Opinión

Por suerte ya no soplan esos vientos. Pero hubo un momento, en la Argentina, donde los libros anunciados como de “chistes de gallegos” –siempre de bajísimo nivel intelectual pero con una dosis de racismo violentamente agresiva–, llegaron a venderse desgraciadamente como pan. En consecuencia, se acentuó su producción. Siempre hubo escribas disponibles, aun para las apetencias más escatológicas del poder o del mercado. Sólo que ahora, tal vez más que nunca, realmente “la panza es reina y el dinero Dios”, como bien dijo el ya citado Discépolo.
Claro que, de todos modos, sorprendía ver tanto interesado en olisquear las heces. La vertiginosa caída en picada de nuestra educación pública, la profunda crisis de valores éticos que afecta a toda nuestra sociedad, junto con la trágica banalización de pésimo gusto que vienen imponiendo arrolladoramente los grandes medios masivos de difusión (encabezados por la bendita pantalla de tevé), no resultan sin embargo del todo suficientes para explicar por qué un patético caso de racismo tan ramplón conseguía entre nosotros insólitas audiencias.
Mucho antes de que los psicoanalistas comenzaran a utilizar en sus tratamientos la idea de proyección –se endilga a terceros lo que nos angustia en nosotros mismos de modo intolerable–, uno de los escritores que más a fondo caló en los entresijos de nuestra vida social, en el subsuelo de nuestra tan manoseada identidad, fue sin duda el impar Roberto Arlt. Pues bien, durante 1935, en una de las no hace mucho descubiertas Aguafuertes gallegas, el indeleble autor de Los lanzallamas supo afirmar en forma lapidaria que “Nuestro desapego por el trabajo físico, es tan evidente que de él ha nacido la desestima que cierto sector de nuestro pueblo experimenta hacia la actividad del gallego. Convertimos en síntoma de superioridad la falta de capacidad. Razonamos equivocadamente así: Si el gallego trabaja tan brutalmente y no le imitamos, es porque nosotros somos superiores a él. En este disparate, índice de nuestra supuesta superioridad, nos apoyamos para hacerle fama, al gallego, de bruto y estólido, sin darnos cuenta que esa superioridad es, precisamente, síntoma de debilidad”.
Y añadía el mismo Arlt, por si fuera poco, más adelante: “Con un agregado curioso y emocionante. Siendo el gallego, por su género de vida, un aventurero positivo, a quien le es indiferente combatir con la montaña o el océano, es, además, un hombre profundamente de hogar, de intimidad”.
Hoy, no siento necesidad de agregar ni una palabra más. Sólo recordar que estas opiniones bien podrían aplicarse prácticamente a todos los inmigrantes que eligieron nuestro suelo. Y también, si se me permite, recordar aquella reveladora conclusión de uno de los más lúcidos pensadores contemporáneos, Hanna Arendt, al indagar sobre los siniestros orígenes del totalitarismo: “el antisemitismo es una forma de envidia”. ¿Es casual que, ella también, coincida con nuestro Arlt?
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