la realidad concreta, constructiva, posible y tal vez aún esperanzada de la Argentina. Son la Argentina, la Argentina que soñaron e imaginaron desde lejos, y que luego construyeron aquí con su amor y su trabajo. Son la Argentina en cuyo suelo la gran mayoría de ellos eligieron dormir el sueño eterno, de igual modo y con igual derecho que también son la Argentina los dignísimos descendientes de nuestros indios, de nuestros gauchos, de nuestros primeros pobladores. Si todavía queda un futuro por hacer, sería mejor que fuera un futuro para todos, en el que todos tengan un futuro, y aunque parezca imposible imaginárselo ese futuro está empezando permanentemente, ahora, cada mañana, cada día.
Gracias entonces por haber estado con nosotros, hombres y mujeres que ya son también de aquí, que nos trajeron la riqueza de otros cielos, de otros aires, de otras lenguas, folklores, costumbres y culturas, que nos han hecho más argentinos de lo que éramos, porque la Argentina quiso ser alguna vez y aún debería seguir queriendo ser –a pesar de todo– una tierra abierta, libre, honesta, trabajadora, tesonera y cordialmente fraternal.
Gracias, en los hijos y nietos, en la labor cumplida, en los campos, en los talleres y en las fábricas, en todos los horizontes del país, en el laboratorio y en el aula, en la cooperativa y en la biblioteca, en el concierto y en el sindicato, gracias a ustedes, inmigrantes, por todo el esfuerzo y el amor que le dieron al país mientras lo iban haciendo, gracias por ser el país, por ser nosotros, más argentinos que nunca, tan argentinos como siempre.
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