Opinión

Argentina: ¿una pasión gallega?

El tono, ya desde las primeras páginas, es a la vez grandioso y firme, conmovedor y heroico, potente y contagioso, tan rico de lenguaje como de historia hondamente vivida. Y, para captarlo, bastarán sólo algunos tramos: “El general Vintter, Lorenzo Vintter, el héroe de Curupaití, medalla de guerra en las campañas del Paraguay, pacificador de las fronteras y flamante gobernador de Río Negro, entra ahora –cien años después– en la vieja Colonia de la Nueva Esperanza, que así la bautizaron los fundadores, y trae consigo un ejército victorioso, pero extenuado: hombres, bestias, máquinas y banderas por entre los médanos y el agua, después de casi seis semanas de marcha desde las bocas del Limay”. Leyéndolas, esas páginas nos devuelven a la vez un vigor de lenguaje y de historia, misteriosamente entrelazados con el latir mismo de este país que seguimos llamando Argentina. Y sin embargo, no me cuesta decirlo, esas páginas que acabo de traducir están escritas en el también vigoroso idioma de Galicia y pertenecen a una voluminosa novela, titulada en su idioma original A Cidade dos Césares, con la cual su autor, nacido en 1951, el brillante escritor gallego Víctor F. Freixanes, obtuvo el importante premio ‘Torrente Ballester’.
Y a quien le asombre que esta historia gire alrededor de aquellos pioneros gallegos que, ahora tres siglos atrás, habían fundado en la Patagonia aquella colonia a la que acabamos de ver entrar al legendario Vintter cien años más tarde, en 1885, nos complacemos en informarle que no se trata del único caso, en la literatura gallega contemporánea, de directa relación con nuestro suelo. En aquella misma Galicia que hasta no hace mucho nos veía como una Tierra Prometida a donde emigrar, nuestro país vino a convertirse en algo así como un Paraíso Perdido, dominio de la leyenda y el mito, sí, pero casi siempre sobre firmes bases de concienzuda indagación histórica. ¿No valdrá la pena, por lo menos, darnos por enterados?
En tren de imaginar motivos, del interés de ciertos actuales narradores gallegos por los temas históricos con ellos relacionados, hay una suposición que me seduce más que otras, aunque no deja de ser arriesgada. Supongamos por ejemplo que la nueva Galicia, sin proponérselo pero también sin poder evitarlo, niegue, suprima de su inconsciente colectivo ese pasado no demasiado lejano en que no algunos, sino cientos de miles de emigrantes tenían que abandonar su tierra por hambre o por falta de futuro, a consecuencia de una estructura social casi feudal pero evidentemente anacrónica, ¿Y qué mejor para llenar ese vacío que cubrirlo con los pioneros del siglo inmediato anterior? Así, en el linaje de familia, en la historia de sangre, en lugar de inmigrantes hambrientos tendremos aventureros decididos, lo que no deja de lucir mucho mejor, sobre todo si hay que mostrarlo en Berna o en Berlín.
Pero aún esa suposición, con ser atractiva, no me parece del todo abarcadora. En primer lugar, tratándose de escritores de raza, hay algo aquí que surge más bien del lenguaje, aunque también de la cosmovisión cultural, por supuesto. Y reducir la riqueza de un intento literario tan logrado será siempre peligroso. Esta nueva visión de un pasado legendario poblado por aventureros y soñadores, ya había sido intentada con éxito en las letras gallegas (recuérdese tan sólo la magnífica, memorable saga artúrica de ese gran escritor que es sin duda X. L. Méndez Ferrín). Pero los nuevos caminos que algunos brillantes escritores gallegos contemporáneos llegaron a recorrer, buscando huellas de pioneros en los más apartados rincones del territorio argentino, intuyo que a la vez continúan y diversifican aquella tendencia. La Argentina fue, junto con Cuba y Uruguay, de los lugares preferidos por la emigración gallega en su búsqueda de nuevos destinos. Pero la rica enormidad, la evidente diversidad de nuestro territorio, que va desde La Quiaca a Ushuaia, ofrecía al parecer un nuevo y vasto escenario para imaginar y recuperar una nueva saga de aventureros gallegos. Que esta vía, en caso de ser continuada, ofrece un pingüe y generoso porvenir creador, es evidente desde el punto de vista de Galicia. Pero nosotros, los argentinos nacidos aquí, especialmente si somos descendientes de gallegos, ¿qué enseñanzas, qué beneficios podemos extraer de ello?
En primer lugar, que esta mirada –en cierta medida, nunca totalmente ajena– nos devuelve quizá el propio interés y la preocupación por nuestras propias historias. Y, por supuesto, que nos enriquezcamos con todo lo que viene a renacer como legendario y auténticamente argentino en esta revalorización gallega de nuestro pasado. Esa posibilidad de auto recuperación y de mutuo enriquecimiento, pienso, siento que se vuelve más directa, más concreta, más viable, para los argentinos que descendemos de inmigrantes. Esa mirada que ahora es unidireccional, de allí para acá, quizás, a través de nosotros, o de otros como nosotros, puede volverse un camino de ambas direcciones, a través de lo cual logremos unir las voces de nuestra sangre con las del suelo en que nacimos. O sea, de nosotros mismos.
De todos modos, hay algo que no ceso de preguntarme. Cuando mi padre era muchacho, en la estación ferroviaria de Madrid compró algunos libros: uno se llamaba Juan Moreira, el otro Martín Fierro. Esos libros viajaron con él a América y, junto con el Quijote, le acompañaron toda su vida. De tal manera, con tal intensidad, que uno de los recuerdos más vívidos de mi propia infancia es la forma en que él me corporizaba, con sus relatos orales, junto con la del caballero de La Mancha las personalidades de esos gauchos legendarios. ¿Qué clase de país era esta Argentina de fines de la década de 1920, capaz de irradiar su imagen con semejante potencia? Y también, ¿qué fue de ella? ¿Cómo pudo perderse, diluirse, anonadarse, una identidad que parecía tan sólida y que podía ser tan contagiosa?
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